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Una mujer vestida de sol

Actualizado 5 septiembre 2013  
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P. Juan Edgardo Betancur Candia   


Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza…”, comienza citando una de las lecturas proclamadas el 15 de agosto, en la solemnidad de la Asunción de María en el libro del Apocalipsis, capítulo 12 versículos 1 y siguientes. Nos recuerda la condición en la que nos encontramos. Desde el inicio nos vemos enfrentados al mal, un mal que pareciera que nos sobrepasa y contra el que nada podemos hacer. La desproporción es una de las características que salta a la vista al contemplar la señal de la criatura que está por nacer y el enorme dragón que quiere devorarlo.
 
Dios siempre está dando señales, pero debemos aprender a interpretarlas. En el texto, se nos presenta a una mujer envuelta en el esplendor de la predilección divina, gozando de celestial hermosura y perpetua juventud, más allá de las limitaciones del tiempo. Esta mujer representa a la Iglesia, que, anclada en la eternidad de Dios participa de su misma vida divina. Esta mujer es Virgen y Madre. Simultáneamente, goza del esplendor de su virginidad y del dolor de la Maternidad en su alumbramiento. Sufrimiento y esplendor se dan en una misma realidad eclesial.
 
De frente a ella se presenta otra señal, la del dragón, que con especial odiosidad persigue a la mujer que está por dar a luz. Manía obsesiva de todo dragón, quiere ser como dios e imponerse a como dé lugar,  con un poder inhumano, aunque no absoluto.
 
Cada época tiene sus propios dragones ávidos de devorar la frágil criatura. Hoy se podría llamar aborto terapéutico. Pues vemos cómo todas las armas de la publicidad y de la técnica están disponibles para devorar cuanto antes al inocente. Y, los poderosos de este mundo, gastan sus mejores recursos intelectuales y su más elocuente oratoria para justificar el asesinato de un inocente, porque se sienten amenazados por la frágil criatura que aún no ha dicho palabra. El mal no entiende razones, sólo quiere saciar su avidez de muerte y destrucción, bajo solapada apariencia de bien.
 
Éste es el nacimiento Pascual de la Iglesia en Cristo muerto y resucitado. Los padecimientos de cada inocente asesinado y la estela de desgracias que ello conlleva, son los padecimientos de la Iglesia de Jesucristo que hoy como ayer defiende y saca la voz por los que no tienen voz, que con Jesús y como Jesús son llevados victoriosos al trono del único Dios vivo y verdadero.
 
El texto bíblico concluye que la mujer da a luz a su Hijo y éste escapa de la muerte. La muerte física no es lo que hemos de temer sino la muerte definitiva, donde reina la mentira, el terror y el mal para siempre.
Pidamos con mayor fervor cada día, Venga a nosotros tu Reino, Señor, Jesús…
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