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La Santa Misa contra el paganismo

Actualizado 4 diciembre 2015  
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P. Diego Cano   

 


Cuando manejo hacia las aldeas, al volante, muchas veces me inspiro para escribir. Los otros días tuve mucho tiempo para reflexionar, ya que me di la vuelta más grande dentro de la parroquia desde que estoy aquí, hace casi tres años ya. Recorrí 105 km, aunque parezca increíble. Pero lo que sucede es que en este tiempo de lluvias los caminos están muy malos, muchos de ellos se vuelven intransitables, y hay que buscar otras opciones, dar grandes rodeos. Eso fue lo que sucedió, y por eso he superado mis salidas más largas. Debía ir a una aldea que queda a 35 km, pero con la vuelta que debimos dar, se hicieron más de 50 km, y de allí el resultado del viaje. Y para ser fiel a la verdad les cuento que hasta tuvimos que salir hacia otra parroquia, de una diócesis vecina, para poder ingresar nuevamente a la nuestra por el lado sur.

Los caminos están muy malos realmente, pero en algunas partes están bien y eso nos ayudó a reducir un poco el tiempo. Los paisajes, bellísimos, gracias a las lluvias, con campos de arroz llenos de agua, bien verdes, y otras chacras cultivadas y los primeros brotes asomando. El día nos acompañó gracias a Dios, sin mucho calor, y sin lluvia tampoco, que podría haber complicado un poco todo.

Como el viaje era largo, decidí juntar la visita a dos aldeas vecinas, para no tener que regresar en una misma semana. Visité la aldea de Mwendakulima, y Seleli. A esta última era la primera vez que iba, así que tenía mucho deseo de llegar. Fíjense que con casi tres años en la misión, todavía no llego a conocer toda la parroquia, es decir las 48 aldeas. Creo que todavía me faltan unas dos o tres nada más. Por ser la primera vez, necesitaba guía, y para esto se ofreció el incansable Filipo. El Padre Víctor, por ser su segundo día de swahili, prefirió quedarse para seguir ablandando el idioma.

Durante el viaje pasamos por la capilla de Shiki, la parroquia vecina hacia el sur, que además es de la diócesis de Tabora. Me sorprendió ver una iglesia tan grande y tan linda, toda pintada por fuera y muy bien cuidada. Nos detuvimos porque yo quise tomar unas fotos, y nos dimos cuenta que estaban los fieles trabajando, algunas señoras cultivando flores en el frente, un grupo de hombres arreglando bancos de la iglesia en un salón contiguo.
 
Todos salieron a saludarnos y recibirnos, hermosa costumbre de los sukumas, con mucha alegría y a invitarnos a quedarnos, a charlar, a celebrarles Misa, etc. Les dijimos que no podíamos porque teníamos una larga jornada por delante, que tal vez volveríamos de noche. Hasta nos dijeron que si era muy tarde al regresar, que nos quedáramos a dormir allí. Les agradecimos, nos tomamos unas fotos todos juntos y seguimos viaje.
 
En la primera aldea, Mwendakulima, nos esperaba un buen grupo de fieles. Allí confesé mientras rezaban el rosario, luego la misa, y finalmente hice 21 bautismos de niños.
 

Estaban todos muy consternados por el asesinato de una señora que era la secretaria de la aldea. Fue algo terrible, nadie logra dar una explicación convincente del todo. Teresa era muy buena y trabajadora en la iglesia. El domingo apenas entrada la noche, a eso de las 20 hs, estaba cocinando para su familia, su esposo y dos de sus hijos pequeños, llegó un hombre en la oscuridad, con una linterna potente los encandilaba y se acercaba. Cuando estuvo cerca comenzó a descargar golpes de machete sobre ella. El esposo comenzó a gritar y pedir la ayuda de los vecinos, pero cuando ya llegaron era muy tarde, no hubo nada que hacer. Traté de preguntar lo más posible a ver de qué podía tratarse, y a lo que llegan mis conjeturas es lo mismo que en muchos casos como este: se trata de brujerías, creencias paganas, y en definitiva, por lo macabro del caso, intervención diabólica. Sé que tal vez algunos que lean esto, tal vez no estén de acuerdo, pero deberían conocer el ambiente pagano para entender lo que digo.

Hago ahora mismo el propósito de escribirles algo más específico sobre este tema, pero sepan que estamos en tierra de misión, y misión a los paganos. Pienso que el demonio ha reinado durante siglos y siglos en estos dominios, y desde hace no mucho tiempo, sesenta o setenta años, viene perdiendo terreno. No va a dejar su reinado tan fácilmente. Estas aldeas de que les hablo, son las más alejadas, y lamentablemente podemos ir pocas veces en el año, pero necesitarían tener la Santa Misa muchas veces. Yo me alegro de que aunque sean pocas, sin embargo es algo muy importante, que el Sacrificio de Cristo se celebre en esas tierras. Justo el día anterior, leía en el oficio de lectura de la carta de San Roque González a su provincial este párrafo que les transcribo: “Acomodámonos en la choza ambos con unos apartadijos de caña, y con lo mismo estaba atajada una capillita poco más ancha que el altar, donde decíamos Misa. Y con la virtud de este soberano y divino sacrificio de la santa cruz en que se ofreció y estaba allí triunfando, los demonios que antes se les aparecían a los indios, no se atrevieron a aparecer más…” Y pienso que es algo análogo lo que nos toca vivir. Me decían algunos líderes durante el almuerzo que de esos casos hay varios por año, y que siempre son asuntos de brujos, y creencias paganas. Yo quiero edificar una casa allí para poder alojar a los misioneros y así comenzar nuestras “giras de amansamiento”, yendo de a dos sacerdotes a quedarnos un tiempo allí, celebrar la Misa por todas las aldeas cercanas, confesar, predicar, evangelizar… Será la única manera de que se terminen estas cosas. Dios nos ayudará a conseguir la ayuda para concretar esto.
 

Bueno, pero dejemos para otra crónica extendernos sobre el tema. Luego de la Misa fuimos a bendecir el sepulcro, y de allí fuimos a bendecir la casa, donde todavía quedaba mucha gente para el velorio, pero que esa misma tarde se regresaba cada cual a lo suyo, luego de los tres días de duelo. Después de bendecir todo el lugar, y de dar el pésame a la familia, salimos para seguir el trabajo en la siguiente aldea. Yo miraba esos campos sembrados que rodeaban la casa, y pensaba en esa cosecha que ya Teresa no vería, en esos niños de cinco y tres años, que empezarían una nueva vida, sin su madre… Y no podía dejar de pensar en eso. Necesitamos ir más seguido… ¡pero no podemos!
 
Llegamos a la aldea de Seleli, en mi caso por vez primera. Lamento no haber podido conocer la capilla, porque como es muy pequeña y con techo de paja, los líderes decidieron pedir un aula en la escuela para no correr el riesgo de que nos lloviera durante la Misa, y debiéramos mudarnos en medio de la ceremonia. Los niños ya habían salido de la escuela, así que estábamos nosotros solos. Otra vez, mientras rezaban el rosario, me puse a confesar, y me sorprendió que a pesar de ser pocos adultos, se confesaron una buena cantidad. Las aulas realmente dan lástima, con el piso de tierra, las puertas y ventanas rotas, y pupitres muy maltrechos y pocos, sólo la mitad del aula tiene bancos.
 

Aquí hice cuatro bautismos de niños, y la gente sufrió con mi sermón, que a esa altura ya no coordinaba las frases de swahili y por más esfuerzo que hacía se me entreveraban las palabras. Me alegré mucho de poder conocerlos, y como era de esperar, pidieron que vayamos más seguido. Luego de ir a bendecir la casa de algunos profesores de la escuela, y del director, este nos invitó a comer en la suya. Aproveché a preguntarle cuántos niños asistían a la escuela y me dijo que nada menos que ¡setecientos! ¿Y cuántas aulas?, le pregunto. Siete, me responde lo más fresco. Vivo en estos lugares y veo esto seguido, pero no deja de sorprenderme… y de admirar cómo en esas aulas entran cien niños, de los cuales la mitad se sienta en la tierra y escribe como puede. Veo el agradecimiento que tiene esta gente, y me admiro de la falta de reconocimiento nuestro, de tantos bienes que hemos recibido siempre, y más bien pagamos a Dios con nuestras letanías de quejas e ingratitudes.

Dejamos Seleli al atardecer, y comenzamos el largo camino de regreso, gran parte en silencio con Filipo, tal vez porque veníamos reflexionando en lo que habíamos vivido… y tal vez ya un poco cansados los dos.

Recen por nosotros, recen por los misioneros, recen para que vengan muchos sacerdotes. Que en estas tierras no reine el temor y el terror, si no que reine el Corazón de Cristo por medio de su amor misericordioso.

¡Firmes en la brecha!

 
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Diego Cano, es sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado, ordenado en el año 2001 en San Rafael, Mendoza, Argentina. Ha sido misionero por dos años en Ecuador (en Loja y Gualel), luego durante ocho años ha sido rector del Seminario Menor
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