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A flor de piel

Actualizado 12 mayo 2017  
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Jaime Nubiola   


Leo en la prensa —y me impacta— una cita de Paul Valéry el poeta francés autor de El cementerio marino: “La piel es lo más profundo que hay en el hombre”. En unas pocas palabras el poeta dice algo que siempre había pensado, pero nunca había llegado a expresar y me conmueve por su verdad. Lo más profundo de los seres humanos no son los riñones, el hígado o el bazo, sino lo que se ve más, la piel que nos abre al mundo, a los demás y que conserva anotado el fiel registro de nuestra vida.

Un dermatólogo amigo me explica que en el desarrollo humano tanto la piel como el sistema nervioso y el cerebro proceden del ectodermo, que es la capa germinal más externa del embrión. Lo que al ignorante —acostumbrado como yo a pelar la fruta y tirar la piel sin prestarle mayor atención— puede parecerle de menos importancia, resulta que, al menos en el caso de los seres humanos, es de una relevancia capital para su desarrollo.

Por eso, no andan desencaminados quienes repiten que la piel es el espejo del alma. Con ello quieren decir que muchas enfermedades psicosomáticas —el famoso estrés entre ellas— se expresan a través de la piel en forma de erupciones, eczemas, dermatitis, manchas y demás excrecencias que a tantas y tantos torturan en estos tiempos de enorme control social de la imagen. Probablemente con esa expresión quieren decir también que en la piel, quizá sobre todo en el rostro, se refleja fielmente lo que con el pasar de los años ha sido una vida. “La piel no engaña”, se añade muchas veces.

Miro yo la piel de mis manos —ya envejecidas y algo coriáceas— y descubro pequeñas cicatrices que son el recuerdo de percances infantiles, caídas de bicicleta, mordeduras de perros, accidentes domésticos en la cocina; sigo mirando los brazos y el resto del cuerpo y no dejan de sorprenderme los rastros de las vacunas, las cicatrices de pequeñas intervenciones quirúrgicas, las manchas, pecas y demás protuberancias multicolores.

Me dicen que hay una industria inmensa en torno a los cuidados de la piel de varones y de mujeres, sea para ocultar las pecas y otras manchas oscuras o rojeces que a tantos horrorizan, para dar tersura, quitar flacidez, eliminar arrugas o muchas otras cosas. Se trata de intentar borrar los residuos que el paso del tiempo va dejando inevitablemente en nuestra piel. Quizás en otros tiempos se veneraba a los ancianos y a sus arrugas: ahora ya no; la arruga ya no es bella. Ahora se lucha denodadamente contra todos los síntomas visibles del envejecimiento.

Un caso particular son las cicatrices. De forma parecida a la moda de los tatuajes tan extendida en nuestro país, hay etnias en África, América y Oceanía en que las mujeres y los varones se adornan profusamente la cara u otras partes del cuerpo con incisiones y cicatrices, con escarificaciones, incluso a veces de diversos colores. A los europeos esto no nos gusta mucho, pero va llegando también esa práctica a nuestro país, en especial como seña de identidad de grupos contraculturales. Me encoge el ánimo cuando quienes dañan su piel son chicas jóvenes que se hacen cortes en los brazos con una cuchilla para demostrarse que están vivas. Lo llaman cutting y me parece siempre que es síntoma de una grave enfermedad del alma.

Es difícil —casi imposible— eliminar las cicatrices del cuerpo. Para mí son signo de que hemos vivido, de que hemos tropezado, que nos hemos caído, que ha habido percances que han herido nuestro cuerpo y quizá también nuestra alma. De san Josemaría aprendí a mirar como condecoraciones las cicatrices que dejan las heridas recibidas en una batalla. Siempre me impresiona ver esos viejos generales con la pechera llena de medallas en sus uniformes de gala. Quien no lucha no recibe heridas, quien vive entre almohadones no recibirá jamás un rasguño en su piel, pero tampoco ganará una medalla por su heroísmo.

En contraste con todas esas lesiones que tanto afectan al cuerpo, los abrazos, los besos y las caricias no dejan marcas en la piel, sino que se graban para siempre en nuestras almas. Y esto es así porque los seres humanos no tenemos el alma en la glándula pineal —como al parecer sostuvo Descartes—, sino que más bien llevamos el alma a flor de piel. Por eso Paul Valéry expresaba una gran verdad cuando escribía que la piel es lo más profundo que hay en los seres humanos.

Pamplona, 22 de abril 2017

P. S. Agradezco las correcciones del Dr. Pedro R. y María del Sol R., así como la ayuda de Jacin L. y Ainhoa M. con algunas ilustraciones.

 

 
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Jaime Nubiola, escritor y profesor de filosofía en la Universidad de Navarra. Ha sido visiting scholar (profesor invitado) en las universidades de Harvard, Glasgow y Stanford.
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