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"Cristo esparcido"

Actualizado 4 marzo 2016  
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P. Diego Cano   


Dios ha sido siempre demasiado bueno con nosotros. A veces no llegamos a darnos cuenta de todo lo que nos ha dado, hasta que vemos que lo que es tan normal tener, otros no lo tienen. Hemos vivido años y años sin carecer de nada… no sabemos lo que es una verdadera carencia, no la hemos experimentado. Hoy Dios, por medio de varias personas, me mostró una vez más todo lo que he recibido en mi vida, por generosidad divina.
 

Hoy pude visitar a “Cristo esparcido en Nyamilangano”, por decirlo de alguna manera. Las dos jóvenes laicas misioneras, que nos ayudan con la atención de una de las aldeas más grandes que tenemos, me pidieron que vaya a visitar a los enfermos de ése lugar. Ellas los visitan con cierta frecuencia, y han organizado un grupo de misioneros laicos que tienen como oficio visitar a los enfermos. Organizaron muy bien todo, teniendo avisados a los abuelos que íbamos a ir, una lista con los nombres, los lugares, y los sacramentos que debían recibir. Fue un largo recorrido, para poder visitar a los once enfermos, comenzamos fue necesario dedicar cerca de seis horas.

Puedo decirles que ante mis ojos se fueron sucediendo las escenas, y ahora las recuerdo agradecido. Las diversas casas, con su pobreza y sencillez. En un momento que estábamos sentados en unos pequeños bancos afuera de una de ellas, mi pensamiento quedó prendado de la idea de que si no me tocara hacer este tipo de trabajo misionero, sería muy difícil conocer la realidad, la verdad de la gente que vive en Ushetu.
 

Casas de adobe, sin revocar, con puertas y ventanas de madera tosca, pisos de tierra, bolsas de maíz dentro de las habitaciones, techos de paja y techos de cinc… Las ollas al fuego sobre unas piedras, en el patio. Algunas de las casas nos ofrecieron una hermosa sombra debajo de un árbol, y en otras tuvimos que refugiarnos del sol ardiente del mediodía africano bajo el alero del techo, un espacio muy reducido de medio metro. No tenían ningún árbol cerca de la casa. La mayoría de las casas estaba rodeada de un pequeño cultivo de maíz y algunas otros granos y hortalizas. Generalmente no habían sillas para todos los que llegábamos, o mejor dicho, pequeñas banquetas que se usan aquí. Tampoco mesas, ni siquiera de esas mesas ratonas. Muchos de los abuelos estaban sentados en el piso o en los banquitos. Muchos animales en el patio, desde perros y gatos, pasando por gallinas, chivos, y hasta algunos terneros que los cuidan mucho, y se quedan mansamente junto al grupo de visitantes.

Pienso que el misionero debe tener algo de “equilibrista”, porque hoy me fui encontrando con situaciones de todo tipo, entre personas que no me escuchaban, o que no me entendían, o que no hablaban swahili. Debí escuchar mucho en sukuma, y admirablemente, entendí algo. Acomodarme a todas las circunstancias, entre los que no escuchaban bien, y los que por la edad, no se acordaban nada de lo que les habían enseñado las misioneras y el catequista en sus visitas. Estar en contacto con las miserias de los hombres y compadecerlos, pero sin entristecerse ni desanimarse de no poder hacer mucho más de lo que hace. Alegrarse de poder hacer lo poco que hace. Hay que mantener el equilibrio, y seguir adelante, y tratar de dar siempre más...

En cada casa puedo decir que Dios me enseñó algo, y aquí nuevamente pensaba aguantando las lágrimas, la gran bondad de Dios para con nosotros, para con mi familia, para con mis conocidos.
Es casi obligado preguntarse ¿porqué a nosotros nos ha dado tanto? Y la respuesta viene del mismo Dios: “porque al que mucho se le dio, mucho se le pedirá”. Hay una obligación ahora. No sirve simplemente admirarse, y lamentarse por los que no tienen, sino que hay que hacer algo… perdón, hay que hacer mucho. Mucho se nos pedirá.

Hoy visité los enfermos de una de nuestras aldeas. En la misión tenemos 48 aldeas. Tenemos a “Cristo sembrado” en toda nuestra parroquia, en una distancia físicamente imposible de abarcar y atender como nos gustaría.
Recen por nosotros y por ellos. Por nosotros, para que demos lo más que podemos. Por ellos, para que Dios los consuele en sus necesidades y sufrimientos.
¡Firmes en la brecha!




 
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Diego Cano, es sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado, ordenado en el año 2001 en San Rafael, Mendoza, Argentina. Ha sido misionero por dos años en Ecuador (en Loja y Gualel), luego durante ocho años ha sido rector del Seminario Menor
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