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Crónicas de un obsoleto ¿Bailes "chinos" o católicos?

Actualizado 12 diciembre 2014  
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Mauro Matthei   


En esta cuarta crónica, amigos lectores, habrá dos novedades: la primera ya la habrán notado Uds. y es que nos pasamos del singular al plural, dejamos la confidencia privada y nos volcamos al coloquio más abierto. La segunda novedad es que me veo obligado a corregir un error: yo creía que era no sólo un obsoleto, sino que poco menos, el rey de los obsoletos. Craso error: la “Asociación católica del baile religioso” a la cual voy a referirme, lo es mucho más, porque parte de la base de que se pueda santificar el día del Señor bailando, lo cual hace muchísimo tiempo, yo diría siglos, que ya nadie cree. Seré más explícito. En la década del setenta del pasado siglo unos universitarios amigos me invitaron a presenciar una jornada de bailes “chinos” en Los Laureles, comuna de Limache, provincia de Valparaíso. Ellos lo hacían en razón de unas tesis sobre costumbres folklóricas que tenían que entregar en su universidad. Ahora bien, no hay nada más inapropiado que el adjetivo “chinos” para definir este tipo de bailes, que son simplemente católicos, porque a ningún evangélico se le ocurriría asociar bailes a actividad religiosa alguna, todo lo contrario. Pero gente más entendida me ha explicado que el adjetivo “chino” no habría que relacionarlo con la gran república asiática. Se trataría, en efecto, de una expresión de una de nuestras  lenguas pre-hispánicas, que apuntaría hacia algo santo o relacionado con lo divino.

Partimos, pues, al lugar de Los Laureles, con dichos jóvenes un domingo en la mañana. Mi primera sorpresa fue que los danzantes sacros, congregados en la explanada, provenían de los mismos clubes de futbol de Llíu-Llíu y alrededores. Ellos, por esta vez habían suspendido los partidos de futbol habituales de los domingos, para dedicarse en exclusiva a bailar en honor de Dios y de la Virgen María. Cosa ya de por sí asombrosa. Una especie de consejo de ancianos, quienes se habían adelantado para saludarnos respetuosamente, nos explicaron que en la mañana se bailaría “La edificación del templo de Jerusalén por el rey Salomón” y en la tarde el “Viacrucis de Nuestro Señor Jesucristo”. El mismo comité nos presentó a un hombrecito esmirriado que ostentaba el título de “Alférez” y llevaba en sus manos una bandera patria enrollada. De él dependía el orden y la disciplina de los bailarines, en buena parte conocidos míos, que me saludaban alegres con señas de las manos. Estaban vestidos con pantalones cortos que dejaban descubiertas sus piernas de futbolistas, blusas de fantasía multicolor y en la cabeza cada uno lucía una corona ornamentada de espejos. El alférez se colocó al medio, entre dos filas de bailarines con sus flautas en las manos. Dos muchachitos de unos diez años que llevaban los panderos, encabezaban el cortejo. La liturgia consistía en un enérgico invitatorio de los dos panderos, mientras los muchachitos alzaban los brazos y daban un salto girando el cuerpo. Seguía un breve texto bíblico, recitado con voz plañidera por el alférez y desenrollando una vuelta de la bandera. Los bailarines repetían el final del texto en forma de estribillo, hacían una reverencia profunda y mientras daban tres pasos hacia adelante y luego uno para atrás, hacían resonar las flautas con ritmo monótono. Muy al fondo de la explanada habían levantado una gran imagen de la Virgen María, puesta en un pedestal  al pie de una alta Cruz de Cristo. En el trayecto hacia ella, el alférez  con su bandera, los niños con sus panderos y los bailarines con sus pasos y flautas debían desarrollar su tema de la construcción del templo. “El rey Salomón le escribió a Hiram, rey de Tiro: Me propongo construir un templo a nombre del Señor mi Dios. Así, pues da orden de que corten para mí cedros del Líbano”. Proclamó de memoria el alférez esta frase y los  muchachones le hicieron eco con el estribillo “cedros del Líbano” y un estallido de flautas y tambores. Después de los tres pasos hacia adelante y uno hacia atrás, el alférez, dando una vuelta a la bandera recitó: “Cuando Hiram oyó las palabras de Salomón se alegró mucho y exclamó: Bendito sea hoy el Señor que ha concedido a David un hijo sabio al frente de ese pueblo numeroso”. “Al frente de ese pueblo numeroso” repitieron los danzantes, haciendo resonar después sus flautas. El drama seguía el texto del Primer libro de los Reyes, capítulos 5 y 6. Los participantes se manifestaban muy serios y concentrados durante todo el trayecto. Los universitarios, que al principio habían puesto atención, poco a poco, en la medida en que avanzaba el danzante cortejo se fueron relajando y comenzaron a susurrar comentarios en voz baja. El alférez, por su cuenta, prosiguió impertérrito: “El rey Hiram envió a decir a Salomón: He escuchado lo que me has enviado a decir. Cumpliré tu deseo acerca de la madera de cedro y de ciprés”.  “Madera de cedro y de  ciprés”, le hicieron eco los danzantes. Mientras entre sacudidas de panderos, pasos en adelante y en atrás y rítmicos soplidos de flautas los intérpretes iban avanzando yo comprendí que estaba en presencia de una devoción enraizada en los siglos, fruto de la evangelización fundante, de la fe de los primeros misioneros españoles, fe en Dios y fe también en la capacidad  espiritual de los pueblos autóctonos. Tanto los concilios del mil seiscientos en México y en Lima se ocuparon de estas múltiples  manifestaciones de arte que configuraron la cultura mestiza. Durante muchos metros el alférez y sus danzantes relataron el coloquio entre ambos reyes, Hiram de Tiro y Salomón de Israel.

Los universitarios se habían apartado de ellos para encender sus cigarrillos y conversar en voz alta. Yo me asombraba cada vez más de la memoria del alférez, que en ese momento profería:   “El Señor concedió sabiduría a Salomón, como le había prometido. Entre Hiram y Salomón reinó la paz, establecida mediante tratado”. Siguió después la enumeración de las cantidades de cargadores, canteros, capataces, escultores y carpinteros que habían intervenido en la gigantesca obra. También se supieron las medidas del templo, sus distintas partes. El alférez alzó la voz: “El año cuatrocientos de la salida de los israelitas de la tierra de Egipto, el año cuarto del reinado de Salomón en Israel, en el segundo mes, Salomón comenzó a construir el templo “. Cuando el cortejo alcanzó la plaza frente a la imagen de la Virgen María el alférez había desplegado toda la bandera y la había levantado para que flameara un rato al viento. Después la inclinó en señal de saludo a la Virgen María. Durante este homenaje los muchachos bailadores permanecieron  en inclinación profunda.

 Los universitarios se habían quedado atrás y habiendo descubierto uno de ellos una manguera unida a un grifo de agua, abrió la llave y comenzó a lanzar el agua sobre sus compañeros y compañeras. Resonó una algazara de voces agudas y el grupo se dispersó un rato.

Nuevas señales de panderos habían dado al cortejo detenido ante la Virgen la señal de retroceder danzando hasta el punto de partida. El alférez comenzó a enrollar de nuevo la bandera, una vuelta en cada estrofa, y alzó su voz plañidera refiriendo las palabras que el Señor había dirigido a Salomón. Durante el trayecto de retorno describió el interior del templo, el santo de los santos, los querubines sobre el arca.

Un grupo de universitarios se había subido a uno de los camiones de los peregrinos y trataban de impedir que otro grupo  se subiera al carruaje. Era sólo un juego, pero en esta pugna jocosa armaron un fuerte griterío.

El cortejo sacro había alcanzado el punto de partida del baile y el alférez proclamó: “El año cuarto se echaron los cimientos del templo del Señor y el año once fue concluido el templo en su totalidad, Salomón lo construyó en siete años”.

La asamblea se disolvió para la pausa del mediodía y todos se sentaron en el suelo para dedicarse a las provisiones de comida y bebida que se habían acarreado. En la tarde iba a seguir el baile del Viacrucis. Los universitarios me instaron a retirarnos, ya que habían recogido el material suficiente para sus tesis académicas. Felicitamos al alférez y a cada uno de los intérpretes y nos fuimos a los vehículos.

Habrá más noticias sobre la piedad popular.


 
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Nació en 1929 y lleva 63 años buscando conocer y fundirse en el misterio de Dios. Su currículum es extenso, como el rico patrimonio que sus escritos e investigaciones sobre historia, han legado a la cultura y a la iglesia. Es Mauro Matthei, el primer monje benedictino de origen chileno, quien a sus 85 años comparte en Portaluz su pasión por seguir a Cristo según la regla de san Benito; como sus sabias reflexiones.
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