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Crónicas de un obsoleto 24. El autor confecciona una lista de sus pecados

Actualizado 24 julio 2015  
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Mauro Matthei   


Estimados lectores:

Más de algún gesto de reprobación habrá suscitado la crónica anterior por el  castigo corporal que el padre del obsoleto propinó a su primogénito en su décimo año. De vida. Sabemos que una acción de tal especie está totalmente prohibida en escuelas y colegios y hasta en la catequesis se oye a menudo la idea de que “Dios no castiga”. La Sagrada Escritura es de contrario parecer, sólo desea que se evite la injusticia, la rabia, la arbitrariedad.. Los libros sapienciales de la Biblia relacionan los castigos corporales con el amor y el deseo de salvar del pecado  Todo pecado tiene malas consecuencias y por tanto contiene su propio castigo. Dios no necesita perseguirnos con látigos o palos, el mal que cometemos nosotros mismos es suficientemente  tóxico. Pero no fue fácil que en el caso del obsoleto triunfara el amor.

Relatemos: Fue en las clases de preparación a su Primera Comunión, es decir en su décimo año de vida, que emergió en el obsoleto el tema del pecado. En el Colegio Alemán de Osorno los niños católicos de esa edad recibían su catequesis en la modesta residencia de las Hermanas marianas de Schönstatt, en la sala de la Hna. Isberga y se confesaban y celebraban  su misa de Primera Comunión con los Padres del Verbo Divino. En cambio, los alumnos de credo luterano, que eran en aquellos tiempos la gran mayoría, recibían su formación para la confirmación alrededor de los 15 años, en las salas de la parroquia luterana. El obsoleto no recuerda ni una sola palabra de las enseñanzas de la Hna. Isberga, Entre ella y nuestro pequeño grupo fluía otro tipo de comunicación, producto de un ambiente de pobreza ,del fervor cálido de su voz, del fuerte acento alemán de su reducido vocabulario. El adjetivo más frecuente con que caracterizaba el mal, el pecado, la transgresión, era “feo”, con una “f” inicial que duraba el doble o triple de las otras dos letras.
 
El Obsoleto sintió la necesidad de confeccionar en preparación a su primera confesión una lista de las cosas “ffeas” que gravaban su conciencia. Su hábito de buen alumno, que suele presentar sus tareas en forma prolija, lo presionaba en la dirección de que debía resultar una lista ojalá lo más completa. Cada día le venía a su memoria alguna nueva cosa “fffea” que lo desprestigiaba ante Dios y la corte celestial. La doble página quedaba siempre sobre su escritorio. Lo raro era que en ese elenco de gravámenes  no figuraban, ni las molestias que le causaba a su hermanita Lilianita haciéndola llorar, ni sus provocaciones contra el muñeco Joaquín, ni otras impertinencias. Para él no se trataba de “cosas ffeas”, sino tan sólo de inocentes “bromas”. La culpa radicaba en la hipersensibilidad de la Lilianita y en el hecho de que la mamá la regaloneaba demasiado. Pasaban los días, la lista de pecados se iba alongando y cierta mañana, en que el Obsoleto estaba en el colegio, el importante documento cayó en manos del papá. A su vuelta el hijo reparó en la desaparición de la lista y sintió gran azoramiento porque sabía que el papá .a causa de su fe protestante, tenía otro criterio respecto de las cosas “ffeas” que la católica mamá, un tanto más benevolente.

Estaba reflexionando sobre esta delicada cuestión cuando el papá lo enfrentó. Papelito en mano y alzándolo entre dos dedos le espetó: “¿Y esto?”. “Una tarea que teníamos que cumplir en la clase de religión” respondió el Obsoleto con voz muy baja.  Papá: “¿Y tú hiciste todo eso?”. Obsoleto: “Algunas cosas, no, era por la nota”. “Ay estos curas, siempre confundiendo a los cabros” exclamó el papá. Y devolviéndole la lista, dictaminó: “Los niños no cometen pecados, no tienen conciencia”. El Obsoleto recogió el documento con un gran sentimiento de alivio. En el fondo el papá sólo había echado la culpa a los curas., a él no le había enrostrado nada. Mucho más tranquilo, el primogénito decidió consultar a la mamá, que en Alemania se había educado en un colegio de las Monjas Dominicas: Ella recorrió la lista auto-acusatoria sin inmutarse, pero al final observó: “No pusiste nada sobre tu costumbre de molestar a la Lilianita”, “¿ Es tu regalona, no?”, respondió picado el Obsoleto. “No es respuesta” respondió la mamá, con súbita preocupación en la cara. Y lo despidió  diciéndole “Piénsalo, hijo”.

Por supuesto que el Obsoleto no lo pensó para nada. “No se me hace pecado” alegaba cuando sometía al muñeco Joaquín a nuevos ultrajes y Lilianita lloraba como una Magdalena. Se acercaba la gran fiesta de la Primera Comunión y previa a ella, el de la Primera Confesión. El Obsoleto había cumplido con su afán de llenar dos hojas dobles. El confesor, P. Humberto, estaría contento. Mamá también había querido dar especial realce al evento prometiéndoles al Obsoleto y a Micaela, la hermana que le seguía y que para su Comunión ya tenía listo su vestido blanco con velo y coronita de flores. Había comprado tres entradas en la platea del Teatro Principal para ver juntos los tres la película “Pinocho”. Había aumentado la expectación de los chicos el hecho de que la mamá  les había revelado que la película iba a ser en tecnicolor, tal como había sido “Bambi”.

Pero entonces sucedieron cosas de gran categoría espiritual que para su narración requieren más aliento y oración. La reservaremos para la semana venidera. Bendiciones.

 
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Nació en 1929 y lleva 63 años buscando conocer y fundirse en el misterio de Dios. Su currículum es extenso, como el rico patrimonio que sus escritos e investigaciones sobre historia, han legado a la cultura y a la iglesia. Es Mauro Matthei, el primer monje benedictino de origen chileno, quien a sus 85 años comparte en Portaluz su pasión por seguir a Cristo según la regla de san Benito; como sus sabias reflexiones.
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