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Mi dolor, mi esperanza

Mi dolor, mi esperanza
Actualizado 11 septiembre 2020  
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P. Luis Escobar   

     
“- Simón, tengo algo que decirte.
- Dímelo, Maestro – contestó el fariseo.
Jesús siguió:
-Dos hombres debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta: pero como no le podían pagar, el prestamista perdono la deuda a los dos. Ahora dime: ¿Cuál de ellos le amará más?
Simón le contestó:
Me parece que aquel a quien mas perdonó.
Jesús le dijo:Tienes razón …” 
(Evangelio de Lucas 7,40-43)
 
Durante los largos años de ministerio que trabajé en la cárcel, me encontré con muchos simones, inmisericordes, duros, legalistas, jueces implacables que veían en los presos solo un delincuente y no podían ver detrás de su sombra a un ser humano destruido; tal como lo hicieron los fariseos con la mujer pecadora que unge a Jesús, lava sus pies con sus lágrimas y los seca con sus cabellos.  Digo esto, porque si conociéramos el amor de Dios nuestro corazón estaría en sintonía con el suyo. Muchos dirán: pero ellos sabían que era malo y san Pablo les respondería: “el conocimiento engríe, mientras que el amor edifica” (1ª cor. 8, 1b-7).
 
Quizá el más amargo pecado de muchos cristianos es que se nos ha olvidado amar. Ya no tenemos compasión ni misericordia, pero sí somos rápidos para arrojar piedras contra el que se ha caído. La rabia, la ira, el dolor que provoca una situación nos impulsa a actuar con ceguera y mayor crueldad a veces que el mismo criminal. Buscamos justicia, decimos, pero en realidad estamos más cerca de la venganza; olvidando que ella nunca saciará nuestra alma porque es hija del demonio y ajena a Dios.
 
La venganza como sinónimo de justicia nos hace retroceder en la historia hasta un punto primitivo e irracional: “Ojo por ojo”.
 
Algunos, al leer esta columna se preguntarán dónde quedan las víctimas. Pues bien, ayudar a reparar será posible si trabajamos por una sociedad de verdad justa, centrada en el amor y no en una legalidad reactiva que solo nos lleva a la despersonalización y discriminación. 
 
Recuerdo hoy a tantas familias: madres, padres, esposas, hijos con los que tuve que compartir el dolor de tener a su pariente preso. La angustia e incertidumbre que en muchos casos los llevaba a tomar una actitud de negación frente a los hechos, pues su dolor llegaba a lo más profundo del alma. Pero ahí estaban vigilantes, esperando algunas noticias de su familiar… Incluso cuando las noticias no eran gratas, seguían acudiendo. Recuerdo una abuelita de 94 años, cuyo hijo murió en la cárcel sin clemencia ni misericordia. Hubo fariseos que tuvieron sus manos empuñadas y siempre escondiendo la piedra, que hicieron oídos sordos al clamor de esa madre.
 
Como sacerdote hoy revivo esas experiencias y experimento lo mismo que todas esas personas al enterarme que un hermano sacerdote ha sido encarcelado, acusado de abuso de menores. No faltarán quienes estén festinando, alegrándose y deseando incluso las penas del infierno. Otros compartirán el dolor de la víctima (y de su familia) que depositó confianza en ese sacerdote. Una comunidad de seres humanos heridos y hechos pedazos por el pecado.
 
Nos falta amar.  Los consagrados para vivir en comunidad debemos lavar nuestras heridas, sacarnos la toalla del conocimiento que nos hace engreídos para ponernos de rodilla al servicio del Señor reconociéndolo en cada ser humano que llegue a nuestra existencia o se cruce en nuestra historia (Jn 13. 1- 15).
 
La soberbia nos hace débiles, frágiles y necios. El demonio, nos dice san Pedro, “anda como león rugiente, buscando a quien devorar, resistirles firmes en la fe” (1ª Pedro,5. 8-9) y esto último es lo que hemos descuidado: la fe.
 
Hemos caído en el pecado del gnosticismo: creemos poderlo todo con el conocimiento y osamos querer conocer -desordenadamente- lo que sólo puede conocer Dios. Ello nos puede llevar al “pecado mortal que destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior” (CIC 1856).
 
La grave falta de fraternidad entre nosotros los consagrados nos lleva a ser candil de la calle y oscuridad de la casa, debilitando mucho más nuestra vida espiritual.
 
No puedo dejar de sentir dolor por nuestros pecados, por los pecados de nosotros como iglesia, de la sociedad, de la política, la economía y la cultura; los de la familia humana.  Dolor porque, poniéndonos a la vera del camino, empuñamos y lanzamos piedras para juzgar y condenar, en lugar de asumir la responsabilidad que todos tenemos y así mejorar el mundo que compartimos “donde Dios hace salir el sol sobre buenos y malos “(Mt. 5,45).
 
Dios nos tenga misericordia, nos muestre su rostro y nos conceda su paz.

 
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