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Indulgencias: ¿Doctrina medieval?

Actualizado 8 enero 2016  
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P. Raúl Ortiz Toro   


Abierto ya el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, un católico “ilustrado” me ha hecho saber que no cree en las Indulgencias; yo le he respondido que entonces no es muy católico. 

Y es que el tema de las Indulgencias cuenta con detractores en algunos círculos teológicos por razones que, por ejemplo, P. Schoonenberg ha explicado en Mysterium Salutis (II, Cap. X, Secc. 2, 1) sobre la inviabilidad de sostener la remanencia de penas temporales que deban ser expiadas aquí en la tierra a través de los sufrimientos, o en el estado de purgatorio, o en la remisión de las indulgencias. El tema no deja de ser interesante debido al hecho de que si la pena eterna (infierno) se perdona con la remisión de los pecados del penitente verdaderamente arrepentido que ha corregido su conducta, por qué la pena temporal no. Para el autor citado la discusión se resume en la identificación histórica que ha habido entre la pena y la actitud pecaminosa.

Por otra parte, esta vez más histórica, la doctrina de las Indulgencias carga el lastre de la discusión en el contexto de la Reforma Protestante que criticó el abuso de lo que se llamó Indulgencia tarifada. En 1517 Martín Lutero se espantó del modo como Juan Tetzel predicó las indulgencias en Alemania haciendo depender su efectividad de la paga. Y con sinceridad debemos admitir que en algún momento de la Iglesia su correcta predicación se vio manchada por la simonía. 

A pesar de los abusos – hace siglos superados -, la predicación de la Indulgencia siempre ha sido un hermoso canto a la Misericordia y a la Justicia divinas, con base en la doctrina de la solidaridad sobrenatural planteada por San Pablo en Romanos 5, 17: “Si por el delito de un hombre reinó la muerte ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno, por Jesucristo!”. Somos, pues, solidarios, tanto en el pecado de Adán como en la gracia de Cristo. Quiere decir que el valor infinito e inagotable de los méritos de la redención de Cristo, de las oraciones y las buenas obras de la Virgen María y de todos los santos constituyen un tesoro que podemos utilizar para pagar la pena temporal debida por los pecados que ya fueron perdonados en cuanto a la culpa a través del sacramento de la confesión.

Discúlpenme el ejemplo pero la doctrina puede resultar más clara si hacemos este parangón: El Señor N. jugando fútbol en la calle rompe el vidrio de la ventana de su vecina. Este hecho hace que su relación se deteriore. Un día el Señor N. va y pide perdón por el daño causado; la vecina lo perdona pues por su culpa (jugar en un lugar no apto, no direccionar bien el balón, etc.) se rompió el vidrio. Sin embargo, no todo queda allí porque el Señor N. debe pagar una pena: reponer el vidrio roto. El Señor N deberá trabajar arduamente para reparar el daño pero en esto llega un amigo suyo y con unos ahorros que no ha usado compra el vidrio y repara el daño. 

Aplicándolo a la doctrina, tenemos que Dios nos perdona la culpa de nuestros pecados a través del sacramento de la confesión pero debemos pagar una pena por ellos; esta pena se paga a través del ofrecimiento de los sufrimientos de esta vida terrena, a través del purgatorio y a través de las Indulgencias. En las dos primeras opciones somos nosotros los que pagamos directamente, mientras que en la Indulgencia es Jesucristo quien paga por nosotros en una manifestación de solidaridad sobrenatural y misericordiosa, luego de cumplir con los requisitos establecidos por la Iglesia en cabeza del Papa (tener una actitud de verdadera conversión para confesarse, comulgar y orar por las intenciones del Santo Padre).

De modo que no se trata de ninguna doctrina medieval sino de una fuente de Misericordia Divina; quien niega el trascendental valor salvífico de las Indulgencias lo hace por ignorancia del alcance de la misericordia de Dios, por desconocimiento de la gran doctrina de la solidaridad sobrenatural, por negación del poder redentor de los méritos de Cristo, de la Virgen María y de los Santos, y la intercesión de la Iglesia.

 
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