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¿Qué dice Dios sobre el suicidio?

Actualizado 9 mayo 2014  
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P. Fernando Teseyra sspp   


Dios es el amigo de la vida y Jesucristo el Señor de la vida. Esta óptica de fe es la que me lleva a aportar una mirada espiritual sobre la problemática del suicidio, especialmente en los adolescentes. Sobre este tema, o mejor, a esta triste realidad, no deben anteponerse dogmas ni supersticiones pseudo-cristianas. Al abordar el hecho del suicidio se requiere de una fe adulta para plantearlo en los grupos u opinar sobre el mismo; por eso, aunque las estadísticas impacten y la psicología ayuda, daré un aporte más desde la espiritualidad cristiana. Con espiritualidad digo la “vida en el Espíritu”, vivir según el Espíritu de Jesús resucitado.
 
La proclamación de fe sobre el Dios de la vida y el valor inalienable de la dignidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte, nos hace tener una mirada de esperanza para poder acompañar a quienes no llegaron a consumar el suicidio, a las personas o familias que han perdido un ser querido que ha llegado a esta “determinación”. Fe en primer lugar, pues es la adhesión a la persona de Cristo que ha vencido a la muerte, que cuando es verdadera y se experimenta profundamente da sentido a la propia vida y a la vida de los demás. Esperanza, porque es la virtud que nos permite crecer, porque si tengo esperanza miraré más allá de mis propias realidades pequeñas para atreverme a dar un paso más en la conquista de mi realización integral.
 
Fe y esperanza deberían ser como el hálito de la cultura donde pasamos nuestros días. Sin fe, ni siquiera en uno mismo, la desilusión se reproduce por todos lados y el pesimismo es el pan cotidiano.
 
Sin esperanza, las expectativas quedan acaparadas por el aquí y ahora, lo inmediato y lo por consumir, donde las metas personales son tan a corto plazo que no se sabe qué hacer cuando se las alcanza. Lamentablemente este es el humus donde están creciendo muchos adolescentes hoy, un medioambiente sin fe y sin esperanza. Es la atmósfera que envuelve a los suicidas.
 
Muchos se preguntarán qué dice la Biblia sobre el suicidio. En todo el libro se mencionan sólo siete personas que cometieron suicidio: Abimelec (Jueces 9, 50-57); Sansón (Jueces 16, 28-31); Saúl (1 Samuel 31, 1-6); el escudero de Saúl (1 Samuel 31, 1-6); Ahitofel (2 Samuel 15, 12-34; 16, 15-23; 17, 1-23); Zimri (1 Reyes 16, 8-20) y Judas Iscariote (Mateo 27, 1-8). El resto de la Biblia es una larga confesión del Dios de la vida, con Jesucristo vivo en medio del universo.
Lo que siempre reprueba la Biblia es el asesinato y que un hermano perjudique la vida del propio hermano con la injusticia, el maltrato, la esclavitud, la marginación, la humillación. Esa inhumanidad es reprobada por el Dios de la vida. ¿No será que los suicidas viven en un medio inhumano?
 
El primer pensamiento errado que encontramos en muchas personas es: un suicida, al tomar el poder de Dios en sus propias manos, comete un pecado que lo lleva al infierno. Pero no encontramos ni un pasaje bíblico que afirme claramente esta conclusión. El silencio de la Biblia es justamente para que los vivos no le usurpemos el poder de juzgar a Dios el hecho del suicido, enviando nosotros a las personas a la salvación o a la condenación.
 
Al contrario, un pensamiento movido por el amor considera que el suicidio es un acto propio de una persona, que movida por la desesperación es un dato que sólo Dios conoce. Sé que los suicidas no tienen dominio sobre su propia voluntad, la depresión los lleva a anular la conciencia plena de sí y el razonamiento lúcido, por lo cual el suicidio no es un acto libre ya que desean acabar con el sufrimiento que padecen. Y sólo Dios sabe qué hacer con un hijo o una hija que ha atentado contra su propia vida. En ese terreno no nos podemos entrometer.
 
Si dejamos que el amor envuelva nuestro pensamiento, creemos que Dios escucha las oraciones de su pueblo y responde a nuestras súplicas. Por lo mismo, sabiamente el “Catecismo de la Iglesia” nos llama a orar por estas personas (cf. Nº 2283). Este es el acto más sublime ante esta situación. Y orar no sólo es pedir, sino confiar en su misericordia. Es esperar con humildad que Dios deje actuar al infinito amor que habita en él. Y entrar en oración da serenidad.
 
Para acompañar especialmente el duelo de los familiares de las personas que se han suicidado, hay que revestirse de sentimientos de amor. A esos muchos dolores -por la pérdida repentina, la rabia contra Dios, el auto inculparse- a veces se les suman dolores que vienen indirectamente de quienes deben poner el hombro para el llanto. Los piadosos se preguntan: «¿Se puede celebrar la misa por un suicida?, ¿Se les da sepultura cristiana?» Y en vez de liberar de la tristeza a los que lloran, atan pesadas cargas sobre sus hombros. Y muchos pastores, católicos y protestantes, se encargan de atormentar aún más a los deudos cerrando las puertas de los templos negándoles los oficios litúrgicos. Lo sabio en estos momentos es no juzgar el acto suicida y ser de verdad hermanos en el dolor.
 
La Iglesia sólo da enseñanzas para aprender a amar la propia vida (cf. Cat. Igl. Cat. Nº 2280); enseña que el suicidio es contrario al amor (cf. Cat. Igl. Cat. Nº 2281); es escandaloso si se hace como ejemplo para los jóvenes y va en contra de la ley moral si es asistido y hay disminución de la responsabilidad si se da por trastornos psíquicos graves, angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura (Cat. Igl. Cat. Nº 2282). Todas estas enseñanzas son para nosotros que tenemos conciencia del valor de la vida y para que actuemos en consecuencia. No podemos aplicar estas enseñanzas a quienes ya han pasado por el fuego del suicidio, o lo intentaron, porque quizás nunca se educaron en esta fe.
 
El suicidio es un flagelo que avanza y carcome la sociedad. Por eso hay que hacer una propuesta a la integralidad de la vida, donde se promueva en diferentes ámbitos el valor de la vida, incorporando a lo social, lo político, lo educacional el sentido espiritual de la persona humana, cuya vida depende de Dios, como forma válida de prevención del suicidio. Asimismo, hay que trabajar interdisciplinarmente en la atención a los familiares del suicida, donde la espiritualidad juega un papel importante.
 
 
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