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Tras 17 años de una dolorosa enfermedad fue sanada recibiendo a Cristo en la Eucaristía
Una gracia particular que coronó un proceso de conversión, cuyo testimonio alienta a enfrentar y dar un sentido desde la fe al dolor, a la enfermedad.
Actualizado 31 mayo 2019 - 15:13  
Portaluz. Ana Beatriz Becerra   


Situado a 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar, el municipio de Tocancipá (Colombia) -hasta la llegada de industrias en los años 90- era un territorio precordillerano cuya economía apenas permitía la subsistencia de sus habitantes.
 
Allí criaron a Rosalba Zamora Malcera sus padres, junto a ocho hermanos más. Tal como lo vivieron por décadas millones de otras familias en el continente, la pobreza no era un freno a la natalidad. Todos colaboraban desde muy pequeños a la economía familiar. “Mi madre -rememora Rosalba- me enseñó… nos tocaba cocinar, ayudar a lavar la ropa y los grandes cuidábamos de los más pequeños, mientras ellos se iban a trabajar”.
 
No menciona Rosalba en su diálogo con Portaluz, reproches a Dios ni a sus padres por aquellas condiciones de austeridad, incluso en lo espiritual, que marcaron su infancia y adolescencia. La familia, dice, “no era de oración”. Sus padres los llevaban a misa “solamente” el domingo, pero “las semanas santas eso sí era de respeto absoluto, en las cuales ni siquiera podíamos pelearnos, ni discutir, ni nada”, señala esta mujer.
 
El impacto físico y espiritual de una enfermedad
 
Creció así con algunas certezas de fe -comenta-, pero sin mayor formación religiosa, ni cariño por priorizar en su vida la relación íntima con Dios. Realidad espiritual que sería puesta a prueba desde su juventud al enfrentar Rosalba una dolorosa y limitante alteración del organismo que puso su vida de cabeza.
 
La dolencia le deformaba el rostro y esto -siendo una joven mujer- provocaba no solo inquietud o temor por su salud física, sino gran dolor moral y espiritual en Rosalba. Máxime pues ningún médico encontraba la causa ni el remedio a su mal. De tal forma que a pesar de ser rigurosa en los cuidados higiénicos y en la alimentación, de forma reiterada la boca de Rosalba explícitamente explotaba en aftas inflamando incluso las zonas blandas externas de sus mejillas y mandíbula. Abrumada por el dolor pasaba días sin poder comer. Algunos días disminuían los síntomas y reaparecían con fuerza.
 
«¡Dios, por qué me castigas!»
 
La enfermedad, entendida por la ética cristiana como una manifestación de la fragilidad y mortalidad de la vida humana, fue algo tangible y cotidiano por 17 años para esta mujer colombiana (hoy en imagen adjunta). Los médicos generales la derivaban con internistas, dermatólogos, oncólogos y de otras especialidades. Sin lograr mejoría…
 
“La verdad le decía al Señor: «¡Dios, por qué me castigas!, yo no he sido mala, yo no merezco llevar toda esta enfermedad». Renegaba, me peleaba muchas veces con Dios y ya no quería vivir. Incluso en la última crisis -demasiado dura- estuve hospitalizada. Los médicos decían no saber cuál era la causa de eso e incluso se atrevieron a decir que lo mío era por SIDA; mientras llegaban los resultados, que saldrían negativos, fue muy doloroso porque me tuvieron aislada, casi nadie iba a visitarme ni nada”.
 
El amor de Dios en la Eucaristía
 
A instancias de su madre comenzó a ir a misa el 14 de cada mes al Santuario del Señor de los Milagros (Bogotá) y se aferró con fe suplicando “una bendición” para alcanzar de Dios la gracia de su sanación.  Hizo novenas, rezó a la Virgen y no se cansó, dice, de clamar y reclamar al cielo con devoción.
 
“Empecé a ver los cambios a través de la Eucaristía… y gracias a Dios no volví a sufrir de ese mal; el doctor me dijo que ya no regresara porque estaba bien. Hoy me esfuerzo por acudir todos los días a misa, pues sé que no hay nada más grande que recibir el cuerpo y la sangre de Cristo. Si no hubiera sido por esa enfermedad yo sería la misma mujer de Eucaristía solo los domingos, pero sin conocer el verdadero significado de la Eucaristía. Bendito Dios que ya soy una persona diferente” concluye.