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Crónicas de un obsoleto. "Doña Rosa y Luchito, hijos de LLiu-Lliu"

Actualizado 16 enero 2015  
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Mauro Matthei   


Pido disculpas, estimados lectores, por haberlos dejado sin crónica ni noticia alguna precisamente en la primera semana del año nuevo, que deseo que resulte de lo más venturoso, tanto para Uds. como para mi persona. Resulta que esta última persona se encontraba justamente en uno de esos rincones de Chile a los cuales nuestro escritor Mariano Latorre dedicó su talento en su celebrado libro “Chile, país de rincones”, y donde por lo común no hay Internet. Por eso tampoco se pudo mandar la crónica. Ya hablé de nuestro escritor y su libro en la crónica sobre la visita a Rosa Lizama, en las alturas de los cerros de Llíu-Llíu. Muy acertado estuvo, a mi parecer, Mariano Latorre al considerar que en esto de los rincones residía como la esencia de la geografía chilena. Y, a lo mejor, de algo más que de la mera geografía. En la vecina Argentina hay inmensas llanuras, en el Brasil se conocen extensísimas selvas y ríos caudalosos por doquier. En cambio, nuestro Chile prefiere lo poco, lo limitado, pero que es al mismo tiempo lo siempre nuevo, lo sorpresivo de sus tan numerosos rincones. Allí tenemos el rincón de las Palmas de Cocalán. Ud. entra en esa catedral de palmeras, algo así como la mezquita de Córdoba en España, columna tras columna. A Ud. le dan ganas de arrodillarse o de sacarse los zapatos o de guardar silencio, para escuchar sólo el sonoro susurro de las ramas de palmera, allá arriba en lo alto. Chiquillos, piensa Ud., entreguémonos al impulso hacia lo alto, como el cogollo de la palmera, busquemos la luz, embriaguémonos de sol. Pero apenas Ud.se retira de ese rincón, se acabó su magia, y no hay más que un puro valle, una carretera, caminos transitados.
 
Tuve ocasión en una pasada crónica de rememorar mi ascensión, rosario en mano, del cerro donde residía Rosa Lizama, parte de ese otro “rincón” que es Llíu-Llíu. Les conté como, después de recibir ella los sacramentos de la confesión, la unción de los enfermos y de la comunión, lo que se llama el viático, es decir el “encaminamiento”, compartí con ella su asombro místico –llamémoslo así- , en ese memorable 6 de agosto de 1978. Pero doña Rosa, al morir en septiembre de aquel mismo año, nos dejó un regalo aun más importante, tanto es que podríamos hablar de ella como benefactora de Llíu-Llíu. Es el caso que cuando se estableció el monasterio de San Benito de Llíu-Llíu, era la primera iglesia la que se levantaba en ese rincón. Antes sólo  se habían dado misiones esporádicas, organizadas por los dueños del fundo, primeras comuniones, preparadas por las catequistas de la región. El villorrio  de Llíu-Llíu constaba como única institución pública de una escuela primaria, regentada por una única profesora. Para hacer la iglesia del monasterio se había recurrido a una de las bodegas del antiguo fundo, convertido en “asentamiento”  después de la reforma agraria. La bodega aquella había sido levantada por un simple maestro del campo. Pero había tenido la fortuna de que se trataba de un maestro competente. El edificio, con su primer piso de adobe y uno segundo de estructuras de madera con rellenos de adobe y techo de zinc, liviano, había resistido el gran terremoto de Valparaíso en 1906 y ,ya convertido en iglesia, el de marzo de 1985.  Frágil, pobre y necesitada de ayuda, nuestra “basílica rústica” como la llamamos, a causa de sus dos filas de troncos de eucaliptus, que en consecuencia creaban tres “naves”, había ganado certificado de resistencia al terremoto. La gente del villorrio constituía, pues, nuestra primera, muy elemental feligresía. Era como una primera mano de pintura en materia de fe. Se creía, aunque muy borrosamente, en Dios y en la Virgen, en una vida terrena llena de trabajos, en la que había que llegar a tener una buena pega y mucha “suerte”, y ,dentro de lo posible, pasarlo bien. Había que cumplir una vez al año con los ritos del “Patrón de arriba”, hacer y pagar mandas en los santuarios. Pero la muerte era el riguroso punto final. Por eso, a mi parecer, los funerales cobraban una gran importancia. Cuando alguien se moría en Llíu-Llíu, nadie podía faltar en la celebración de los últimos ritos  cristianos. Cuando murió Rosa Lizama después del 18 de septiembre de 1978, no quedó ni un gato, ni un loro en las casas. Los fieles habían arrendado cinco micros y las habían llenado de grandes y chicos, hombre y mujeres, jóvenes y viejos, parientes y allegados. La basílica rústica quedó repleta cuando llegó el ataúd con doña Rosa. Por parte de nuestra pequeña comunidad se había  preparado  para ese gentío todo lo que se podía, el grupo inquieto de los acólitos, los cantores, el viejo armonio, pedestales y floreros  para la gran cantidad de flores, lugar para las coronas. Toda clase de perros y perritos se tendieron discretamente debajo de las bancas. Doña Rosa nos había hecho el inestimable regalo de la presencia del “tout LLíu-Llíu”, ocasión única, que había que aprovechar para tratar de introducir destellos de vida y resurrección en una asamblea dispuesta tan solo para presenciar ritos de muerte.  Había que hacer en la misa una callada operación de ampliación de la realidad, llevar a los asistentes más allá de lo que ellos consideraban como conclusión, aclararles lo de la resurrección de Cristo, el juicio y la vida eterna. Una circunstancia imprevista, la desaparición de Luchito Pérez en los festejos del pasado 18 de septiembre, obraba como contrapunto dramatizante.  Luchito Pérez era tratado con diminutivo por su corta estatura y escasez de masa corporal y quizás también su condición de soltero. En contraste con ello era un gigante en el consumo de vino y pisco y en los brindises. Era al principal animador en las fiestas y en las tomateras después de los partidos de futbol en los domingos Pues bien, el mentado Luchito, había desaparecido en la noche del 18 de septiembre, sin dejar ni rastro ni noticia. Se notificó a los carabineros, el alcalde mandó unos detectives, se rastreó todo el villorrio. Nada. Nadie tenía  noticias de él. Sólo después de algunos días de general suspenso se descubrió la trágica verdad. En la bacanal patriótica nocturna Luchito se había ausentado del club de futbol para orinar (se lo había confidenciado a uno de los asistentes) y en la búsqueda de un lugar adecuado había caído en el hoyo  de un pozo nuevo que se estaba cavando en los aledaños del club. Se ahogó en las aguas y quedó cubierto por ellas. Tampoco nadie  lo había buscado allí. Todo Llíu-Llíu se había estremecido y se comentaron todos los detalles  del infortunio. Al comenzar la liturgia se había anunciado que iba a celebrarse por Rosa Lizama y por Luchito Pérez. Por supuesto en la prédica no se podía citar con nombre y circunstancias el contraste entre el fin de doña Rosa allá en las alturas de su cerro y el de Luchito Pérez en el fondo de un pozo recién excavado, pero esa disparidad obraba en el ánimo de todos y afinaba su atención a las palabras del predicador. El tema de fondo era sin duda la felicidad del camino de Dios y las dolencias propias del camino opuesto. Pero tampoco cabía cebarse en la desgracia de Luchito. Doña Rosa se había criado en las monjas, como me había dicho su hija Lucía, mientras que Luchito había sido hijo de madre soltera, nunca había tenido una imagen paterna. Rosa Lizama había tenido un reclinatorio, mientras que Luchito siempre se había sentado en cajones de manzana. En fin, en la oración de los fieles había que orar por ambos y encomendarlos al “manantial de misericordia” que es el Corazón de Jesús. Después del responso final todos desfilaron por echar una última mirada a doña Rosa, Luchito no estaba de cuerpo presente, y salieron en silencio a las micros que estaban esperando para el viaje final al cementerio de Limache. Creo que fue un día fundacional en el rincón de Llíu-Llíu.

 
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Nació en 1929 y lleva 63 años buscando conocer y fundirse en el misterio de Dios. Su currículum es extenso, como el rico patrimonio que sus escritos e investigaciones sobre historia, han legado a la cultura y a la iglesia. Es Mauro Matthei, el primer monje benedictino de origen chileno, quien a sus 85 años comparte en Portaluz su pasión por seguir a Cristo según la regla de san Benito; como sus sabias reflexiones.
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