El sentido de nuestra época

09 de diciembre de 2016

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A pesar de la crisis, el desempleo, el aumento de la desigualdad y del temor al futuro, vivimos en la época de la historia de mayor bienestar. En términos estrictamente materiales esto es así. Nunca como hoy ha sido posible en nuestras sociedades y en buena parte del mundo, la erradicación de la pobreza. Esta situación no se ha dado nunca en todo el tiempo histórico precedente por una razón fundamental. No es hasta periodos recientes que la productividad es tan elevada que permite que su redistribución sacie sobradamente la necesidad de bienes materiales. Como analiza Angus Madison en La Economía Mundial: una perspectiva milenaria, en el primer milenio la población se multiplicó por 6 y la renta per cápita se redujo ligeramente, mientras que en el segundo milenio, hasta 1998, la población se multiplicó por 22 y la renta per cápita por 13, si bien con grandes disparidades regionales, que han tendido a reducirse a partir del tercer milenio, sobre todo, a causa del desarrollo asiático. Solo a partir de 1820 la tasa anual media ponderada de aumento del PIB creció por encima de 1 en Europa, Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda y Japón, que alcanzó casi el 2 (1,93%). Latinoamérica lo hizo a un ritmo de 1,22, y Europa del Este y la antigua URSS, a un más modesto 1,06, mientras que Asia, con la excepción de Japón, no alcanzaba el 1 por ciento (0,92), quedando descolgada África con un 0,62%. Todo esto poco tiene que ver con todos los periodos precedentes, con crecimientos negativos, nulos o de una o dos décimas como máximo, con la única excepción de Europa que aumento su PIB en un 0,78 anual entre 1700 y 1820. Estos datos reflejan como de nueva es, para la sociedad humana, la abundancia generalizada de bienes, incluidas las desigualdades en su distribución.
 
De todo este periodo, el más próspero con diferencia fue el que siguió al fin de la II Guerra Mundial, hasta los efectos de la nueva cultura que surgió, primero en el ámbito social (años setenta), y en el económico (años ochenta), que enmarcan el nuevo orden liberal permisivo. Entre 1953 y 1973, la llamada edad del oro, el crecimiento ponderando del PIB para cada año alcanzó el 4% en Europa, el 8% en Japón y el 2,44% en Norteamérica. Desde entonces no se han vuelto a repetir estas cifras, incluso África, secularmente muy rezagada, creció al ritmo de un 2%, y la URSS y el este Europeo a un 3,49. El gran cambio en el bienestar material por ritmo de aumento y por acumulación, se da en la década de los cincuenta.
 
Nuestro tiempo es el que ofrece unas mejores condiciones generalizadas de salud y educación, con el acceso generalizado a ella, sobre todo en Europa, Norteamérica y Japón. Como lo constata el aumento de la esperanza de vida. En 1900 la esperanza de vida de un británico era de 50 años, y la de un español de 35, mientras que la de un chino estaba en 24, parecida a la de un africano. Al inicio del nuevo siglo, el número de años que podía vivir el británico había crecido hasta los 77, viéndose sobrepasado por un año por los españoles, mientras que China alcanzaba los 71 y los africanos los 52. En el 2016 estas cifras todavía son mejores, y existe una clara tendencia, aunque de ritmo desigual, a converger en las cifras de las distintas regiones mundiales. Algo parecido sucede con las tasas de alfabetización, de manera que la población que no sabe leer y escribir es una excepción mundial.
 
Centrándonos en el contexto Occidental de Europa y Estados Unidos, nunca la población ha podido contemplar su vida con tanta seguridad, porque a la sanidad universal, con menor cobertura en Estados Unidos, se le añade sobre todo en el estado del bienestar europeo, la pensión de jubilación, el seguro de enfermedad y desempleo, viudedad y orfandad, la ayuda a la dependencia, y las viviendas sociales, las ayudas para la pobreza energética, a la familia y los hijos -de poca significación en algunos casos como el español. Las prestaciones para paliar la pobreza, como la renta mínima de inserción social, y otras modalidades semejantes, la protección, más o menos eficaz de los desahucios, describen un escenario en el cual las personas viven con un grado de protección muy grande. Y aun deberíamos añadir, para contemplar las condiciones reales de vida, todos los ejercicios de solidaridad, desde Caritas y sus equivalentes, a los Bancos de Alimentos, pasando por toda una amplia gama de iniciativas y voluntariado solidario.
 
La comparación entre un español en los años cincuenta o un europeo en los treinta del siglo pasado, y la situación actual marca una diferencia inimaginable para nuestros padres o abuelos. Un burgués de entonces tenía menos años de vida por delante que un trabajador hoy. La utopía anarquista o comunista, formulada por sus creadores y principales intérpretes, no podía imaginar una sociedad más perfecta. Y todo ello conseguido con una progresiva reducción de la jornada laboral y, sobre todo, del número de horas trabajadas al año. Jornadas semanales de como máximo 40 horas, la mayoría de menos, treinta días de vacaciones, bajas por maternidad y paternidad, todo esto describe un medio humano que necesariamente debería llevar  incorporada la felicidad, porque las carencias básicas no existen, y en algunos aspectos como el de la alimentación, sobreabundan, de manera que nuestra gran epidemia es la obesidad. Y la depresión, claro está. Este es el tiempo de esta enfermedad, que además crece sin parar.  ¿Cómo es posible?  Es evidente que más medios no quiere decir siempre más felicidad. Ahora condenamos a los ancianos al gueto de las residencias asistidas, donde básicamente solo se relacionan con personas de su edad, sin el estímulo de generaciones más jóvenes. En estos entornos, el rey de la conversación es la soledad interior y la conversación sobre achaques y enfermedades. ¿Quién pueden extrañarse que muchos se despierten con un bonjour tristesse? ¿Por qué crece el número de animales de compañía mientras decrecen, hasta lo insostenible, los hijos? ¡Qué extraños mensajes envía esta sociedad!
 
La reflexión sobre todo esto, precisamente ahora en tiempos de cambios radicales, debería ser obligada, pero no es así. Aceptamos sin excesiva cavilación que estos tiempos son malos, que la felicidad escasea, que se teme al futuro o al menos que provoca una gran incertidumbre y se vive con frustración el presente, pero ningún historiador del futuro que examine nuestros logros materiales se decantará por buscar la explicación principal en este campo, porque la meditación sobre los hechos y datos no conduce a lo que seguramente es una obviedad no profundizada. Que el problema, incluidos los agravios y consecuencias del aumento de la desigualdad, es más vital que material, de sentido de la vida, de moral, es decir, del sistema de valores, sus relaciones y jerarquía, bajo el que nos impulsan a vivir, de ética, es decir, de cómo nos comportamos con nosotros mismos y en relación a los demás. Y en la raíz de todo ello, el sentido último de la existencia y de la relación con todo lo que nos rodea, personas, naturaleza, cosmos, es decir, una cuestión de lo que llamamos religión, y que expresa el tipo de creencia y relación que mantenemos con Dios.
 
Algo bueno hemos hecho a lo largo de los últimos 60 años, y algo de malo también. Dilucidar que es cada cosa y sus causas y acertar es donde nos jugamos el presente y el futuro.


 

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