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Un sacerdote ermitaño entrega su vida siendo "buen samaritano" de musulmanes
"Cristo no se encuentra fuera de usted. Se encuentra en usted: es más de lo que usted misma es. Él vive en usted, sufre en usted, de modo que no deja un instante de pertenecerle…" (Albert Peyriguère)
Actualizado 26 julio 2019 - 0:0  
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Nació Albert Peyriguère como hijo de una familia obrera en Trébons, a escasos 15 kilómetros de Lourdes. Desde muy joven, inspirado por el carisma de Charles de Foucauld, sería un hombre sin mujer, sin hijos, que abrazaría a los pobres de un credo distinto al suyo, como si fuesen su propia familia. Todo ello por amor a Cristo.
 
Un signo de cuanto tocó el alma de esos prójimos musulmanes, queda plasmado en el momento de su funeral, cuando un joven bereber honrando al “morabito” (hombre santo), el ermitaño discípulo de Foucauld, se levanta y lee un poema que reza así:
 
El morabito no tenía familia ni hijos, todos los pobres eran su familia, todos los hombres sus amigos. A los hambrientos dio de comer, a los desnudos regaló sus ropas. Él cuidó a los enfermos, él defendió a los sometidos injustamente. Él llevó consigo a los que no tenían casa. Todos los hombres eran su familia, todos los hombres eran sus amigos. Dios le muestre misericordia
 
Caminando por el desierto

En efecto, desde que fuese ordenado sacerdote en Bordeaux con apenas 23 años, Albert (ver en imagen adjunta de la época) sin aún conocer a Charles de Foucauld comenzó a identificarse con su carisma: fundir en su vida la dimension contemplativa y la activa; al igual que se unen el madero vertical y el horizontal para formar la cruz.

Pero antes de poder llegar a su destino eremita en el desierto, tierra de musulmanes, fue obediente al obispo asumiendo la dirección del Seminario Menor de Bordeaux. Cuando estalló la primera guerra mundial pidió servir como enfermero, siendo baleado varias veces al arriesgar su vida por salvar a los heridos y cayendo finalmente preso de los alemanes. Condecorado al término de la guerra por su heroísmo, pidió ser enviado al norte de África a recuperar la salud, aunque su anhelo era predicar a Cristo entre los musulmanes y otros pueblos que no conocían al Hijo de Dios.
 
Estando en Túnez llegó a las manos de Albert una biografía de Charles de Foucauld y entonces comprendió a cabalidad su misión radicándose como eremita en un territorio de bereberes semi-nómades de la cadena montañosa Atlas Medio, cercano al pueblo El Kbab (cerca de Khenifra).
 
Se insertó allí por 30 años compartiendo el tiempo entre la vida contemplativa desde su eremita y luego levantando un centro de salud para servir a las familias musulmanas de ese territorio que vivían en la extrema pobreza; como también enfrentándose al colonialismo francés que explotaba esas gentes. Así les mostraba el rostro paterno de su Dios y aprovechaba de hablarles de las enseñanzas del Hijo de Dios, Jesús.
 
Adorador de Cristo Eucaristía

En todo buscaba Albert que brillase Cristo y así lo confidencia en cartas que escribe a una religiosa: “Cristo no se encuentra fuera de usted. Se encuentra en usted: es más de lo que usted misma es. Él vive en usted, sufre en usted, de modo que no deja un instante de pertenecerle… No puede llegar ya a diferenciar a Cristo de usted. No siente ya vivir en sí, desea sólo sentir a Cristo que vive en usted”.
 
Tras el paso de los años, externamente su rostro llegó a parecer el de un bereber. Pero el corazón de Albert permanecía inquieto durante el día a la espera del momento que mas anhelaba su alma… cuando estando solo en su eremita, doblando las rodillas ante el misterio, pasaba horas en Adoración Eucarística nocturna. Allí, arropado por el Espíritu Santo, le parecía que Cristo mismo oraba en su alma a Dios Padre.
 
El sacerdote eremita Albert Peyriguère falleció el 26 de abril de 1959.

En su edición impresa en italiano del 27 de julio de 2019, L’Osservatore Romano concluye una breve crónica sobre Albert señalando que “sus restos, del jardín de la humilde residencia de El Kbab, fueron trasladados el 21 de julio de 2010 a Midelt, a 1500 metros de altitud, en la abadía de Notre-Dame de l'Atlas, donde los cistercienses trapenses continúan la experiencia del monasterio argelino de Thibirine, el de los monjes mártires, sacrificados en 1996”.