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Las redes del odio

Las redes del odio
Actualizado 7 abril 2017  
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Juan Manuel de Prada   


Muchos desaprensivos han convertido interné -y muy especialmente las sarcásticamente denominadas ‘redes sociales’- en una mezcla de vomitorio y patíbulo en el que escupen su odio, propagan calumnias y dan rienda a sus más abyectos instintos. Cada vez con mayor asiduidad, conocemos casos de personas convertidas en alimañas que desde interné se regocijan con la desgracia ajena, profieren las amenazas más canallescas y las injurias más sórdidas. También son frecuentes los casos de personalidades públicas que denuncian sufrir acoso a través de las redes sociales, o persecución de tarados que los vituperan de los modos más furiosos.
 
Este fenómeno nos enfrenta con el aspecto más depravado de la naturaleza humana. Si para amar necesitamos conocer a la persona amada, para odiar tan sólo necesitamos cosificar a la persona odiada, convertirla en una abstracción, reducirla a una caricatura, a un pelele, a un garabato. Si el amor demanda paciencia y dedicación, el odio precisa urgencia y juicio sumarísimo. El amor es exigente y abnegado, porque abraza la miseria y el dolor ajenos; porque exige que nos fundamos con el cuerpo del prójimo, que nos zambullamos en su alma, hasta amalgamarnos por completo con él. El amor tiene una visión ensimismada y microscópica del prójimo que se fija en los detalles más menudos hasta llegar a comprenderlos; el odio, en cambio, tiene una visión panorámica y cenital que prescinde de los matices y se conforma con las simplificaciones. El odio puede ignorar tan campante a la persona concreta sobre la que se proyecta, así como sus circunstancias, puede despedazar su carne y triturar su alma hasta convertirlos en un gurruño o en una entelequia. Sin duda, el odio es una pasión mucho menos ‘humana’ que el amor; pero, por ello mismo, más ‘natural’, más sencilla y espontánea. Y, en una época tan apresurada como la nuestra, infinitamente más gratificante. Mientras quien ama necesita no sólo ser justo, sino también compasivo (pues sólo así se pueden aceptar las miserias y flaquezas del prójimo), quien odia puede permitirse el lujo de no ser ni siquiera justo, sino tan sólo justiciero.
 
Para expresar nuestro amor necesitaríamos escribir una enciclopedia; para expresar nuestro odio nos basta con ciento cuarenta caracteres. Es verdad que en ese limitado espacio podríamos también escribir un aforismo radiante de afecto o un haiku pletórico de ternura. Pero para escribir un aforismo o un haiku amorosos tendríamos que quintaesenciar; para escribir una amenaza, un improperio o una calumnia nos basta con escupir. Y, además, para amar necesitamos estar acompañados; mientras que para odiar podemos estar solos, y cuanto más solos estemos más arrebatadamente podremos odiar. Ama quien es persona; mientras que, para odiar, sólo se necesita ser individuo. Decía Maritain que toda civilización homicida se caracteriza por sacrificar la persona al individuo: concede al individuo multitud de derechos y libertades (empezando, por supuesto, por la libertad de expresión y opinión); y a cambio aísla, despoja, debilita a la persona, privándola de las armaduras comunitarias que la sostienen y abrigan, arrojándola al torbellino de las fuerzas devoradoras que amenazan la vida del alma, a la turbamulta de los intereses y de los apetitos en pugna, a un incesante alud de excitaciones sensuales y errores deslumbrantes. Y, una vez que ha despersonalizado al hombre, le dice: «Eres un individuo libre. Defiéndete y sálvate tú solo».
 
Allá donde hay personas, la libertad se enraíza y vincula, se encarna en otras almas y otros cuerpos, haciéndose comprensiva, humilde y responsable; allá donde sólo hay individuos, la libertad se desata y desencarna, se torna impúdica y soberbia, se vuelve frívola y altiva, ambiciosa y frenética, enamorada de sí misma e implacable con el prójimo al que ni siquiera se molesta en conocer. Esa libertad ensoberbecida, sin embargo, acaba descubriendo su profunda, irrevocable soledad; y entonces se revuelve como una alimaña, sedienta de venganza, en busca de un culpable que aplaque su rabia, un payaso de las bofetadas sobre el que escupir su frustración.
 
Así se explica el odio rezumante de espumarajos que hallamos en las redes sociales, que fueron creadas para que las personas sacrificadas al individuo pudieran disfrutar de un simulacro grotesco de vida comunitaria. Redes siempre prestas a convertirse en vomitorio y patíbulo en el que un hormiguero de individuos pueden hacer quedadas y montar aquelarres, para destruir vidas de personas a las que nunca podrán amar, porque no las conocen.


Fuente: XLSemanal

 
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Juan Manuel de Prada es un escritor español y articulista en diversos medios de comunicación.
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