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¿Rutina o realismo?

¿Rutina o realismo?
Actualizado 10 marzo 2019  
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María Esther Gómez de Pedro   


Parece obvio que, después de las vacaciones, hay que volver a lo de siempre. Sin embargo, hay muchas maneras de volver a lo de siempre: porque ya toca y no hay otra opción, porque algo hay que hacer, porque se está cansado de no hacer nada, porque nos obligan las circunstancias o la personas, o porque estamos convencidos de que es lo mejor que podemos hacer y por lo tanto queremos hacerlo lo mejor posible -por el bien de todos-, algunos incluso descubren una ocasión de amar a Dios en lo que hagamos. Ante esta gama conviene ver en qué actitud nos encontramos.

Es razonable planteárselo porque de eso dependerá en gran parte la satisfacción propia y ajena y, a la larga, también nuestra felicidad. La felicidad, en efecto, se construye no con cosas raras o extraordinarias ni con sueños que nunca llegan sino con los materiales del diario vivir, siempre que sean medios buenos y estén orientados a un fin también bueno, ojalá mejor; por eso es clave contar con buen material y una sana valoración de lo que tenemos entre manos y de los sucesos que no dependen de nosotros. Un sano realismo ayuda a evitar tanto el idealismo utópico como la desmotivación y la falta de entusiasmo por lo que se hace.

Ese necesario equilibrio lo da la virtud que es un término medio entre dos extremos viciosos malos. Algunos de los extremos a la hora de conseguir algo pueden provenir, según lo que enseña Santo Tomás, experto en estos temas, de la pereza y pusilanimidad, por defecto, o de la presunción, como exceso. La magnanimidad es la virtud de tender o aspirar a altas metas de manera proporcionada a lo que somos y a nuestras fuerzas. Es, podríamos decir, una aspiración realista que nos lleva a dar pasos concretos para conseguir lo mejor a nuestro alcance, será fácil o difícil.

Por exceso está el vicio de la presunción: es “contrario al orden natural que alguien presuma hacer lo que está por encima de su capacidad” (Suma Teológica, II-IIa, q. 130, a.1). No olvidemos, sin embargo, que de nuestra condición de criaturas hecha a imagen y semejanza de Dios, se desprende que todo -lo que hacemos y lo que vivimos- podría contribuir a la felicidad… en su más alta concepción de ver y amar a Dios, “el único que con su bondad infinita puede llenar perfectamente la voluntad del hombre” (I-IIa, q. 3, a. 1). Esto, podría pensar alguno, supera totalmente nuestras fuerzas y por eso no debemos aspirar a la divinidad. Pero precisamente por ser lo que somos, personas, Dios nos ofrece su gracia al superar la distancia infinita que nos separa y ayudarnos a alcanzar esa meta que supera nuestras fuerzas humanas, y así sucede que “lo que podemos por otros, lo podemos de algún modo por nosotros. Por eso, como podemos pensar y hacer el bien con la ayuda divina, esto no excede totalmente nuestra capacidad. Por tanto, no es presuntuoso el que uno intente hacer cualquier obra virtuosa. En cambio, sí lo sería si pretendiera hacerlo sin la ayuda divina” (Ibid, ad. 3). Esto hace posible que incluso la labor más escondida y pequeña, si la hacemos unidos a Dios y con su gracia, nos permita tocarle y sembrar el bien a nuestro alrededor.

En el extremo contrario al presumido, también como vicio, se encuentra el pusilánime que rehúsa “tender a lo que es proporcionado a sus posibilidades” (Ibid, II-IIa, q. 133 a. 1) y se paraliza. “Como el magnánimo, por la grandeza del alma, tiende a lo grande, así el pusilánime, por la pequeñez de ánimo, renuncia a ello”. Su causa es doble: “por parte del entendimiento, es la ignorancia de la propia condición, y por parte de la voluntad, el temor de fallar en cosas que se estiman falsamente que superan la propia capacidad”. Y su efecto es “renunciar a cosas grandes de las que uno es capaz” (Ibid, a 2,in c).

Reconocer la dignidad de poder colaborar con el Creador en construir un mundo más bello y bueno desde la base del amor, para lo que contamos con su ayuda y su cercanía, cosa que potencia, además, nuestra voluntad, puede transformar todo lo que hagamos. Nos hará evitar la presunción y la rutina del mínimo esfuerzo al retomar a lo de siempre pues, aunque lo que hagamos sea aparentemente pequeño, puede hacernos tocar el cielo en la tierra: sea estudiar, limpiar, enseñar, administrar, construir, planificar, gobernar, etc. Por eso, cualquier actividad puede ser un trampolín para la felicidad más perfecta a la que podemos aspirar en esta vida, que es la unión con Dios (Ibid, I-IIa, q3), y que como consecuencia difunde el bien a su alrededor.
 
 
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María Esther Gómez de Pedro es miembro de la Cruzada de Santa María en Chile. Licenciada en Filosofía, profesora de secundaria y Doctora en Filosofía por la Universidad de Barcelona, España. Directora Nacional de Formación e Identidad - UST
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