Portaluz.org
Tiene 90 años y ha pasado la mitad de su vida orando por las vocaciones sacerdotales. ¡Dios ha escuchado!
"No hay que negar un hijo a Dios, porque Dios es más su dueño que nosotros"
Actualizado 3 enero 2020 - 0:0  
Portaluz. Ana Beatriz Becerra   


Marcelina Alfaro es oriunda de Humahuaca, provincia de Jujuy, en el extremo norte argentino colindante con Bolivia. En sus noventa años de vida, gran parte de ellos los pasó sin apego alguno a la fe. No así los últimos 40, en los cuales su amor a Dios se ha concretado en un compromiso permanente de rezar pidiendo por las vocaciones sacerdotales.
 
Se casó Marcelina y vivían con su esposo en Palpalá, un pequeño pueblo conocido por albergar la industria “Altos Hornos Zapla” el primer centro siderúrgico de la Argentina donde trabajaban la mayoría de los hombres, mientras las mujeres se dedicaban a las tareas del hogar. Fue allí, tras su matrimonio, que ella se acercó nuevamente al Señor. Pasó varias décadas alejada de la fe, cuenta a Portaluz, “pues las cosas del mundo absorben a la persona. Después que me casé, ahí volví otra vez”, señala escueta y lleva su mirada hacia arriba, sumergida por unos instantes en sus recuerdos.

Hijos de una Iglesia misionera
 
Pronto retoma el relato y agrega que cuando sus hijos comenzaron la catequesis para recibir la Primera Comunión, fue inevitable para ella y su esposo el ser permeados por esta experiencia, pues “había allí un sacerdote que nos exigía y ahí fuimos acercándonos”, puntualiza.  El rezo diario del rosario en familia se volvió tan necesario como el alimento y también acudir regularmente a misa. “asistíamos a misa siempre, teníamos la parroquia lejos, era como a unas diez cuadras de acá, era la única parroquia (n. del e.: San Cayetano)  que había en la zona. Nosotros íbamos caminando a la iglesia y rezando el rosario”, dice con hablar pausado.

A la par del desarrollo del pueblo, la Iglesia abordaba su desafío misionero en esa provincia de Jujuy; asi es que una vez catequizados y viviendo en familia la fe, recibieron con alegría la invitación a levantar la capilla “Los Santos Arnoldo y José” en el barrio donde vivían.

El poder de la oración

Llegó a la capilla un misionero del Verbo Divino, el padre Miguel Kusznieryna (q.e.p.d.), quien tenía gran preocupación por acoger y nutrir el alma de sus feligreses. Comenzó formando un grupo de oración, la Legión de María, que eran solo hombres recuerda Marcelina… “Rezaban bien lindo, se citaban en una casa cerca de mi domicilio y nosotras íbamos a escuchar”, explica.

Un día -destaca Marcelina- el padre Miguel se les acercó planteándoles que si todos ellos, hombres y mujeres, ya sabían rezar, había llegado el momento de que se comprometieran con una tarea. Marcelina tomaría este desafío como un compromiso de por vida. “Era muy buen sacerdote. Nos dijo pidió rezar porque aquí en Jujuy no había vocaciones, ni casi en Argentina. «Hay que hacer oraciones para conseguir sacerdotes», nos dijo”.

Y Dios escuchó la oración de su pueblo

Marcelina y otras mujeres de la comunidad formaron el grupo de oración por los sacerdotes, al cual se plegaron también los hombres de la Legión de María. Animados por el padre Miguel todos se consagraron al Sagrado Corazón de Jesús y rezaban por las vocaciones en la misa que el sacerdote celebraba el domingo en la capilla, también de forma prioritaria el primer jueves de cada mes haciendo Adoración Eucarística y los grupos de oradores que semana a semana no cejaban de rogar al cielo.
 
Cada miércoles se reunían, tenían misa y luego “los varones hacían la corona eucarística y las señoras hacíamos la cadena de oración (ante el Santísimo) que no se cortaba hasta el otro día jueves a las 6 de la tarde”. Como rezo predilecto, dice Marcelina, recitaban la oración de Papa Pablo VI por las vocaciones (“Jesús, buen Pastor, Tú que has venido para buscar y salvar lo que se había perdido; Tú que has instituido el sacerdocio de la Iglesia…”)
 
Marcelina jamás pensó que Dios pronto escucharía estas oraciones llamando para que fuere su sacerdote a René, el hijo que ella tanto amaba y que habían adoptado con su esposo siendo apenas un bebé.
 
Su historia comenzó a repetirse con varios miembros del grupo y no fueron solo sacerdotes, sino también religiosas y otras vocaciones de vida consagrada. “Tuvo muchos frutos el grupo de oración… Sentí alegría con cada hijo e hija que Dios llamó a su servicio pues no hay que negar un hijo a Dios, porque Dios es más su dueño que nosotros” nos dice al concluir con voz emocionada.