Descubrir el propio bautismo

04 de enero de 2024

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Solemnidad del Bautismo de Jesús. Evangelio de Marcos 1, 7-11

 

Hoy la liturgia conmemora el Bautismo de Jesús en el Jordán. El relato evangélico es muy breve y podemos leerlo enteramente: “Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto»”.

 

¿Jesús, también él, tenía quizás necesidad de ser bautizado como nosotros? Ciertamente, no. Él quiso mostrar con aquel gesto que se había hecho uno como nosotros en todo. Sobre todo, quería poner término al bautismo “de agua” e inaugurar el “del Espíritu”. En el Jordán no fue el agua la que santificó a Jesús, sino que Jesús santificó el agua. No sólo el agua del Jordán, sino la de todos los baptisterios del mundo.


Es la ocasión anual para reflexionar sobre el significado de nuestro bautismo. Como todo sacramento, el bautismo está hecho de dos cosas: de gestos y de palabras. La vista y el oído entrambos son llamados en la causa. Asemeja a una representación, a un drama. La diferencia está en que en el drama el acontecimiento está representado, en el sacramento está renovado. Podemos decir que también en el sacramento el acontecimiento está representado, siempre que entendamos el verbo en el sentido fuerte de que está hecho presente. El sacramento, se dice en teología, “causa lo que significa”.


Recorramos los momentos principales del rito. Comencemos con la imposición del nombre. “¿Qué nombre habéis elegido para vuestro hijo?” En este momento, viene pronunciado en público por vez primera el que será nuestro nombre para la eternidad. La Biblia nos asegura que también Dios nos conoce y nos llama por el nombre (cfr. Isaías 43, 1). Precisamente porque el nombre está destinado a acompañar al niño durante toda la vida, los padres, al decirlo, debieran evitar escoger nombres demasiado extraños que un día podrían ser molestos para los propios hijos.


Sigue, a este punto, la renuncia a Satanás y la profesión de fe. Pero, vayamos al momento propio y verdadero del bautismo. La liturgia dedica particular atención al elemento del que Jesús ha querido servirse, el agua del Jordán, el agua que brotó del costado de Cristo. A causa del bautismo, el agua llega a ser una criatura querida para los primeros cristianos, que la llamaban afectuosamente “nuestra agua” o hasta con san Francisco “la hermana agua”. Como los pececitos, decía Tertuliano, nacen y viven en el agua, mientras que boquean y mueren si se les aleja de ella, así nosotros los cristianos, si nos alejamos de nuestro bautismo.


El celebrante pide a los padres que se acerquen a la fuente, toma entre los brazos al niño o a la niña y, llamándole por su nombre, por tres veces lo sumerge en el agua, pronunciando las sencillas y solemnes palabras señaladas por Jesús mismo en el Evangelio: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.


Aquí se ve cómo en los sacramentos es importante ver y oír. Hemos visto realizar un gesto y hemos oído pronunciar algunas palabras. En esto está la clave para entender el significado profundo del bautismo. Ante todo, el gesto. Por tres veces el niño se sumerge enteramente o sólo con la cabeza en el agua y por tres veces ha surgido. Esto simboliza a Jesucristo que durante tres días fue sepultado bajo tierra y al tercer día resucitó. San Pablo en efecto explica así el bautismo:


“¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva”.


Por otra parte, las palabras “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” recuerdan o, mejor, hacen presente a la Trinidad. Así, en el Bautismo nosotros profesamos los dos más grandes misterios de nuestra fe; con los gestos recordamos la encarnación, muerte y resurrección de Cristo; con las palabras, la unidad y Trinidad de Dios.


En el actuar de Dios se nota siempre una desproporción entre los medios empleados y los resultados obtenidos. Los medios son sencillísimos (en el bautismo, un poco de agua junto con alguna palabra); los resultados, grandiosos. El bautizado es una criatura nueva, ha renacido del agua y del Espíritu; ha llegado a ser hijo de Dios, miembro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y templo vivo del Espíritu Santo. El Padre celestial pronuncia sobre cada niño o adulto, que sale de la fuente bautismal, las palabras que dijo sobre Jesús cuando salió de las aguas del Jordán: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto o mi hija predilecta: en ti me he complacido”.


Todo, en el bautismo acontece en símbolo, en imagen, esto es, a través de signos; pero, lo que a través de ellos ha conseguido el niño no es un símbolo, es una realidad. Él no ha descendido en verdad a la muerte, sino que Jesús le ha concedido a la par el fruto de su muerte y de su victoria sobre el demonio.


Imaginad esta escena. En un estadio se desarrolla una épica lucha: un valiente se ha enfrentado al cruel tirano de la ciudad y con enorme fatiga, heridas y sangre, lo ha vencido. Tú estás en la explanada; no te has ni fatigado, ni has reportado heridas. Pero, si no tienes miedo por el valiente, participas con él, te alegras por su victoria, tendrás ciertamente parte en su premio. Supón, más bien, que aquel valiente no tenga necesidad alguna para sí de la corona; ¿qué sucederá en este caso? ¡Sucederá que el héroe le dará a su amigo y partidario la corona ganada! Así sucede entre nosotros y Cristo. Una vez había yo explicado este concepto durante un bautizo. Cuando, después del rito, levanté al niño presentándolo a la asamblea, hubo un murmullo espontáneo de aplausos y todos entendimos que era para Jesús. Aquel niño era su trofeo. Él había luchado y vencido por él de nuevo.


Terminemos nuestra reseña. Completan el bautismo algunos ritos menores; pero, bastante sugestivos. Uno es el de la vestidura blanca, que se le impone al niño, como signo de su inocencia, que los padres deberán ayudarle a conservar durante toda la vida. Otro es el rito de la luz. El sacerdote enciende una vela del cirio pascual y la entrega al padre: es símbolo de la fe, que los padres, padrino y madrina deberán transmitir al niño.


Así hemos explicado, creo, el sentido de los principales ritos del bautismo. Ahora quisiera responder a una pregunta que la gente frecuentemente se plantea sobre el bautismo. ¿Por qué bautizar a los niños siendo pequeños? ¿Por qué no esperar a que sean mayores y decidan ellos mismos libremente? Es una pregunta seria; pero, puede esconder un engaño.

 

El mundo y el maligno no esperan a que vuestros hijos tengan veinte años para inocularles las semillas del mal. Por otra parte, queriendo ser coherentes, con este paso sería necesario no enseñarles a los niños ninguna lengua, no darles educación alguna, ni inculcarles principio alguno, dejando que un día decidan por sí mismo cuál adoptar.


Pero, hay una razón mucho más seria que éstas. Cuando habéis procreado a vuestro hijo y le habéis dado vida, ¿quizás le habéis pedido primero su permiso? No era posible; pero, sabiendo que la vida es un don inmenso, habéis supuesto justamente que el niño un día os habría sido agradecido por ello. Acaso, ¿se le pide permiso a una persona antes de hacerle un regalo? ¿Qué regalo sería? Ahora bien, el bautismo es la vida divina que nos viene gratuitamente “donada” a nosotros. No es violar la libertad de los hijos; hacer, sí, que puedan recibir este don en el alba misma de la vida.


Cierto, todo esto supone que los padres sean ellos mismos creyentes y quieran ayudar al niño a desarrollar el don de la fe. La Iglesia les reconoce a ellos una competencia decisiva en este campo. Por esto no quiere que un niño sea bautizado contra la voluntad de sus padres. A veces, hay buenas abuelas creyentes que sufren porque un nieto suyo o una nieta no han sido bautizados y quisieran ellos hacerlo a escondidas. Pero, excepto casos particularísimos, esto no está permitido por la Iglesia.


Así, hemos llegado a la conclusión. ¿Qué finalidad puede haber tenido para adultos como nosotros el haber revisado los ritos de nuestro bautismo y escuchado su explicación? ¿Sólo una finalidad informativa? No, ciertamente. Ésta es la ocasión, si somos creyentes, para renovar y ratificar nuestro mismo bautismo. En el bautismo, otros han prometido por nosotros, se han hecho garantes. A la pregunta del sacerdote: “¿Qué pedís a la Iglesia de Dios?”, han respondido en nombre nuestro: “La fe”; a la pregunta: “¿Renuncias a Satanás?” han respondido: “Sí, renuncio”; a la pregunta: “¿Crees?” han respondido: “Creo”; a la pregunta: “¿Quieres ser bautizado?”, han respondido, siempre en nombre nuestro: “Sí, quiero”. Es necesario que, una vez en la vida, nosotros decidamos por sí solos, en libertad, qué responder a todas estas preguntas. Sólo entonces nuestro bautismo viene “liberado” y puede expresar toda su fuerza. Sólo entonces viene como “descongelado” y nosotros, de cristianos nominales, llegamos a ser cristianos reales, maduros.

 

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