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Crónica de un obsoleto 11. Mi experiencia con un ángel.

Actualizado 27 marzo 2015  
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Mauro Matthei   


Con la crónica de esta semana, apreciados lectores, irrumpo con mi anunciada  “historia del ángel”. Mucho me temo que con ella arriesgo la amistad de Uds., porque más de alguno no me va a creer. “No cuajan con nuestra época ilustrada y culta estas cosas raras e inverosímiles que salen en la Biblia” ha dictaminado un exégeta protestante llamado Rudolf Bultmann. De todos modos creo que lo que les contaré puede servir para algo, crean o no crean.

            Corrían los tiempos en que el obsoleto no era tal, sino que repleto de estudios de filosofía y teología en la vieja Europa, se disponía a retornar a su patria chilena vía barco, desde Génova a Buenos Aires y desde allí en tren transandino hasta Los Andes y Santiago. Ya se percatan Uds. que esto fue hace mucho, mucho tiempo, para ser preciso, el 1 de agosto de 1959. El futuro obsoleto tenía la grave preocupación de saber que, después de la travesía de Suiza, iba a llegar a Génova en horas de la noche y corría el riesgo seguro de que los portones de la abadía de Cornigliano en los altos de aquel puerto, y donde iba a alojar, estarían cerrados. En esos tiempos, solamente los monasterios al Norte de los Alpes, usaban citófonos (telefonillos). Un telegrama enviado en prevención a Cornigliano había quedado sin respuesta. Como se sabe, lo más seguro en estos casos es recurrir al ángel de la guarda; ‘Hízolo’ así el obsoleto y tan intensa fue su preocupación que rezó el “Angel de la guarda, dulce compañía” con la misma frecuencia de un monje ruso al rezar la llamada “Oración de Jesús”. La abadía quedaba en un barrio muy parecido al de la plaza Echaurren de Valparaíso, es decir, poco seguro en horas de la noche.S aliendo de la estación de ferrocarriles de Génova el obsoleto comenzó a subir por una callejuelas mal iluminadas, revestido del hábito negro que los benedictinos llevan ya muchos siglos. En la cabeza una boina vasca, en la mano derecha una maleta pequeña. Pasó una calle con varios prostíbulos, de cuyas ventanas abiertas las “niñas” gritaban “Un chierico, un chierico “, es decir: “un clérigo”. Y unos hombres que estaban con ellas asomándose por las ventanas, gritaban: “No sabes lo que te pierdes, cura”, por supuesto lo decían en italiano. Impertérrito, el obsoleto rezaba su “Angel de mi guarda”. Por fin alcanzó los portones de la abadía. Todo estaba como el obsoleto lo había temido: todo cerrado, ninguna campanilla a la vista, ningún citófono. En eso vino un joven, cuesta abajo por la calle: pantalones y camisa blanca, semblante grato, de edad más o menos 18 años. Se detuvo con una amable sonrisa, expectante, como  ofreciendo la palabra. El obsoleto, aleteando con los brazos exclamó: “Tutto chiuso!! (“Todo está cerrado”). El joven, sin alterar su amabilidad, respondió: “Bisogna salire il muro” (“Es necesario escalar el muro”). El muro era bien alto y su parte superior, coronada de tejas. Sin vacilar más, el joven trepó la pared y arriba se sentó a horcajadas sobre las tejas, alargando el brazo para que el atribulado “clérigo” alzara su maleta hacia él. Pero esa misma amabilidad le produjo temores. ¿Por qué el muchacho se portaba tan solícito? ¿Por qué tanto interés por un problema ajeno a él? ¿No era esto comienzo de un asalto? Resignado el obsoleto izó su maleta hacia las manos extendidas del joven, quien la lanzó hacia el interior de la propiedad del monasterio. En seguida se volvió hacia el pobre obsoleto y con gesto alegre lo invitó a subir, extendiendo sus brazos De ridículo aspecto debe haber sido aquella subida con el largo hábito negro que le trababa las piernas, con el escapulario, su capuchón y la boina vasca. Pero, finalmente, se vio a horcajadas encima de las tejas, cara a cara con el genovés. “La cara la tienes de bueno, pensó el obsoleto, pero quién sabe lo que harás  ahora conmigo”. Con elegante salto el servicial joven aterrizó en el jardín y levantó sus brazos  para invitar al obsoleto a confiarse a él.”Ay, pensó este, ahora llegó el momento final” y comenzó a imaginarse que mañana saldría en los diarios de Génova la noticia del robo con homicidio, que había segado la vida de un joven sacerdote.   Pero nada de eso sucedió y ambos comenzaron a marchar en silencio por una zona de pasto muy alto, el obsoleto con su maleta. Llegados al edificio del monasterio, el genovés tocó suavemente los postigos cerrados de una ventana del primer piso. Adentro se encendieron unas luces y al rato se abrieron los postigos y se asomó un hermano que le dio una jovial bienvenida al visitante atrasado de la noche. El obsoleto comenzó a disculparse por la molestia que estaba causando, pero el hermano dijo alegremente que la Regla de San Benito tenía previsto el caso de los huéspedes que llegaban a destiempo. En seguida ofreció un plato de huevo frito acompañado de arroz. El obsoleto sugirió que le convidara también una porción para el joven que lo había traído por medio de tan azarosas iniciativas. Entonces el hermano preguntó sorprendido: “¿De qué joven me habla?”. Sólo entonces el obsoleto giró la mirada hacia su costado y no vio a nadie. Mientras el hermano freía el huevo y calentaba el arroz, el obsoleto cavilaba sobre el joven desaparecido y no sabía decir si había vuelto a irse por el muro o quizás por la portería. También se preguntó por qué no se había despedido sin una palabra…Mudo de extrañeza aceptó la invitación del hermano de pasar a la cocina, para servirse el plato de comida junto a una mesa. El hermano le ofreció conducirlo a su habitación para descansar, pero en Cornigliano los monjes tenían la costumbre de levantarse a medianoche para rezar la hora de vigilias y el confundido obsoleto expresó el deseo de pasar a la iglesia para rezar los salmos nocturnos con los monjes.  

Allí rezó entre salmo y salmo:

“Perdóname porque pensé mal de ti. Pensé que podías cometer algo peligroso conmigo, porque era de noche y no había nadie que pudiera defenderme. Yo  reclamé mucho tu ayuda en el viaje y tú me escuchaste y acudiste con tanta solicitud y puntualidad. Sólo tú podías serme útil para trepar tan alto muro. Si a esa hora hubiera pasado una señora o un niño no habrían podido levantarme. Quizás no te despediste de mí porque percibiste mis pensamiento ingratos De todos modos, gracias y hasta la próxima".


 
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Nació en 1929 y lleva 63 años buscando conocer y fundirse en el misterio de Dios. Su currículum es extenso, como el rico patrimonio que sus escritos e investigaciones sobre historia, han legado a la cultura y a la iglesia. Es Mauro Matthei, el primer monje benedictino de origen chileno, quien a sus 85 años comparte en Portaluz su pasión por seguir a Cristo según la regla de san Benito; como sus sabias reflexiones.
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