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Crónicas de un obsoleto 23. Imagen Paterna

Actualizado 17 julio 2015  
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Mauro Matthei   


Estimados lectores:        
   
 Afirma el Obsoleto que la mayor parte de los niños chilenos carecen  de  imagen paterna o la tienen muy borrosa y eso por culpa de sus escurridizos progenitores. Estos suelen ser pródigos en mucho y descuidado reparto de sus espermatozoides y muy olvidadizos de que estas minúsculas pertenencias masculinas fundamentan tanto el ADN biológico como el espiritual. Porque coexisten ambos ADN y si el biológico es capaz de poblar el mundo con deficiencias, deformaciones, enfermedades y dolencias, el espiritual nos perjudica con sus pasiones desatadas y pecados reprimidos. Hay muy poco esmero de paternidad y profusión de hijos ingratos en nuestro Chile. Previendo el Creador la insuficiencia de su criatura se animó al derroche y como lo formularía  el apóstol Pablo.  “Dios nos destinó en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos” (Ef 1,5). La conclusión es que, por más que fallemos en la paternidad y la condición de hijos, siempre lo podemos reparar por medio de nuestra adopción como hijos de Dios en Cristo Jesús.

El Obsoleto contaba catorce años y su hermana chica Lilianita la mitad, cuando cayó ese rayo imprevisto y formidable en que el Obsoleto captó nítidamente la diferencia  entre la paternidad de Cristo y la otra.. Un tiempo antes de que fuera con Lilianita al cine, el obsoleto descubrió en ella la excesiva facilidad para el llanto y sintió el maligno placer de provocarlo en ella. Lilianita tenía un muñeco grande que había bautizado con el nombre de Joaquín y al que atendía como una verdadera madre. Le cambiaba los pañales, tomaba desayuno con él, lo paseaba en su cochecito por el jardín, lo llevaba al doctor. Antes de ser acostado para dormir Joaquín debía rezar el “Ángel de mi guarda”. Desde muy pequeña Lilianita había ejercido su misión divina de “Madre de todos los vivientes”, como según la Biblia el desterrado Adán había llamado a su esposa Eva (Gn 3,20).

Todo eso para el Obsoleto no era más que motivo de risa y bastaba que él se burlara de “ese muñeco” para que Lilianita quedara bañada en un mar de lágrimas. También tenía otros recursos el Obsoleto para conducir su manipulación hasta el llanto de su hermanita. Sus padres comenzaron a inquietarse y a darle razones para que desistiera de su perverso placer. Pero nada hacía mella en sus tramas y eso que todavía tenía dos hermanas más, Micaela y Rut  , situadas antes que Liliana y a las cuales no molestaba.

Después se supo que el papá había tenido un sueño inquietante: Había visto a su hijo en edad juvenil, como en tiempo futuro y muy apuesto. A su lado caminaba una joven muy hermosa, su polola como le parecía a su padre. Los dos iban conversando con aire desaprensivo, incluso riendo a ratos. De repente su hijo se detuvo ante ella y le asestó varios golpes en la cara, con lo cual le brotó sangre de narices a la niña. En su sueño al padre le impresionó ante todo la mirada de viva sorpresa de la polola. Ella, tratando de detener la sangre con un pañuelo de papel,  balbuceó, “¿Cómo, mi amor, eres otro?”. Y el Obsoleto le contestó, medio en broma:”Antes era tu conocido, ahora estoy yo”. . Después del relato  que el padre había hecho de su sueño a la madre, esta le dijo: Tienes que hacer algo, no puedes permitir que tu hijo sea un sádico”.

Llegó, pues, el “día de la cólera”, como dice la Biblia. Lilianita había vuelto del colegio y se encaminó a saludar a Joaquín, cuando al final del pasillo de entrada divisó a su hermano el Obsoleto, de pie, sin decir palabra: había despojado a Joaquín de su ropa y lo sujetaba de un pie, cabeza abajo, con un ligero movimiento de péndulo. Lilianita se detuvo con espanto, pero su hermano seguía en silencio, con sonrisa burlona. El grito y los sollozos  de Llilianita congregaron en el acto a todo el mundo, a Micaela, Rut y a la mamá, la cocinera, el jardinero. Simón, el gato negro, saltó  asustado al paragüero. Finalmente el papá subió desde la farmacia, al segundo piso. Con paso rápido se encaminó al Obsoleto y lo empujó por la puerta abierta al living, mientras Lilianita le quitaba a Joaquín, besándolo entre lágrimas. Una vez dentro del living el padre empezó a pegarle fuertes cachetadas, que lo hicieron tambalear de un lado al otro, hasta dejarlo en el suelo. Un fino hilo de sangre comenzó a fluir desde la nariz por encima de los labios y el mentón. El padre se había detenido, jadeando con fuerza. En ese instante de máxima ira el Obsoleto comenzó a sentir una inmensa paz, una pureza inusitada que no venía de él. Años más tarde reconocería que  no había sido su espíritu. Le hablaba con palabras claras y cálidas: Y le decía: “Si el papá, que te ama tanto, te ha castigado con tanta fuerza es porque lo que tú has hecho ha sido muy grave”. Después de algunos segundos la voz repetía: “Que te ama tanto” y, de nuevo: “ha sido muy grave”. Y una contra-voz gemía: “¿Qué ha sido eso tan grave?”.

El Obsoleto se alzó sin levantarse del todo y rodeó con sus brazos las rodillas de su padre. Sintió pena por ensuciarle los pantalones; pero al segundo bajó la mano de su progenitor pasándole en silencio un pañuelo. En eso apareció en la puerta del living Lilianita con Joaquín recubierto de una bata en su brazo izquierdo. El papá se inclinó hacia su hijo y le susurró: “Y ahora, como hombre, levántate y pide perdón a tu hermana”. El Obsoleto, transido de un amor más fuerte que el dolor, dio unos pasos en dirección a Lilianita.  Ella puso primero  a su altura a Joaquín su hijo, para que lo besara. Pero, antes que él hablara, le susurró en voz baja: “Lindo”. La mamá también se acercó a su hijo, lo abrazó y le dijo: “Te felicito por tu hombría “.

Al meditar mas tarde a menudo este episodio el Obsoleto agradece a su padre haberle enseñado a relacionar la hombría con el perdón y el amor y ya no por el ojo por ojo.

 
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Nació en 1929 y lleva 63 años buscando conocer y fundirse en el misterio de Dios. Su currículum es extenso, como el rico patrimonio que sus escritos e investigaciones sobre historia, han legado a la cultura y a la iglesia. Es Mauro Matthei, el primer monje benedictino de origen chileno, quien a sus 85 años comparte en Portaluz su pasión por seguir a Cristo según la regla de san Benito; como sus sabias reflexiones.
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