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Medicina, depresiones y posesión diabólica
Actualizado 13 mayo 2019 - 0:0  
P. Pedro Trevijano. Sacerdote, doctor en Teología Moral, por el Alfonsiano de Roma. Licenciado en Derecho.   


Ante todo, hemos de decir que ante cualquier problema, hemos de buscar ante todo la explicación natural. Si ésta existe, no hay que darle más vueltas.

Recuerdo que hará unos cuarenta años le pregunté a un Vicario Episcopal de Madrid: «¿qué hacéis ante un endemoniado?» Su respuesta fue: «Muy sencillo, lo mandamos al psiquiatra». Hoy, ante la descristianización no sólo en nuestro país, sino en toda Europa, estoy seguro que no recibiría esta respuesta, pues todas las grandes diócesis tienen no sólo uno, aparte del Obispo, sino varios exorcistas. Pero es indiscutible que nuestra Sociedad se está descristianizando, porque falta fe y falta vida cristiana, lo que supone que, como el ser humano necesita creer en algo, la disminución de la fe va acompañada del aumento de la superstición, lo que a su vez, supone dejar el camino expedito a Satanás. Y que éste existe, recordemos como en los evangelios se nos dice que una de las actividades principales de Cristo fue echar demonios.

La Iglesia condena la superstición como «desviación del culto que debemos al verdadero Dios, loa cual conduce a la idolatría y a distintas formas de adivinación y de magia» (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2138). Brujos, magos, echadores de cartas, espiritistas y en general el ocultismo son prácticas de las que el demonio con frecuencia se sirve. Podemos decir que éste es el pronunciamiento oficial de la Iglesia sobre estas cuestiones. Deuteronomio 18,10-14 condena enérgicamente y califica de abominaciones a estas prácticas, mientras Jeremías 29,8 califica de mentirosos a los profetas y adivinos no enviados por Dios. Y es que en estas cuestiones es muy fácil que nos encontremos con intervenciones diabólicas o, seguramente todavía con mucha más frecuencia, con fraudes.

Por ello, a pesar de que las posesiones diabólicas realmente existen, no hay por qué creer fácilmente en ellas. Ante todo, cuando se manifiestan señales que nos hacen pensar que estamos ante una posesión diabólica, hay que ir al psiquiatra, porque sólo raras veces el mal o la enfermedad son de origen diabólico. El recurso al exorcista debe suceder sólo en segunda instancia.

Por supuesto que la relación entre psiquiatras y sacerdotes no debe reducirse a los presuntos o reales casos de posesión. Aunque creo que nunca me he enfrentado directamente con un caso de posesión diabólica, aunque sí las he presenciado, más de una vez he recomendado al penitente la visita al psicólogo o psiquiatra, convencido que eran más bien casos de la incumbencia de éstos, pero también he recibido personas a los que estos profesionales han llegado a la conclusión que se trataba de un problema de índole espiritual y por tanto el sacerdote podía hacer más que ellos.

La relación entre psiquiatras y exorcistas debe hacer ante todo que cada uno permanezca en su campo. Los poseídos, generalmente van primero al médico, luego tal vez al mago, y sólo después, descubren que deben consultar su caso con el exorcista. Éste, normalmente, sólo haciendo el exorcismo se da cuenta sobre si es un caso o no de verdadera posesión. Con frecuencia es la conducta del poseído, como reacciones muy violentas ante cualquier oración, u otros fenómenos, como la posesión de una fuerza extraordinaria, las que permiten darse cuenta de la realidad de la posesión.

Pero no hay que olvidar que hoy en día hay muchas enfermedades de tipo espiritual que son simplemente eso, enfermedades. En muchos casos puede tratarse de enfermedades que la ciencia médica no está en condiciones de diagnosticar y curar, pero ello no significa que provengan del maligno. En otros, en cambio, puede tratarse de posesiones que permanecen ocultas.

Así una de las enfermedades psíquicas hoy más corrientes, las depresiones, son en la inmensa mayoría de los casos, males naturales, lo que no significa que la oración no pueda ser un método muy eficaz de lucha contra ella y de hecho muchos psiquiatras reconocen que es más fácil curar a un creyente que a un ateo. Y es que, a menudo, su causa proviene de la falta de fe en Dios o de la carencia de ideales o de encontrar sentido a la vida, por lo que aunque no podemos afirmar que la causa sea directamente el demonio, sí puede haber influjo suyo. En este tipo de enfermedades, es indudable que el ser creyente, puede ser y es una gran ayuda en el tratamiento.