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Stefan Wyszynski: Cuando la fe se hace carne
Actualizado 7 octubre 2019 - 0:0  
Antonio R. Rubio Plo, Licenciado en Historia y Derecho. Académico en la Universidad Complutense. Madrid. España   
 

El cardenal Stefan Wyszynski (1901-1981), primado de Polonia durante la época comunista, va camino de los altares tras un milagro que hace más próxima su beatificación. Muchos conocen la historia de Wyszinski, sobre toda la de su confrontación con las autoridades comunistas polacas, pero son menos los que conocen su espiritualidad o sus escritos. No hace mucho tiempo, un amigo rescató un libro olvidado en una biblioteca que recogía oraciones, homilías y discursos del cardenal, y me lo regaló. Al principio, lo vi como una mera fuente histórica, pero me equivoqué. Los santos no son solo historia. Cristo vive en ellos y son un ejemplo continuo para nosotros. Me llamó la atención en aquel libro, por ejemplo, el discurso que dio en Varsovia, en vísperas de la Navidad de 1962, a los intelectuales católicos. Vale para cualquier católico que se dedica a tareas de enseñanza o de comunicación. Hoy, al igual que en otras épocas, existe el riesgo de perder el norte y enzarzarnos en combates dialécticos, por muy bienintencionados que sean, que nos alejan de lo realmente importante: “El hombre actual está extenuado por el esfuerzo puramente racional y se siente a menudo perdido en la selva de la abstracción, separado de las realidades concretas. Ya es tiempo de reivindicar los derechos del corazón, la armonía del conjunto humano y los derechos de la persona. Porque el hombre no se reduce a un cerebro ambulante en una estratosfera de puras abstracciones…Así pues, yo desearía de vosotros, dispensadores de la palabra, os pusieseis a contribuir todo vuestro esfuerzo, no solo en revestir vuestros pensamientos de expresiones racionales sino en empeñar también vuestra voluntad, vuestro corazón y toda vuestra persona. Solo con esta condición llegareis a ser artífices de la paz prometida a los hombres de buena voluntad… Al contemplar al Dios que se hace hombre, aprended a salir de vuestros libros para confrontarlos con la realidad concreta de este mundo vuestro, cultivad la compasión del corazón”. Wyszinski nos recuerda que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). Por eso, el cristianismo no es una religión del libro, es, sobre todo, una religión de la vida en la que la razón debe de fijarse en la lección magistral dada por un Niño, envuelto en pañales y reclinado en un pesebre (Lc 2,7), y que años más tarde recomendará obrar como el samaritano que no pasó de largo ante el caminante herido y abandonado por los ladrones (Lc 10, 25-37).
 
Hace bastantes años pude leer el diario de prisión del cardenal, recluido el régimen comunista entre 1953 y 1956, y no todos saben que Wyszinski era un especialista en doctrina social de la Iglesia, aunque precisamente por eso los comunistas nunca quisieron dialogar con quien podía ser un competidor. Ellos hacían del poder y la ideología una misma cosa sin ningún tipo de flexibilidad, sobre todo en el tiempo de la ortodoxia estalinista que se resistía a morir, pese a que Stalin había muerto.
 
Uno de los lugares de su encierro fue un convento, en el que los guardianes pretendieron someter al prisionero a la desmoralización de la soledad y la incomunicación. Allí experimentó que un hombre privado de libertad siente pronto en su carne el zarpazo del desaliento, del que ni siquiera puede escapar el intelectual siempre dispuesto al combate con las armas de la razón. Hay muchos ejemplos de escritores que escribieron en la cárcel para proclamar que su espíritu no estaba enjaulado, aunque, tarde o temprano, sus ojos se daban de bruces con la omnipresencia de unos muros cerrados. También Wyszynski reflexionó racionalmente sobre la injusticia cometida por un sistema comunista que pasaba por ser el más firme defensor de la justicia, y además su perspicacia le hizo darse cuenta de la pereza e indolencia de sus guardianes, que hacían sus tareas con rutina y sin dinamismo. El cardenal podía incluso esgrimir argumentos legales, como Pablo apóstol y prisionero de Cristo en su apelación al César, pero serían inútiles ante unos adversarios que pretendían doblegarle por un miedo cuyo objetivo es provocar un paralizante silencio. Mucho peor era que trataran de contagiarle el odio en el que ellos mismos vivían, pues la gran victoria de los perseguidores de todos los tiempos es infundir en los cristianos un rencor que ahogue el mandato evangélico del amor. Wyszynski reconocía que el miedo, a menudo mezclado con el odio, es capaz de sembrar dudas sobre el Maestro, tal y como les sucedió a los primeros apóstoles. ¿Cómo defenderse de esos sentimientos de desasosiego?
 
Ante lo irracional, sobran las razones. Es la hora de la fe y del amor. En la noche de la reclusión, cuando se apagan todas las luces, es la hora en que Wyszynski reza el Rosario. Escribe que cada sábado es una fiesta, la del día de la esperanza de María que aguarda la resurrección de su Hijo.
 
Una gran enseñanza del cardenal para los momentos difíciles de la vida, en los que no se atisba la salida. Hay que ir dejando atrás nuestras certezas y seguridades, no siempre fundamentadas, para confiarse a la protección de la Madre.