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Actualizado 2 julio 2020  
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Juan Manuel de Prada   


Los más viejos y memoriosos del lugar recordarán la conmoción que en todo Occidente causó, veinte años atrás, la destrucción de los Budas de Bamiyán decretada por los talibanes de Afganistán. En su momento, aquella conmoción nos resultó muy farisaica, pues en Occidente ya abundaban entonces estas acciones (recordemos, por ejemplo, el derribo de estatuas de Lenin y otros próceres comunistas en la extinta Unión Soviética y en sus países satélites), que en los años posteriores se intensificarían fanáticamente, en algunos lugares como España, con entusiástico frenesí. 
 
En realidad, la destrucción de aquellos Budas de Bamiyán era mucho más ‘comprensible’ que las destrucciones que por aquellos mismos años (y no digamos en los siguientes) se estaban perpetrando en Occidente. Pues los talibanes no estaban haciendo otra cosa sino repetir lo mismo que han hecho casi todas las civilizaciones, que es erigirse sobre las ruinas de otra civilización anterior, mediante un alarde de iconoclasia furiosa que reduce a escombros, añicos o pavesas las imágenes y símbolos sagrados de la civilización precedente. En realidad, la única civilización que se cuestionó esta devastación metódica fue, precisamente, la cristiana, en la que, junto a iconoclastas furiosos, hubo quienes –como San Justino–defendieron la conservación del legado pagano con argumentos que, providencialmente, acabaron imponiéndose. 
 
Aquella fiebre iconoclasta que hace veinte años sacudió a los talibanes afganos trataba de borrar las imágenes visibles de una civilización extinta para imponer las de otra civilización pujante. En cambio, el escandalizado Occidente que se dedicó entonces a execrar a los talibanes, pintándolos como bárbaros feroces, promovía destrucciones mucho más lastimosas que sólo eran expresión de banales vaivenes ideológicos en el seno de un nihilismo civilizatorio. Frente a la destrucción de los Budas de Bamiyán, que proclamaba la pujanza de una civilización que enterraba las escurrajas de una civilización muerta, los derribos o remociones de las estatuas de Lenin o Franco no eran más que tediosos y archirrepetidos episodios propios del ocaso de cualquier civilización agotada, que se regocija patéticamente en la damnatio memoriae del adversario vencido. Las masas que aplaudían el derribo o remoción de las estatuas de Lenin o Franco pensaban, con ridículo engreimiento muy característico de las generaciones decadentes, que de este modo ‘borraban’ el legado de gobernantes que juzgaban tiránicos, ignorantes de que en realidad lo estaban revitalizando (como veinte años después puede comprobarse), a la vez que facilitaban el advenimiento de tiranos mucho más taimados e impersonales, que para imponerse sólo tendrían que distinguirse de aquellos personajes que las masas consideraban paulovianamente el epítome de la tiranía. 
 
Los talibanes que destruyeron los Budas de Bamiyán hacían afirmación de una fe victoriosa que derribaba los viejos ídolos. Los ingenieros sociales que amparaban el derribo de estatuas de Franco o Lenin sólo ilustraban reyertas intestinas de cuño ideológico en el seno de una civilización moribunda. Pero, veinte años después de aquellos episodios, prosigue en Occidente la fiebre iconoclasta, que últimamente ha adquirido tintes ‘globales’, a rebufo de unas sedicentes manifestaciones antirracistas que, por supuesto, esconden una intención muy diversa y acaso inconsciente en muchos de los que las secundan. Resulta muy revelador que este nuevo furor iconoclasta haya elegido como diana principalísima la figura de Colón, quien a través del descubrimiento de América incorporó a toda una raza a la única forma de fraternidad posible, que es la que se reconoce en una paternidad común. Por supuesto, esa empresa admirable adolecería –por humana– de errores, desvíos y brutalidades que otros españoles denunciaron y trataron de corregir. Pero en el furor iconoclasta contra Colón subyace la aversión a la civilización que los españoles llevamos a América. 
 
Que es la civilización que se instauró en el Gólgota. Paradójicamente, en su íntima esencia, este nuevo furor iconoclasta que descarga su ira contra las estatuas esconde el odio a la Cruz que abraza a todas las razas. Es, como diría Solzhenitsyn, una expresión evidente del «arrebato de automutilación» propio de una civilización moribunda, causado por «los fallos de la conciencia humana, privada de su dimensión divina». Aunque hoy se exprese derribando estatuas y se disfrace con coartadas humanistas, este ‘arrebato de automutilación’ acabará mostrando su verdadera faz y derribando cruces. Que es la expresión nihilista propia de este fin de civilización. 

 
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