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El adolescente que atrapó la intimidad espiritual de padre Pío con su cámara fotográfica
"El padre Pío fue y seguirá siendo lo mejor de mi vida. El haber sido monaguillo, su amigo y su fotógrafo hizo de mí un hombre nuevo, además de haber curado hace unos años a mi hermana María de una terrible enfermedad."
Actualizado 9 agosto 2019 - 0:0  
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Poder seguir detrás del lente de su cámara a uno de los sacerdotes más queridos de Italia, a quien ya en vida miles de personas consideraban un santo, era un privilegio.

Claro que el adolescente Elia Stelluto -nacido el 6 de enero de 1935 en Foggia capital de la provincia de la región italiana de Apulia-, no era un desconocido (ver imagen adjunta). Había comenzado a relacionarse con padre Pío desde la infancia, siendo su monaguillo en la misa matutina.
 
Este verano europeo, cuando ya supera la octava década de vida, Elia ha sido entrevistado por el conocido sacerdote Pasionista Pepe Fernández Camacho, reavivando en esta publicación difundida por el boletín Pasionario, recuerdos y anécdotas en una sala donde luce sus fotos más queridas del santo de los estigmas, padre Pío de Pietrelcina…

 
Elia, ¿cómo conoció al Padre Pío?
Lo conocí durante la Segunda Guerra Mundial, yo tenía 12 años en un tiempo difícil, teníamos hambre, las escuelas estaban cerradas, en el pueblo de San Giovanni Rotondo no había nada, íbamos al Convento a pedir y los frailes nos daban pan con un poco de azúcar. Recuerdo que un día, después de la primera misa, yo era monaguillo, no nos dieron la rebanada y el fraile de la portería nos dijo que ese día no había pan ni siquiera para ellos... De vuelta al pueblo (que dista unos kilómetros del Convento) pasamos por la casa del fotógrafo Federico Abresch. Tenía un pequeño huerto con almendras, pequeñas y amargas, pero el hambre era grande nos las comimos hasta que nos pilló la señora y nos regañó... La verdad creo que le dimos pena y nos trajo pan. Ese día me hice amigo del fotógrafo y me encargaba pequeños recados que hacía con la bicicleta. Así, día a día, entendía cómo trabajaba en el estudio fotográfico y nació en mí una punzante vocación a inmortalizar momentos en el papel... Un día, cuando supo que íbamos muy temprano al Convento, a la primera misa del día, me dio una cámara y me encargó que le hiciera fotos al padre Pío... y así empecé mi vida como fotógrafo.
 
Y, ¿cómo reaccionó el Padre Pío?
Yo era uno de los monaguillos y digamos que tenía enchufe. Pero el Padre Pío era muy severo al verse y no le gustaban las fotos ni que le grabaran... A Dios gracias, lo tomó como un juego de muchachos y me lo permitió. El padre Agostino era el Superior y muy duro para estas cosas, pero a mí me daban caramelos, yo hacía que posaran junto al padre Pío y eso les gustaba... menos mal porque de lo contrario no hubiéramos tenido este material único. Un día mi patrono, el señor Abresch, me pidió que le retratara bendiciendo y que se vieran las llagas... Uf, menudo reto, la verdad es que me ayudaron las señoras pías que trataban más al fraile, sobre todo, Cleonice Morcaldi. Total que un día la hice con flash y asusté al padre que gritó antes de acabar la misa: “¡Qué es esto! ¡Llamen a los carabineros!” Ese día casi acabo entre rejas, pero rápidamente fui a la sacristía, le pedí mis disculpas y él viendo mi vergüenza, estaba todo “colorao”, dijo: “¡Era Elia, está bien, hazlas pero sin resplandores!”. El Padre Pío era muy cariñoso... pero la Iglesita del Convento muy oscura, solo la luz de los dos candelabros y aun así salieron perfectas. Estoy convencido que fue por la luz que emanaba del Padre porque en este tiempo no había carretes de gran sensibilidad... Abresch cuando las vio me contrató con cinco mil liras al mes, entonces un tesoro, así podía ayudar en casa... Pero como mi padre y muchos otros tuvieron que emigrar a Argentina yo le acompañé y le pedí al padre Pío hacerme una foto con él el día de mi despedida y gustoso lo hizo. Mi estancia en Argentina duró poco, llegué en 1954 y a los seis meses regresé a San Giovanni Rotondo y a mi vocación de fotógrafo con el padre Pío, que nunca me dijo nada. Como cada día iban tantos allí, los fotografiaba, así se conservan los momentos en foto de un niño recibiendo la Primera Comunión o las bendiciones que siempre daba a todos los peregrinos que llegaban... He de decir que en este tiempo no era ya monaguillo, pero era de la familia capuchina y así ningún fotógrafo pudo hacer las fotos que con las máquinas del Señor Abresch hacía yo.
 
Y entre tantas, ¿cuál es tu foto preferida?
Muchas, mejor dicho todas, porque en todas está Él, el Santo de los estigmas, un hombre de Dios, un papá que me cuidó siempre. Tengo querencia por la que está saludando a Aldo Moro y al Presidente Pella, pero de entre todas, me quedo con la que está enfermo el día que llegaba la Virgen de Fátima, fui a avisarle pero al verle enfermo y así en la cama hice una foto que tienen en su habitación todos los enfermos que vienen a San Giovanni Rotondo... Ese día el padre Pío dijo: “Virgencita vienes a verme y no puedo estar contigo, estoy enfermo...”. Dicen los libros escritos sobre la vida del padre Pío que por la intercesión de la Virgen fue curado. Fue el 5 de agosto de 1959... El padre Pío fue y seguirá siendo lo mejor de mi vida. El haber sido monaguillo, su amigo y su fotógrafo hizo de mí un hombre nuevo, además de haber curado hace unos años a mi hermana María de una terrible enfermedad. Ser sus hijos espirituales marca la vida de los que se acercan al Padre Pío.