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La buena literatura italiana

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Actualizado 26 septiembre 2020  
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Antonio R. Rubio Plo   


“Nada hay más metafísico que la verdad. Y la verdad es sencilla”. Esta cita pertenece a Cinco clásicos italianos (ed. Rialp), el último libro del sacerdote e historiador Mariano Fazio, y me parece muy apropiada para descubrir el valor de la buena literatura. Es una literatura que encierra mucho de verdad. Podría calificarse de “metafísica”, pues va más allá de sus componentes históricos o sociológicos y puede hacer mucho bien por su sencillez y su posibilidad de llegar al corazón del ser humano para mostrarle que ese corazón encierra algo muy grande: la capacidad de amar. Esto es lo único que ha de preocuparnos, no un brillante currículo, ni nuestras proezas laborales o de ocio que pretenden convertirnos en autosuficientes y dignos de una admiración infantilizada, ni menos aún nuestra erudición. Al atardecer de la vida, te examinarán del amor, dice un clásico castellano, san Juan de la Cruz. Incluso los no creyentes pueden comprobar que los hombres también examinan a los otros hombres del amor que han puesto en las personas y en las cosas.
 
Mariano Fazio introduce al lector en la buena literatura italiana, la que ha marcado sus lecturas desde la infancia y ha redescubierto en su madurez. Bastan cinco autores y algunos de sus libros para llegar a la conclusión de que la buena literatura es la que aspira a que seamos mejores, aunque la mentalidad imperante en muchos escritores de los últimos dos siglos ha sido que el único criterio de verdad es la experiencia, aunque pocas cosas hay menos objetivas que ella.
 
En primer lugar, el autor nos presenta La Divina Comedia de Dante. Es un libro para el camino de la vida, que nos presenta al poeta florentino en la mitad de ella, y sirve a Fazio para llegar a una acertada conclusión: tenemos que aceptar las propias limitaciones y no podemos resolver por nosotros mismos los problemas existenciales. El propio Dante tendrá que pedir ayuda, la del poeta Virgilio, expresión de la recta razón y de las virtudes humanas que allanan el recorrido de la gracia, y la de su amada Beatriz, que le conduce a la luz del Paraíso. Una notable reflexión de esta obra es que el hombre lo hace todo por amor. Amor es equivalente a deseo, pero la consecuencia negativa es que, si ese amor va dirigido exclusivamente hacia uno mismo y hacia las cosas materiales, el ser humano termina por fracasar porque no ha tenido ojos para el amor a Dios y a los demás.
 
La segunda gran obra de la literatura italiana, presentada en este libro, es Los novios de Alessandro Manzoni, una de las novelas preferidas del papa Francisco. Narra la historia de Renzo y Lucía, dos jóvenes que encuentran toda clase de obstáculos para su matrimonio, en la Lombardía del siglo XVII. Un noble, don Rodrigo, decidido a conseguir a Lucía a toda costa, no reparará en medios para hacerla suya. Pero saldrá vencedora no solo por su sencillez y afectividad natural, sino porque confía plenamente en la Providencia divina. Manzoni no oculta, en cambio, los defectos de su enamorado, Renzo, aunque la generosidad y la capacidad de conmoverse ante las desgracias ajenas, ayudarán al joven a madurar. El máximo acto de maduración de Renzo será el del perdón, que otorgará a don Rodrigo, cuando este agoniza víctima de la peste que asoló Milán en aquella época. Esta pareja de novios es la protagonista en una sucesión de personajes que tienen mucho que enseñarnos. Incluso el mal puede servir para que otros, como el religioso fray Cristóbal, practique hasta el heroísmo la caridad cristiana. Los personajes de Manzoni presentan los rasgos más diversos, pues no dejan de ser profundamente humanos. Los hay santos como el cardenal Federico Borromeo, tibios como el párroco don Abundio o malvados, con un resquicio hacia el arrepentimiento, como el caballero Sin Nombre. El bien triunfa en Los novios porque es un bien que actúa, no una resignación temerosa. Hay un mensaje claro: el de superar nuestros propios límites sin dejar de confiar en la Providencia.
 
La tercera obra presentada en el libro es Pinocho de Carlo Collodi, un famoso relato para niños. Tal y como decía el pensador liberal Benedetto Croce, Pinocho está hecho con la madera de la humanidad. Su autor profesaba la ideología liberal y anticlerical, propia de la época de la unificación italiana en el siglo XIX, si bien el sustrato de su obra no deja de ser cristiano. Tal y como decía Croce en un artículo de 1942, en un contexto de inquietud por los horrores del nazismo, “no podemos no ser cristianos”. Pese a sus propósitos, Pinocho no es un dechado de virtudes. Entiende la libertad exclusivamente como libertad de elección, y es continuamente engañado por personajes como el Gato y el Zorro. Comete el error de dialogar con la tentación, pero el amor de su padre, Gepetto, y el del Hada lo redimirán. Dos cardenales italianos, Albino Luciani, el futuro Juan Pablo I, y Giacomo Biffi supieron, con distintos matices, buscar una dimensión teológica en esta obra, y el último de ellos dejó escrita esta paradoja: “El hombre que solo quiere ser hombre, se hace menos hombre”.
 
Quizás la cuarta obra estudiada, Corazón, de Edmondod’Amicis, es la que peor ha resistido el paso del tiempo. Muchos la consideran cursi y almibarada, además de impregnada de excesiva retórica nacionalista. Recuerdo que hace años un periodista católico italiano buscaba en ella la huella de la masonería. Sin embargo, Mariano Fazio encuentra en esta obra valores humanos que remiten de inmediato a los valores cristianos: la caridad, la preocupación por los pobres, el perdón… Esa coincidencia de valores puede llevar a creyentes y a no creyentes a hacer cosas juntos, en vez de enfrascarse en estériles debates.

El último capítulo del libro de Fazio se refiere a la serie de novelas de Don Camilo de Giovanni Guareschi, un sacerdote de un pueblecito del norte de Italia enfrentado al alcalde comunista Pepón. Este cura, que el cine popularizó, fue recordado en un discurso del papa Francisco en Florencia. El pontífice alabó su método: la cercanía a la gente y la oración. No obstante, don Camilo es un hombre demasiado temperamental y el Cristo crucificado de su iglesia, ante el que suele orar, tendrá que recordarle cuál es la actitud de un cristiano. En ella está toda la filosofía de Guareschi, que le causó incomprensiones de los dos lados: el respeto por los que piensan diferente de nosotros; la superación de las diferencias por el amor; la comprensión de las circunstancias de los amigos, el rechazo de la absolutización de la política, de las humillaciones, de la alegría ante el mal ajeno…
 
Un libro, el de Mariano Fazio, recomendable en todos los aspectos. No solo es una invitación a la lectura. Lo es también a ser mejores personas y al diálogo con Dios y con los demás. Pero el diálogo no consiste en entrecruzar opiniones enfrentadas. El auténtico diálogo es una invitación a la amistad.

 
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