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Es posible la esperanza

"Amo a Federico y Catalina... los hijos que aborté"

"Amo a Federico y Catalina... los hijos que aborté"
Imprudencia, fragilidad, ausencia de intimidad con Dios no terminan con el triunfo del mal. El amor es más fuerte.
Actualizado 26 septiembre 2013  
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Danilo Picart   


“Es hora de hacer algo positivo para avanzar desde el duelo”, dice con emoción María Celina Saa. Las heridas producidas por el aborto, aún están frescas, y no es fácil retomar un camino. Pero está animada, asegura, pues, avanza de la mano junto a Dios. Después de mucha oración, ha decidido contar su testimonio en Portaluz para así “mover la conciencia de quien estuviere pensando en abortar y ojalá se salven esos bebés”, dice nada más empezar.
 
Los latidos que salvaron una vida

Activa catequista y de un grupo pro vida en la andina ciudad de Mendoza, Argentina, María llevaba cuatro meses de noviazgo con un muchacho cuando quedó embarazada. “Tenía 21 años y fue un balde de agua fría. ¡Sólo pensar en mi madre! Ella, muy religiosa, hablaba mal de las mujeres que se embarazaban antes de casarse, ¡y de repente yo también era una de ellas!”.
 
Asustada, en la angustia por tener que enfrentar a su madre, la idea de asesinar al bebé en gestación iba tomando fuerza… “Pero cuando fui a la clínica, la asesina que me atendió, tuvo la poco brillante idea -para el objetivo de aquél negocio de exterminio humano- de hacerme una ecografía. En aquel momento sentí los latidos del corazón de mi bebé y me morí de amor, al ver esa imagen, desistí de asesinar al niño que hoy es la luz de mis ojos”.
 
Como pudo, dice, tomó sus cosas escapando de aquella clínica y corrió hacia su casa con las dos manos tomándose la zona baja del vientre, protegiendo aquel niño que había pensado en matar. “Agarré y dije que no me importaba el qué dirán, yo defendí a mi hijo”.
 
El tentador pone su trampa

María Celina poco después de nacer su primogénito contrajo matrimonio con el padre del niño y quedó nuevamente embarazada. Pero pronto el empeño por forjar una familia “se estrelló con la violencia del padre y yo, bueno, me fui transformando en una mujer fría, alejada de Cristo, dura para la oración. Terminé por separarme”.
 
Era una mujer joven y aunque con dos pequeños poco tiempo quedaba, tras un año de duelo comenzó a vincularse con otro joven de su edad… “No fui muy acertada creo, porque él estaba metido en la droga y no me alejé cuando me invitó un par de veces a hacerlo juntos. La verdad es que este chico no era una pareja estable, en absoluto. Yo trataba creo sólo de salir a flote luego de la separación del padre de mis hijos, pero me hundía más… Estaba muy sola, abrumada, muy alejada de Dios, con unos hijos que estaban todavía alterados por la separación y no entendían qué me pasaba”.
 
En esa precaria estabilidad espiritual y emocional María se dejó arrastrar por el camino fácil cuando quedó por tercera vez embarazada. “Totalmente alejada de Dios, no se me ocurrió nada mejor que abortar”, habla compungida y sus palabras se entrecortan. “Yo sabía lo que pasaría si acudía a un médico, y el demonio no me dejó pensar en esa posibilidad, así que recurrí a pastillas abortivas”.
 
Fue su propia pareja el cómplice y facilitador de los fármacos. “Dios intentó rescatarme en todo momento”, dice, con voz temblorosa. Pero su pareja no la dejó ni un minuto hasta cerciorarse que todo terminara… “Todas las dosis me las coloqué como si fueran óvulos y me provocaban unos dolores terribles, tres o cuatro veces más fuertes que los del periodo menstrual. Postrada en la cama, mis hijos durmiendo en una pieza y yo retorcida en otra. ¡Era una situación terrible! La segunda dosis hizo que me empezara a bajar sangre, los dolores eran cada vez más fuertes, y yo empezaba a sentirme mal por lo que hacía”. Pero con él allí en casa, ya no podía arrepentirse, recuerda.
 
Pasaban los minutos y las ganas de parar con aquél acto regresaban como oleadas. “Entonces el demonio volvía a llenar mi cabeza con argumentos para seguir con eso. Me coloqué la tercera dosis a las ocho de la mañana del día siguiente. A las diez de la mañana del 10 de marzo del 2012, mis hijos jugaban en el patio de mi casa y el muchacho que me acompañaba en esto, fumaba en la cocina, mientras que yo en el baño perdía a mi bebé. No solo a mi bebé, sino también a una parte de mi alma, que también se murió conmigo”.

Sanar y liberar para renacer en Dios
 
Consumado todo, nos dice María, el liberado progenitor y cómplice del aborto desapareció por completo. Vino solo una vez más al día siguiente, agrega, para corroborar que ella estuviera bien y nada más. La culpa y la tristeza comenzaron a ser pan de cada día. Vivía su personal síndrome post aborto.
 
Intentaba dar cierta normalidad y orden a su vida, mostrarse entera frente a sus hijos, pero era casi inevitable el pronto derrumbe. “Me estaba muriendo por dentro, no podía abrazarlos porque la culpa me carcomía, no podía sonreír, porque me sentía una hipócrita. Y mucho menos rezar, ni hacerme la señal de la cruz si quiera. Estaba, literalmente, muerta en vida”.
 
Al cabo de unos meses María conoció a Maximiliano, su actual novio. Y con él comenzó a recomponer los fragmentos de una historia inconclusa. “Con él me rearmé y en febrero o marzo comenzamos a buscar otro bebé. Con alegría me enteré que en junio había quedado embarazada, pero a las seis semanas perdí aquel bebé por aborto espontáneo”.
 
La pena, la culpa, el dolor, la tentación de pensar que no hay transformación posible se enquistaba de nuevo en ella pero instintivamente, dice, “asistí a una misa en la Parroquia Nuestra Señora de Luján”, y conversó con el sacerdote que encontró en el lugar, el Padre Leonardo Di Carlo. “Tuvimos una charla grande, me dijo que Dios estaba esperando mi arrepentimiento, que me quería perdonar. Luego me acompañó por un largo tiempo, fue sanador, y poco a poco, gracias también al apoyo psicológico, pude acoger el abrazo de Dios”.
 
Hoy, a sus 27 años, María Celina se aferra a la oración y se esfuerza junto a Maximiliano por reconciliar su alma, amar a sus hijos y consolidar todos la familia que está segura juntos lograrán. Los dos hijos que ya no están con ella son también parte de su vida diaria…
 
“Cuando se acerca el día del niño yo no dejo de pensar en los regalos que podría hacerle a esas dos almitas que están en el cielo. Solo les entrego mi oración y mi amor de madre. La esperanza ahora la tengo puesta en Dios, para poder algún día cobijarlos en el cielo. Federico y Catalina, son los nombres que en mi corazón tienen esos dos angelitos que me motivan hoy a recuperar mi vida en Cristo y, de la mano de la Virgen Santísima, llegar algún día a ver sus rostros”.

 
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