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Tradición y confianza

Actualizado 24 junio 2016  
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Juan Manuel de Prada   


En una presentación de mi última novela, un amable asistente me preguntó (aunque yo apenas había tocado este asunto) si existían pruebas que demostrasen que las visiones místicas de Santa Teresa fueron verídicas y no fingidas. La pregunta, al principio, me pareció meramente retórica (pues resulta evidente que no existen 'pruebas' de tal cosa en el sentido material de la palabra), dictada por cierto escepticismo cínico o socarrón; pero el señor que me la había formulado lo había hecho con sincera curiosidad, por lo que me esforcé en darle una respuesta convincente, que ahora trataré de exponer aquí. Por supuesto, mi respuesta entonces (como ahora este artículo) no versaba tan sólo sobre las visiones místicas de Santa Teresa, sino sobre algo mucho más vasto en lo que- pese a su magnitud e importancia- no solemos reparar.

Sobre la veracidad de las visiones místicas de Santa Teresa no tenemos más 'prueba' que su propio testimonio (recogido en sus libros) y el testimonio de sus colaboradores más estrechos, que a veces presenciaron sus arrobos y los contaron de palabra o por escrito. Por lo tanto, para 'creer' que tales visiones fueron reales, hemos de conceder crédito a dichos testimonios. Aquí el incrédulo sonreirá con irónica suficiencia, antes de advertir que casi todo lo que sabe (o 'cree' saber), casi todos los conocimientos que atesora, se fundan en la misma 'prueba'. Casi nadie ha podido verificar con 'pruebas' que existan otros planetas en el universo, o que el nuestro gire en derredor del sol, pero confiamos en el profesor que -allá en la remota infancia- nos lo enseñó, que seguramente tampoco pudo verificarlo personalmente (pero entendemos que se basó en las afirmaciones de astrónomos veraces). Casi nadie ha podido verificar con 'pruebas' que la naranja tenga vitamina C (y ni siquiera que la vitamina C exista), pero concedemos crédito al médico que nos recomienda tomar un zumo de naranja, porque creemos que su recomendación se funda en estudios de laboratorio que nuestro médico no ha realizado personalmente, sino tan sólo aceptado como fidedignos, porque fueron realizados por científicos que merecen su confianza (y nuestro médico, a su vez, merece la nuestra). Pero ni siquiera hace falta apelar a cuestiones que exijan potentes telescopios o microscopios para la obtención de 'pruebas'; también en nuestra vida cotidiana nos servimos de multitud de conocimientos de los que no tenemos otra 'prueba' que el testimonio de personas merecedoras de nuestra confianza. Así, por ejemplo, la mayoría de nosotros no ha sufrido jamás la picadura de una abeja; pero desde que nuestro padre o abuelo nos dijeron que procurásemos no enfadar a las abejas porque podían picarnos, nos cuidamos mucho de hacerlo, y seguimos haciéndolo hoy igualmente, por la sencilla razón de que reconocíamos y seguimos reconociendo en nuestro padre o abuelo una fuente de autoridad digna de toda confianza (aunque, muy probablemente, tampoco ellos hubiesen sufrido jamás una picadura de abeja).

Casi todo nuestro conocimiento está fundado en la confianza que nos merecen quienes nos lo transmiten; y a esta trama de confianza que entreteje generaciones la llamamos tradición. Es la posesión más preciosa de la que dispone el ser humano; es una posesión que merece nuestra admiración y gratitud, una posesión que debe ser transmitida a quienes nos suceden. Sin esta posesión, no existe posibilidad de conocimiento, ni siquiera de civilización propiamente humana. Mantenerla viva y perpetuamente renovada, cuidarla con mimo es una empresa admirable, tal vez la más admirable de cuantas empresas podemos acometer; y, cuando digo cuidarla con mimo no estoy diciendo mantenerla conservada en formol, sino velar por su crecimiento, regándola con nuestra curiosidad, podándola de adherencias postizas, para poder entregarla a la generación venidera más hermosa aún de lo que nosotros la recibimos. Naturalmente, uno elige a quienes merecen su confianza; pero la vida fundada en la desconfianza es la vida menos civilizada que uno imaginarse pueda, y a la postre una vida raquítica, enferma de solipsismo y paranoias. Si hoy abundan las visiones conspiranoicas de la Historia, el friquismo, las supersticiones estrafalarias, es porque hemos adoptado la desconfianza como instrumento para aproximarnos al mundo; y el mundo sin la empresa común de la tradición, el mundo contemplado sin confianza, acaba tornándose ininteligible, pues las 'pruebas' de las cosas que en él se contienen no suelen estar a nuestro alcance, muy alejadas en el tiempo o en el espacio o, por el contrario, demasiado próximas para verlas con perspectiva.
 

Fuente: XLSemanal
 
 
 
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