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"Me arrepiento de haber tenido tanta promiscuidad sexual". El testimonio que sincera un periodista
"Definitivamente hoy soy más feliz desde que empecé mi conversión porque la paz que da Dios es muy diferente a la del mundo".
Actualizado 12 abril 2019 - 0:0  
Portaluz. Ana Beatriz Becerra   


Cuando el periodista Carlos Acosta era un niño de 13 años, sus padres hicieron lo que Papa Francisco ha sugerido en dos ocasiones -ante determinadas circunstancias que pudieren estar viviendo los hijos- y lo llevaron a un psicólogo. “Desde pequeño -señala Carlos a Portaluz- con 6 o 7 años, sentía que era un poco diferente a los compañeros… de pronto uno es más delicado y sufrí rechazo, discriminación en el colegio sin saber por qué…”
 
Pero las sesiones con el psicólogo no traían la paz que anhelaba. Tampoco tras confesar sus “deseos sexuales sobre otros hombres”, dejaba de sentirse atormentado. En su mente Carlos sentía un peso de culpa, explica. Ante esto ni el sacerdote confesor, tampoco el psicólogo, sus padres, ni el colegio católico donde estudiaba le dieron el apoyo que hoy, a sus 48 años, cree haber necesitado durante su niñez y adolescencia… “No recibí una educación espiritual frente a mi sexualidad; cómo afrontarla, saber qué está bien y qué estaba mal. Me sentí huérfano, solo. Pero Dios me cuidaba… porque llegan momentos también de tristeza, de soledad, depresión. Afortunadamente a pesar de todas las dificultades, de pronto si tenía alguna experiencia sexual sentía esa conciencia, sabía que no estaba bien”.
 
“Gracias a Dios podemos reparar”
 
Pasaba el tiempo y como no lograba un bienestar existencial, al empezar la universidad comenzó una terapia basada en el psicoanálisis. Al comienzo admitir, mirar lo que vivía, “fue muy traumático al ser católico practicante…”, dice Carlos (imagen adjunta) quien confidencia además que durante un año se confrontó consigo mismo en esa terapia y trabajó “para ya no tener cargos de conciencia por mi identidad sexual”.
 
Tenía 23 años y animado por la terapia comenzó a vivir su sexualidad. Sin embargo, hoy tiene un categórico juicio sobre aquel período de su vida donde cree haberse dejado seducir por el demonio. “Realmente uno después se viene a dar cuenta que ahí está el demonio detrás, porque uno vive una falsa libertad, una falsa aceptación. ¿Aceptamos qué? Aceptación del pecado, aceptación a no seguir la voluntad de Dios… Me arrepiento de haber tenido tanta promiscuidad sexual… Gracias a Dios, podemos reparar por cada uno de esos pecados”. Pero habrían de transcurrir veinte años para adquirir estas certezas que acaba de mencionar y decidirse a sublimar su sexualidad, convencido de que así cumple lo que Dios espera de él.
 
La paz que da Dios
 
Fue una amiga que vivía por su mismo barrio en Medellín, quien le habló de la “Parroquia San Judas Tadeo” donde el “padre Oscar” había tocado su alma y fortalecido en la fe. Carlos acudió a conocerlo y al poco tiempo -comenta-, “con 45 años de edad” se decidió a realizar “una confesión de vida”.
 
Lo que aquella confesión obró es descrito por Carlos como una acción de la misericordia de Dios. “Me puso en el corazón ir a misa todos los días, comulgar, confesarme regularmente para estar en gracia de Dios. El Señor Jesucristo a uno lo coge y le pone esa impronta en su corazón tan clara… que no debo de acostarme con otro hombre, que eso no lo quiere Dios”.
 
Carlos reconoce que no es fácil resistir “la tentación del diablo” y es fundamental para mantenerse firme en su vida célibe el hacerse acompañar espiritualmente por el padre “Carlos Vanegas de la parroquia La Preciosa Sangre”.
 
 “Definitivamente hoy soy más feliz desde que empecé mi conversión porque la paz que da Dios es muy diferente a la del mundo. Dios da la fuerza y la gracia de ser castos, de luchar por la santidad y la conversión, camino en la fe que dura hasta la muerte”