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"Estar con ellas es como pasar un rato en el cielo"
La vida consagrada totalmente al Señor sigue teniendo atractivo entre los jóvenes, pese a que las cifras de vocaciones puedan indicar lo contrario.
Actualizado 1 febrero 2019 - 0:0  
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Surgió de improviso un fin de semana. Un mensaje enviado a varios grupos de Whatsapp circuló con rapidez por Madrid: «Nos han contado que hay unas monjas de clausura que están por el barrio de Salamanca. Es una orden que está envejeciendo, pero son personas que han dado la vida entera en lo escondido y han sido fieles rezando por todos y cada uno de nosotros. Queremos organizar una adoración el domingo por la tarde. Tenemos que mostrarles que su vida es preciosa. Sería un regalo para ellas enseñarles que sus oraciones tienen fruto y que hay mucha gente joven que reza. Es un voluntariado alucinante ir a ver a aquellas que nadie visita. Tenemos que conseguir que vayamos mucha gente para darles las ¡gracias!».
 
Ese domingo, hace apenas tres semanas, sor Elvira, una dominica del convento de la calle Claudio Coello fue como cada tarde a abrir las puertas de la iglesia y se encontró algo inaudito: cerca de 200 personas esperando para entrar a rezar, la mayoría jóvenes, y también matrimonios y niños. «Fue increíble, nunca había visto nada igual. La iglesia se puso de bote en bote, fue algo precioso. “Pero si casi no hemos podido entrar”, nos decía la gente que viene a Misa habitualmente. Eran muchísimos jóvenes, y verlos aquí fue muy bonito, nos hizo mucho bien».
 
«Son el pulmón de la Iglesia»
 
Álvaro Vázquez es uno de los jóvenes de la asociación Hakuna que organizó aquel encuentro: «Nosotros tenemos dos pilares: la adoración al Santísimo y la caridad, y gracias a esto último hemos conocido a muchas monjas que dedican su vida a los más pobres y a los enfermos. Precisamente, la visita a las dominicas nos la sugirió una de las misioneras de la Caridad con las que trabajamos, y enseguida lo organizamos para que vieran a jóvenes que quieren dar a conocer a Cristo, acompañarlas y decirles que somos todos Iglesia».
 
Una vez dentro, al colocar los micrófonos para las canciones, «una de las hermanas no paraba de repetir: “¡Qué barbaridad!”. Estaban emocionadas, muy conmovidas y contentas», recuerda Álvaro, que explica que tienen una relación muy estrecha de los jóvenes de Hakuna con las misioneras de la Caridad, con las que trabajan como voluntarios, o las religiosas de Iesu Communio, que acogen habitualmente los retiros de la asociación. «Yo estoy alucinado de lo que descubro cuando trato con ellas –reconoce–. Se les ve una felicidad absolutamente increíble. Notamos que son el pulmón de la Iglesia y que nos están sosteniendo con su oración. Nos sentimos en deuda de agradecimiento con ellas».
 
Llevar a Dios
 

Además, «aunque a primera vista su vida pueda parecer absurda e inútil a los ojos del mundo, en términos utilitaristas y de rentabilidad, la vida que llevan es increíble y eso se nota en cuanto hablas con ellas, en cómo te sonríen y se vuelcan contigo. Se les nota que llevan a Dios dentro». Por eso, «nos gusta pasar un tiempo con ellas de vez en cuando, porque nos recuerdan qué es de verdad lo más importante de la vida. Estar con ellas es como pasar un rato en el Cielo».
 
Precisamente el atractivo que sigue teniendo la vida consagrada totalmente al Señor entre los jóvenes es la razón que ha empujado a María, una joven de Hakuna, a entrar en el convento de la Encarnación, en Ávila. En conversación con Alfa y Omega horas antes de entrar en la clausura, María reconoce que «nunca había tenido una relación con monjas antes», pero tras un tiempo alejada de la Iglesia decidió volver de un modo «tan fuerte» que sentía que «Dios me pedía entregarme en la oración y llevar una vida decididamente cristiana».
 
El desierto, en Londres
 
María se fue una temporada a Londres como au pair para pensar y rezar. «Fue mi desierto», indica, y allí «le dije “sí” a Dios, para lo que quisiera». La llamada se concretó cuando empezó a leer a los santos carmelitas, «y cada vez tenía más claro que encajaba allí. Anhelaba un tipo de vida que coincidía con el suyo. Empecé a practicar la virtud de la obediencia, el silencio, la contemplación…. No sabía por dónde empezar, pero confiaba en que Dios me pondría el convento que Él quisiera».
 
Y así, a sus 23 años, ha dejado sus estudios de Ingeniería para entrar en el Carmelo en el que ingresó la misma santa Teresa de Jesús. Horas antes de entrar, las sensaciones son cambiantes: «Muchas paz y tranquilidad, pero mucha emoción también», reconoce María, que no esconde sus ganas por empezar a conocer un tipo de vida que Dios le ha ido marcando estos años. Atrás queda su familia y sus amigas, a las que «no les ha extrañado mucho mi recorrido. Como ya me veían muy metida en el tema de Dios, lo han visto normal. Les extrañó más mi conversión. Ahora es como si hubiera encontrado mi sitio. Muchos se han alegrado, a la gente le emociona que haya quien se entregue a Dios así. Hasta mi mejor amiga de Londres, que es atea, se alegró mucho cuando se lo dije».
 
«La llamada de Dios es distinta para cada uno y cada persona la vive a su manera», confirma sor Elvira, la religiosa dominica de Claudio Coello, que señala que «nosotras no estamos encerradas entre cuatro paredes, sino que somos muy libres. Yo estoy aquí contenta desde que entré. Es que si no estuviera contenta, me moriría», ríe. Su hermana sor María Victoria recuerda que, durante la conversación con algunos de los chicos en el locutorio, «me llamó la atención lo profundos que eran. Nos contaron que iban rezando el rosario por la calle, que iban a la adoración… Uno incluso dijo que estaba planteando hacer una experiencia vocacional como cartujo. Fue una experiencia muy bonita». A las monjas les gustó comprobar «cómo los jóvenes se enganchan, lo convencidos que están de lo que creen y cómo se animan a convencer a otros. Y cómo se necesitan unos a otros para mantener su fe».