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La obsesión por ser un hombre rico
"La ambición me llevó porque nos hablaban de que íbamos a ser millonarios rápidamente y que íbamos a tener tiempo para nuestra familia…"
Actualizado 18 enero 2019 - 0:0  
Portaluz. Ana Beatriz Becerra   


Entre las 100 mayores fortunas del mundo del año 2018 y lo que va del 2019 se encuentran los colombianos Luis Carlos Sarmiento, Jaime Gilinski Bacal y Carlos Ardila Lülle (cit, Forbes). Tras ellos existe una heterogénea élite empresarial de familias que conforman históricos grupos económicos y luego miles de otros emprendedores quienes también dinamizan la economía de Colombia.
 
Mauricio Pérez Gaviria desde muy temprana edad comenzó a desear ser un día parte de aquella élite de hombres poderosos y exitosos. Su motivación era tener dinero. Estaba tan obsesionado con ser millonario -apegado también, dice, al hedonismo- que comenzó a desbordarlo la soberbia.  “Lo tenía todo, pero no había paz, yo era neurasténico, tenía unos cambios de humor con la familia muy fuertes …y también gritaba”, cuenta a Portaluz este emprendedor colombiano.
 
Idolatría del dinero
 
Mauricio creció sin dificultades económicas ni para educarse. Recuerda, sí, que su hogar vivía tensionado por los conflictos entre sus padres; hasta que sobrevino la separación con sus consecuencias emocionales para todos. La madre de Mauricio intentaba mantener la estabilidad formándolos, comenta, en “el amor a Dios, a la Virgen, rezábamos el rosario todos los días en la casa, leíamos la Biblia e íbamos a misa todos los domingos”.  Pero en su ser íntimo reconoce que él “era muy materialista, pues a pesar de que teníamos todo… la finca, la empresa, el colegio… mi vida era el carro y el dinero”.
 
Acorde a sus motivaciones decidió estudiar Ingeniería Industrial y Administración de Empresas. En esos años también conoció a una chica con quien formalizó noviazgo. Tras graduarse se casaron sacramentalmente en la Iglesia, aunque “sin saber la finalidad”, señala Mauricio haciendo referencia a la débil vida de fe que ambos mantenían.
 
Aprender y emprender desde el fracaso
 

La vida prosiguió según los cánones sociales les indicaban. Tuvieron hijos, ella centrada en la crianza, él en proveer y poniendo todo su empeño en conquistar sus sueños de éxito. “De verdad que económicamente nos iba bien, pero yo era muy desorganizado en la parte financiera… Llegó un momento en que me cansé de la empresa farmacéutica y empecé a explorar otros mercados como los multiniveles. La ambición me llevó porque nos hablaban de que íbamos a ser millonarios rápidamente y que íbamos a tener tiempo para nuestra familia, pero eso es una mentira…”
 
Mauricio invirtió todo lo que tenía y fracasó al perder una inversión de 160 mil dólares.  “Perdí dinero, hice perder dinero a través de la red… lastimé a mucha gente”, lamenta. Por añadidura -debido a las carencias espirituales históricas de Mauricio y de su esposa- la crisis invadió los vínculos familiares dejando en evidencia las fragilidades individuales. Pero su historia no es extraña, pues si en promedio un 75% del total de emprendimientos de un año fracasan, no son menores las caídas en lo individual, allí donde está involucrada la fe, la moral, el desarrollo espiritual.
 
¡Busquen a Dios!
 
Mauricio, desolado, desde la humildad comenzó a reconocer su realidad  y se abandonó -como el hijo pródigo- en Dios: “Le pedía a Dios que como no tenía paz interna que me quitara todo pero que me diera paz y creo que lo cumplió porque hoy no tengo dinero pero tengo paz” confidencia, señalando sincero que “ahora vivimos de la Divina Providencia, es increíble cómo me levanto y digo a Dios todos los días, como en el Padre Nuestro, dame el pan de cada día” señala. 
 
Agradece a Dios la esposa que le acompaña en esta vida pues ella, comenta, “me dio una lección… Cuando terminé de despilfarrar el dinero le dije, tú tienes libertad de irte.  Ella me dijo: es que yo hice la promesa a Dios, no a ti, de que iba a estar contigo en las buenas y en las malas”. Se emociona Mauricio al recordar esas palabras de su esposa y al describir los tesoros que tras estas experiencias han adquirido juntos:
 
“Rezamos el rosario en familia, hacemos lectura de la Biblia, no todos los días sí frecuentemente, tratamos de hacer obras de misericordia, vamos a la Eucaristía, intentamos que sea a diario… La verdad es que necesitamos de Dios…porque detrás de un fracaso hay una lección de vida. ¡Busquen a Dios, apóyense en buenos sacerdotes y laicos católicos espiritualmente comprometidos!”