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Crónicas de un obsoleto. "Los pecados del 8 de diciembre"

Actualizado 26 diciembre 2014  
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Mauro Matthei   


Ahora que algunos de nuestros honorables diputados han propuesto la eliminación del día feriado del 8 de diciembre, por el señuelo que sea, el obsoleto siente deseos de contarles, estimados lectores, algo de lo que le sucedió en Lo Vásquez, santuario chileno hacia el que peregrina nuestro pueblo en el día de la Inmaculada Concepción de María, el 8 de diciembre. Esto fue en la década del ochenta del siglo pasado, en que el obsoleto servía a Dios y a los hombres en el ya nombrado monasterio de San Benito de Llíu-Llíu, comuna de Limache.

El rector del seminario diocesano de Lo Vásquez, que por disposición del recordado Sr. Obispo Emilio Tagle se encontraba junto a  ese Santuario, le había encargado al obsoleto las clases de historia de la Iglesia en América, principalmente en Chile. Por ello, sin querer queriendo, como decía el Chavo del ocho, me encontraba también en las inolvidables jornadas de confesiones del 8 de diciembre, junto con otros numerosos sacerdotes. Como esta experiencia se repetía año tras año, pude constatar que si en los primeros tiempos se trataba de 200.000 peregrinos, en la actualidad se bordea el millón de personas. En el seminario  estaban perfectamente organizados para atender a tanta gente. De los casi setenta seminaristas de esa época, la parte de los estudiantes de filosofía, revestidos de sus albas blancas, se turnaban en la capilla interna para hacer turnos de adoración ante el Sacramento de Cristo expuesto, porque el P. Antonio Pérez Mosso, su director espiritual, les había enseñado e insistido que Cristo era el manantial de todas las gracias y que nada se debía comenzar o hacer sin él. A su vez, los mayores, es decir los estudiantes de teología, también revestidos de alba blanca, ayudaban en el terreno externo, guiando a los peregrinos hacia las  misas que se celebraban cada hora y hacia los confesionarios, en que estábamos nosotros  los sacerdotes. Los seminaristas también repartían folletitos con los 10 mandamientos de la ley de Dios y otras indicaciones útiles para el caso. Sabíamos bien que sólo una parte de los peregrinos acudían a la confesión. Otra gran porción sólo venía a pagar sus “mandas”. Eran los que habían hecho un ruego a Dios, habían sido escuchados y, por lo tanto, venían a cumplir por su lado, echando dinero a las alcancías. Los que venían con deseos más grandes, añadían una buena confesión y una asistencia a misa con comunión eucarística. Los confesantes constituían, pues, una élite y el diálogo con ellos era como el consuelo y la recompensa de tantas horas de labor pastoral en el confesionario.

 Durante las horas de la noche del 7 al 8 de diciembre prevalecían los jóvenes, porque eran los que tenían el ánimo de caminar de noche. Amaneciendo, aparecían  generalmente los hombres, casados o solteros, que mezclados con algunas mujeres, nos ocupaban toda la mañana. Su tema principal eran las penurias de la “pega”, del trabajo, en el fondo, la maldición de Adán. En cambio, en la tarde después de almuerzo, el campo lo ocupaban las dueñas de casa. Estas habían cumplido con sus deberes del hogar, levantando a sus niños, dando de comer después a sus maridos y yendo finalmente a los menesteres divinos. En su mayor parte se trataba de las mujeres heroicas, que llevaban entre suspiros, llantos y rezos el peso de sus hombres, las rebeliones de los hijos, el dolor de las enfermedades. En la procesión final con la imagen de la Virgen, todas estas capas sociales se mezclaban, pero con menor número de jóvenes. No pocas veces iban con ellos jóvenes mormones que fotografiaban a la Madre de Jesús en sus andas, seguramente para mandar a Estados Unidos testimonios concretos de las idolatrías católicas o quizás para captar prosélitos.
 
 A veces la rutina de trabajo se iluminaba con sucesos especiales. Una vez, saliendo del confesionario para tomar aire y sacudir los pies, me esperaba una parejita joven con una niñita en brazos de la mujer. El joven varón me dijo: “Padre, al principio de nuestro casamiento no podíamos tener guagua. El año pasado vinimos por primera vez a Lo Vásquez y le rogamos a la Virgen para que pudiéramos tener hijos. Ella nos escuchó y ahora venimos para darle las gracias por esta niñita y le pedimos a Ud. que le eche una bendición”. Con emoción hice la señal de la cruz en la frente de la pequeña, y les recomendé que no dejaran de bautizarla. Otra vez fue menos grato el momento en que un hombre grande y gordo, que me explicó que el día anterior había salido de la cárcel.  Cuando empecé a exhortarlo con palabras piadosas me interrumpió con impaciencia y me dijo “Dejémonos de tonterías (usó una palabra grosera que aquí sustituyo) y dame una ayuda concreta. ¿No te da vergüenza de estar calentando el asiento, sin hacer nada?” Gracias a Dios salí indemne de ese trance, porque el hombre se levantó enojado y se abstuvo al menos de golpearme.
 
 La muchedumbre venía de todas partes, de ciudades, pueblos y puertos, de los cerros, rincones y valles y  uno se daba cuenta de que Dios  estaba presente y activo en todos los lugares. En medio de la fatiga de estar muchas horas sentado, recibiendo las confesiones,  el consuelo era el sentir el quieto rumor del trabajo de la salvación en tantas familias. Sólo Dios sabe sacar cosas buenas de las malas, el diablo y nosotros lo hacemos al revés, echamos a perder muchas veces las cosas buenas. Por eso el centro de la acción de Dios es el perdón de los pecados. Todos los males del mundo brotan del pecado y al perdonar o pedir perdón el peso del mal se evapora. Al volver a mi cuarto para recostarme un rato no me acordaba de los pecados que había escuchado, pero sí de todas las vidas que estaban detrás de ellos y pensaba: “¡Qué santo es Chile!”   Los medios de comunicación y ante todo la televisión, suelen proyectar la imagen de un país, miserable, lleno de crímenes y de accidentes. En cambio, después de haber escuchado el 8 de diciembre las confesiones de miles de personas, no dudaba de que Chile en lo más hondo era magnífico.  
 
Ningún avión tiene que desviar su curso por volar por encima del santuario de Lo Vásquez el 8 de diciembre. Obsoletus dixit.

 
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Nació en 1929 y lleva 63 años buscando conocer y fundirse en el misterio de Dios. Su currículum es extenso, como el rico patrimonio que sus escritos e investigaciones sobre historia, han legado a la cultura y a la iglesia. Es Mauro Matthei, el primer monje benedictino de origen chileno, quien a sus 85 años comparte en Portaluz su pasión por seguir a Cristo según la regla de san Benito; como sus sabias reflexiones.
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