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Católicos en política: ¿qué estamos esperando?

Actualizado 10 octubre 2013  
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Diego Shalper   


Hablar de cristianismo y política es un desafío al cual podríamos aproximarnos desde múltiples veredas. Posiblemente sería muy interesante precisar cuestiones como confesionalismo y clericalismo, de manera de alejarnos de ello en pos de no confundir los planos de la Iglesia y el Estado. Por otro lado, sería recomendable evidenciar que la Doctrina Social de la Iglesia contiene principios sociales que han orientado al grueso de los cuerpos sociales a lo largo de la historia, empatizando con ese anhelo común de la humanidad de encontrar un sentido unitario. Finalmente, valdría la pena también revisar los escritos de tantos santos que han meditado sobre estos asuntos, donde destaca por cierto Santo Tomás Moro - por su oficio de santidad - y san Alberto Hurtado - por ser nuestro compatriota.
 
No obstante, quisiera referirme a algo mucho más concreto y quizás más urgente; a saber, compartir algunas reflexiones sobre el rol político de un cristiano en el mundo de hoy. He preferido apoyarme en mi experiencia en IdeaPaís, un centro de impacto público independiente del cual soy Director Ejecutivo y que persigue - precisamente - reformar conciencias y estructuras en pos de un desarrollo más humano para Chile.
 
Parto por una precisión: la verdadera extensión de palabra "política" no la entiendo solo en lo referente ni a los partidos ni al acto de elegir autoridades mediante elecciones. Prefiero un concepto más amplio, inspirado en su origen "polis", que alude al bien de la sociedad. Por lo tanto, cuando hablamos del rol de un cristiano en la política no solamente aludimos a autoridades, sino al comportamiento cotidiano de todo ciudadano que profesa la fe cristiana y que, por ende, debiese hacer propio el rico fundamento intelectual, antropológico y moral en que ésta se fundamenta.
 
Pienso en una idea bien sencilla y fácil de retener: un cristiano tiene que ser luz del mundo en su desempeño político cotidiano.
 
Para eso debe asimilar al menos dos cosas.
 
Primero, que sólo puede iluminar el que tiene luz. Así de simple. Y sin perjuicio por cierto de la dimensión sobrenatural que debe cultivarse, la luz política tiene unos alimentos bastante claros: formación intelectual y virtud moral. Sólo puede iluminar aquél que sabe de los asuntos y que ha fundado su actuar en principios sólidos que ha escudriñado lo más que ha podido. Son ellos los que le darán la brújula, el sentido y el fundamento al obrar cotidiano. Ahora, sólo la materialización concreta y cotidiana de esos principios en los diferentes ámbitos de la vida permitirán tener un testimonio iluminador. No sirven de nada grandes conocimientos acompañados de falta de carácter, debilidad o abandono en la comodidad. Cultivar la virtud es trabajar día a día por ser fiel reflejo de lo que propone al mundo como ideal. Con los altos y bajos propios de nuestra débil condición. Pero con el empeño firme y decidido. Sólo tiene luz el que ha entendido y el que, en base a esa comprensión, practica cotidianamente. Formación y virtud.
 
Segundo, es preciso ser efectivamente luz del mundo, es decir, proponerse iluminar con humildad y sin complejos las discusiones públicas que se susciten y los espacios que se ocupen. Hoy la política es cada vez más cultural, por lo que se construye de los comportamientos cotidianos y las decisiones que diferentes actores toman. Hace política el comunicador que pasa una teleserie donde se hace gala de la infidelidad. Hace política el gerente de marketing que la financia. Hace política el televidente que la observa y que no cautela explicar a su hijo las implicancias que eso tiene en las relaciones interpersonales. Hace política el que omite agruparse y organizarse para exigir una responsabilidad cultural de los comunicadores. Y suma y sigue. Es decir, no es necesario ser Senador para hacer política, sino entender las repercusiones culturales (¡públicas!) que tiene el entramado de opciones que se toman. Y por tanto, para ser luz del mundo no es necesario aparecer en un afiche, sino dar la pelea en el ambiente cotidiano.
 
Hay dos ideas que es preciso meditar.
 
Algunos nos dicen (incluso distinguidos Senadores) que en cuanto cristianos formamos parte de un mundo plural, por ende debemos ser tolerantes y no "imponer nuestras convicciones". La frase es "Yo tengo mis ideas, pero no puedo obligar a otros a compartirlas". En apariencia, este argumento aparece muy compasivo y empático, pero mirando más allá quizás podría esconder un egoísmo complejo. ¿No es razonable compartir aquellas ideas que se estiman correctas bajo la premisa de poner en común ideales que se estiman funcionales para la felicidad? ¿No es acaso ingenuo el planteamiento, en cuanto todos los que participan de cualquier discusión lo hacen desde una identidad que pretenden "imponer" (en realidad, el verbo correcto es "promover"). ¿No subyace a esa idea de que la verdad y el bien serían anhelos puramente privados, no comunicables, reinando entonces en lo común el relativisimo individualista? Por lo demás, esa tesis es irreal, pues imagino que Ud. lector le habrá dado consejos a otros alguna vez en su vida. ¿Qué se ha creído Ud. de imponerle a su amigo borracho su idea de que "beber en exceso hace mal"?
 
Por otro lado, se nos dice que debemos "sumarnos a la corriente de la modernidad y del progresismo" pues "para allá va el mundo" y "esas ideas son las que piensa la mayoría". Sobre esa base, muchos se acomplejan y contribuyen a un espiral de silencio que masifica esa consigna absolutamente falsa. Si nos damos el tiempo de revisar la Encuesta Bicentenario UC y la última Encuesta del INJUV nos daremos cuenta que en todos los temas morales (¡EN TODOS!) los planteamientos cristianos son mayoritarios. Es más, si se revisan los resultados según segmentos sociales, podremos darnos cuenta que los segmentos ABC1 duplican y hasta triplican a los segmentos D y E en temas como aborto, legalización de la droga o matrimonio homosexual. Y todos sabemos que las mayorías de nuestro país no son precisamente clases acomodadas. Por otro lado, ser luz del mundo precisamente se asocia a contradecir corrientes si éstas están equivocadas. Eso se llama liderazgo. Y si países como Polonia y la República Checa fueron la punta de lanza para derribar a un elefante soviético que parecía invencible, ¿por qué no anhelar que sea un país como Chile el primero en rebelarse ante el relativismo sin sentido, el individualismo solitario y el hedonismo vacío?
 
Finalmente, es clave que entendamos que hay que ser luz del mundo. Partir por el entorno, pero no agotarse en él. Salir al encuentro de las nuevas realidades que se nos presentan con voluntad de servicio y empatía. En estos tres años de trabajo, si hay algo que me ha convencido, es que las ideas cristianas se han debilitado por que no se conocen. Nunca nadie le ha hablado bien del matrimonio a miles de personas, que se han formado sus conceptos desde las teleseries. Falta ir a explicar por qué se cree en la dignidad humana, en la justicia social, en la libertad, en el bien común y en tantas otras cosas que han cedido espacio porque hemos estado demasiado ocupados en banalidades (¿es posible calificar de otra manera tanta opulencia que copa nuestros espacios y tonteras que copan nuestras agendas?).
 
Los tiempos no son un devenir mecánico fruto de pautas preestablecidas, sino más bien fruto de decisiones personales y colectivas que transforman las mentes, los espacios, las estructuras y los países. El punto de partida, uno mismo. ¿Qué estamos esperando?
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Diego Shalper es Abogado de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Director Ejecutivo del Movimiento chileno IdeaPais
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