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Opinión pública y crítica

Actualizado 7 agosto 2015  
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P. Pedro Trevijano   


Está claro que se puede ser católico y pensar libremente, pero uno se puede preguntar si en la Iglesia nuestro papel es estar bien callado y nada más.

Dado que es indiscutible que debemos buscar la verdad, precisamente por ello el que haya una opinión pública y tener sentido crítico son cosas buenas. El Papa Pío XII, en su discurso del 18-II-1950, dijo que la opinión pública es «el patrimonio de toda sociedad normal compuesta de hombres que conscientes de su conducta personal y social, están íntimamente ligados con la comunidad de la que forman parte». Aunque esto lo dice de la sociedad civil, con mayor motivo es válido para la sociedad eclesial, puesto que en ella no debe darse una masa amorfa, sino personas «conscientes de su conducta personal y social».

Además la opinión pública espera y exige que la Iglesia se defina ante determinados problemas. Incluso nos encontramos con el fenómeno de la crítica y el reproche cuando la Iglesia ha callado ante determinadas situaciones o en relación con determinados problemas. Si se quiere testimoniar la dignidad de la persona humana, razón última de sus derechos, y si se quiere dar este testimonio de modo coherente y universal, será necesario estar dispuesto a denunciar toda decisión que dañe directa o indirectamente la dignidad personal.

La crítica es un aspecto importante de la opinión pública tanto en la Iglesia como en la sociedad civil y su legitimidad es en principio indiscutible, especialmente si tenemos en cuenta que en este mundo la Iglesia sólo puede ser imperfectamente santa y que está siempre necesitada de reforma. En la Iglesia no sólo hay lo humano, sino que se da desgraciadamente también lo demasiado humano, por lo que la necesidad de conversión y reforma no es sólo de las personas individuales, sino también de las estructuras e instituciones humanas dentro de las cuales se mueve el pueblo de Dios y algo semejante tenemos que decir de la sociedad en la que nos movemos. La crítica por tanto no debe ser sólo un hecho, sino un hecho legítimo y necesario.

Si la crítica es en sí legítima, no toda crítica sin embargo lo es. La crítica, para que sea legítima y buena, debe arrancar de motivos de fe y de edificación del Cuerpo de Cristo o de un auténtico deseo de colaborar en la creación de un mundo más humano y justo. La crítica sin freno, amarga, disolvente y sistemática es un ejemplo de lo que no debe ser una crítica. Lo que impulse a emitir un juicio crítico debe ser un profundo amor a la Iglesia y a la sociedad en que vivimos, que esté de acuerdo, como dijo el Beato Pablo VI «con la caridad animadora de la solidaridad, de la concordia y de la paz».

La crítica supone también que al mirar a su alrededor el sujeto sepa mirarse a sí mismo y se conciencie de su propia visión. Tengamos la humildad de escuchar a los demás y comprenderlos. Aprender de los demás es bueno, tanto en el terreno de la fe y de la construcción de la Iglesia como en el terreno de la sociedad política y económica, aparte que nada hay tan gratuito como la crítica que se hace con los brazos cruzados, sin participar activamente. El que no hace nada no será criticado, pero Jesús en la parábola de los talentos le condena (Mt 25,14-30), por lo que se debe decir que el que no se moja ni arriesga, para así no equivocarse, está radicalmente equivocado. La crítica envuelve al crítico en los acontecimientos, bien sea confirmando el rumbo por su colaboración activa, bien sea quebrantando este rumbo y creando otro, más evangélico y humano.

Muchos santos han sido grandes críticos, pero no se dejaron llevar por la autosuficiencia y supieron guardar la obediencia y la comunión eclesial, sometiéndose al juicio de la Iglesia y sabiendo esperar. Nada en efecto legitima ni puede legitimar la ruptura de nuestra comunión con la Iglesia de Cristo.

Ahora bien si el amor a la Iglesia es la cualidad esencial de la crítica, son necesarias también otras cualidades para que el modo de realizarla sea constructivo. Estas cualidades secundarias son: a) la sinceridad o autenticidad, que exige al que critica un esfuerzo personal de conversión; b) la veracidad, o esfuerzo por ser fiel a la verdad objetiva y subjetiva; c) la prudencia, con un examen de las circunstancias del caso y del momento oportuno de decir las cosas; d) la fortaleza, que nos lleva a buscar pese a los inconvenientes, no nuestro propio interés, sino el de Jesucristo.

A estas cualidades por parte del que critica debe corresponder por parte del superior un esfuerzo sincero para hacer que la crítica sea eficaz. No por supuesto en el sentido que deba obedecer a toda crítica, lo que suele ser simplemente imposible, sino en el sentido que debe tomarlas en serio y ver lo que de justo y verdadero hay en ellas.

 
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P. Pedro Trevijano. Sacerdote, doctor en Teología Moral, por el Alfonsiano de Roma. Licenciado en Derecho.
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