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Misionero en Africa

Aldo, sacerdote que vive con VIH-SIDA: "Tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor"

Aldo, sacerdote que vive con VIH-SIDA: "Tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor"
Un fiel sacerdote misionero lleva a Cristo en su servicio como médico, aunque ello le ha traído duras consecuencias… Pero también sorprendente reconocimiento de quienes normalmente cuestionan la doctrina de la Iglesia.
Actualizado 14 noviembre 2014  
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NC Register/ Portaluz   


Es médico cirujano, misionero y ha sido pionero en el tratamiento de fistulas obstétricas en Mozambique, uno de los países más pobres del mundo, donde vive hace más de 40 años. Es un referente para jóvenes cirujanos misioneros de todo el mundo y cuya labor fue reconocida internacionalmente al recibir en junio de este año 2014 el “World Population Award” en Nueva York. Es significativo pues la organización que le otorgó este reconocimiento por su labor en defensa de la vida de las mujeres en Africa, es la United Nations Population Fund (UNFPA), conocida mundialmente por promover el aborto, la esterilización y anticoncepción.
 
Pero además el padre Aldo Marchesini es un testigo de fidelidad al evangelio y al sacerdocio. Fue en una situación accidental durante cirugías de cesárea a mujeres portadoras del Virus del SIDA, el año 2002, que también él contrajo el VIH-SIDA. Y no dudó en hacerlo público… “Pensé –dice Aldo- que contar mi historia personal, mostrando que es posible vivir con VIH tomando la  terapia antirretroviral, podría ser útil para dar esperanza a mucha gente en África, o por lo menos serviría para romper la espiral del silencio".

Padre Aldo lejos de amilanarse, redobló los esfuerzos que ya por años venía desarrollando para hacer extensivo -con ayudas desde Italia- el acceso a tratamiento antirretroviral al máximo posible de personas en Mozambique.
 
Este italiano bolognese que ya bordea los 74 años, ingresó a la congregación de los sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús (también conocidos como Dehonianos) en 1961, mientras cursaba su segundo año de medicina en Bologna. Fue ordenado al sacerdocio en 1969 y llegó a África en 1973.

“Vivir con los más pobres es una experiencia extraordinaria porque, de a poco, podemos comprender la importancia de una verdad declarada por Jesús: el sabio y el inteligente no pueden entender los secretos del mundo. Por el contrario, estos están abiertos y claros para los pobres y los pequeños”. Esta afirmación del sacerdote Marchesini -muy coincidente con el Magisterio de Papa Francisco- es parte de sus declaraciones al “NC Register” que Portaluz reproduce a continuación…
 
¿Padre Marchesini, como llegó a vivir en África?
Tan pronto como terminé la universidad, estaba ansioso de llegar al África y comenzar mi trabajo misionero. Siempre me fascinó la prisa de María por alcanzar a Isabel: “Por aquellos días María se puso en camino y fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá” (Lucas 1:39). Yo sentí la misma prisa.
Llegué a Uganda, en 1973, pocos meses antes de mi cumpleaños número 29. Me mantuve allí por un año y medio viviendo con los Combonianos. Había sido invitado a pasar un año aprendiendo los principios de quirófano necesarios para servir en África, por un sacerdote Comboni y doctor, Giuseppe Ambrosoli, cirujano que recién había abierto un gran hospital en medio de la selva. Fue un año inolvidable. Operamos juntos en todos los  casos de cirugía electiva y todas las emergencias, más de 800 intervenciones. Más tarde, pase algunos meses en el hospital Santa maría de Lacor, cerca de Gulu, dirigido por una gran cirujano canadiense y  misionera laica, Lucille Teasdale Corti, quien me enseñó bastante.
Nunca olvidaré la fuerza y coraje de estas mujeres extraordinarias, incluso en las circunstancias e intervenciones más difíciles. Su funeral en 1996, cuando fue vencida por el VIH - que había contraído mientras operaba soldados y gente herida en la interminable guerra de Uganda- provocó un despertar de emociones por toda Uganda.

¿Qué situación encontraste en Mozambique al llegar hace 40 años?
En 1974, llegué donde mis hermanos misioneros en Mozambique, y fui empleado en el hospital provincial en Quelimane. En ese tiempo Mozambique enfrentaba el tremendo desafío de reconstruir su sistema de salud, después del regreso a Portugal en 1975 de casi todos sus doctores, enfermeras, biólogos y técnicos.

Luego en los noventa se dio una explosión de la pandemia del VIH-SIDA
Desde el comienzo de los 90, mis actividades médicas me pusieron en contacto con gente VIH positivo, cuya enfermedad se volvía más y más grave, dolorosa, hasta que morían. Fue un verdadero tormento para mí, porque en el hospital yo era el más viejo y mis colegas me pedían a menudo que fuese yo quien les informase a la personas y familiares sobre la situación. Hacerles saber la verdad era realmente fuerte. No olvido a una de mis colaboradoras, enfermera, acercándose a mí al final del 2002 quien entre lágrimas, me dijo que había descubierto que era VIH positivo. Ella tenía 3 hijos y estaba llena de angustia. ¿Quién cuidaría de ellos luego de su muerte?
Trate de reconfortarla diciéndole que la medicina estaba haciendo grandes progresos y que ella viviría muchos años con drogas anti retrovirales. Ella pareció de algún modo aliviada por mis palabras, pero me pidió que guardara el secreto, el estigma era más fuerte que nunca. Tres meses después comencé a sentirme enfermo y descubrí que yo también era VIH positivo.

¿Cómo te sentiste en ese momento?
Sentí que me había transformado en una categoría totalmente diferente de persona. Sentí como si fuera en un tren, en un compartimiento que había sido cambiado secretamente y que había comenzado a correr paralelo al tren… El estar muriendo te hace pensar que no eres valioso, en un sentido físico y biológico, era una humillación que tenía que aceptar. La acepté, y desde ese momento las puertas de una libertad espiritual que nunca había conocido antes se abrieron.
Pero lo que realmente hizo la diferencia para mí, fue un pasaje de una carta de san Pablo a los romanos: “En realidad ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Y tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor” (14:7-8).
La doble realidad entre la vida y la muerte ya no existía: tanto en la vida como en la muerte “pertenecemos al Señor”. Esto se convirtió en la única verdad para mí. Es exactamente esta paz de corazón la que le permite a uno ser  tan feliz vivo o muerto. Feliz de vivir porque vivo por él, feliz de morir porque muero por el señor.
Pienso que no puede haber paz interior más grande, es tan magnífica que  fue necesario para Jesús morir y resucitar para lograrla: “Porque Cristo para esto murió y resucitó, (y volvió a vivir) para ser Señor así de los muertos como de los que viven”(Romanos 14:9).

¿Por qué decidiste anunciar públicamente tu diagnóstico?
Mucha gente se negó a hacer público sus resultados del VIH porque estaban aterrados de ser rechazados por la sociedad. Estaba en conocimiento de que todos me conocían, yo debía anunciar públicamente mi resultado y que estaba siendo tratado. Pensé que quizás así ayudaría a mucha gente a superar sus miedos.

¿Cómo comenzaste tu campaña por drogas anti retrovirales?
Al ser italiano, tenía acceso a todas las drogas necesarias. Pero me sentí avergonzado por este pensamiento, en Quelimane, donde un 16% de la población son VIH positivos -lo que significa que miles están en la etapa pre-terminal y morirán- ¿yo sería el único que sobreviva porque tengo drogas anti retrovirales?. Tengo que hacer algo, me dije, de modo que al menos la gente de Quelimane tenga la posibilidad de ser ayudada también.

También te viste involucrado en una emergencia social para ayudar a 1.6 millones de huérfanos en Mozambique
En pocos años, me encontré viviendo en una sociedad llena de niños y jóvenes sin padres. Parientes abrieron sus brazos para recibirlos y cuidarlos, pero no es suficiente. El número de casos sin ayuda ha aumentado; hemos presenciado los últimos 20 años nuevos orfanatos a cargo de instituciones religiosas. Alimentar a estos niños, y darles ropa y educación crea una necesidad económica que solo la solidaridad en nombre de Dios, en nombre del Evangelio puede llenar.

Por muchos años fuiste el único doctor en Mozambique tratando fístulas obstétricas
Por muchos años las fistulas obstétricas han sido una interminable negligencia, y ha creado un círculo vicioso… poco interés que significa poco compromiso de los cirujanos para operarlas. Y por lo tanto, una aceptación resignada en las familias, cuando la única solución es el quirófano. Es por esto que me comprometí a enseñar la técnica de reparación quirúrgica a los jóvenes cirujanos de Mozambique (Nota del editor: ha entrenado a más de 20). Se calcula que en países en desarrollo, se forman dos fístulas por cada 1000 partos. En Mozambique con 1 millón de partos por año, cada año hay al menos 2.000 nuevas personas con fistulas obstétricas.

¿Cuáles son las principales enseñanzas que te ha dejado el vivir en África?
Jesús dijo: “En cualquier momento podrán ayudar a los pobres, puesto que siempre los tendrán entre ustedes” (Marcos 14:7). Pocas verdades son tan evidentes como estas, especialmente para aquellos que, durante sus vidas, han tenido que vivir en estas áreas del mundo donde la frase más común es: “No hay nada”… 
Ciertamente, es verdad: los secretos más inaccesibles del mundo están abiertos y claros para los pobres y los pequeños. Como dijo Jesús: “Yo te bendigo padre porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se la has mostrado a los pequeñitos” (Lucas 10:21).

Tú recibiste un premio de la UNFPA por tu compromiso al cuidado de la salud maternal en Mozambique. ¿Qué se siente ser el primer sacerdote de la Iglesia en ser reconocido por esta institución cuyos métodos están notoriamente en contra a las enseñanzas católicas?
Aunque tenemos distintas visiones de la ética reproductiva y sexual, tenemos un punto en común, y trabajamos juntos en un valor común, el cual es el cuidado de la salud materna en países en desarrollo.
Fui tratado constantemente como “Padre” con gran cordialidad… creo que el amor genuino hacia las madres sólo puede venir del Espíritu Santo: Él y el amor nos unen. Así que diría que este premio es un regalo a la comunión, un premio de Nuestro Señor, Dios Padre, a sus hijos.


 
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