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El Síndrome del Ermitaño
Actualizado 1 junio 2020 - 0:0  
Juan García Inza es sacerdote, escritor, doctor en Derecho canónico y ha ejercido como consiliario del Movimiento de Cursillos de Cristiandad   
 


“El Síndrome del Ermitaño”. Así se ha calificado la situación psicológica que le ha quedado a más de uno con motivo del confinamiento por la pandemia del Covid 19. La vida del ermitaño/a siempre se ha calificado de extraña, incluso algunos la consideraban inhumana. ¿Cómo puede una persona vivir aislada del resto del mundo? No comprenden que la soledad del ermitaño/a no es absoluta. Con él o ella está el Señor, la vivencia de un plan de vida serio, la ofrenda de una historia y un tiempo por ideales superiores.
 
Hace tiempo pude seguir de cerca la experiencia de una ermitaña en la Sierra del Oro de Abarán. Ella es cisterciense del monasterio de Arévalo. Con el permiso de sus superiores quiso vivir en extrema soledad en una casa de campo aislada. Le acompañaba el Santísimo y la Palabra de Dios. Yo la solía visitar con frecuencia, y otras personas acudían a ella para pedirle oración y consejo, y llevarle un poco de comer. La austeridad era extrema. Ella había estado en Japón como religiosa y sabía perfectamente el japonés. Muy inteligente y de mucha vida interior.
 
Para esta religiosa la soledad del día estaba llena de un plan de vida riguroso. Tuve la oportunidad de grabarla en un video en el que ella explicaba sus ideales, su horario, sus inquietudes, su alegría (se puede ver al final).
 
Esta religiosa se levantaba a las cinco de la mañana y tenía todo el día muy bien distribuido, de tal manera que ni le faltaba ni le sobraba tiempo. Santificaba el tiempo ofreciéndolo a Dios. En su pequeña cocina se preparaba lo imprescindible para vivir. Le regalaron un móvil por si tenía necesidad de pedir alguna ayuda. Los buenos amigos la llamaban de vez en cuando interesándose por su vida. También le regalaron un perro que le servía de compañía en los paseos que cada día hacía por el campo.
 
Cuando ya se puso un poco delicada le aconsejaron que volviera a su monasterio para mayor seguridad. Tuve la oportunidad de visitarla en aquel monasterio del Cister, y ambos sentimos la alegría de volver a vernos y comentar brevemente los detalles de su “nueva” vida en comunidad.
 
Ella nunca se sintió sola, ni padeció ningún síndrome. Su vida era para Dios, y Dios lo llenaba todo. En aquel eremitorio que se quedó vacío con su marcha, hoy vive su retiro otra persona que sigue los pasos de las almas que quieren ofrecer su vida, como una flor del campo que nadie aprecia pero que está viva para Gloria de Dios.
 
Todos los que le tenían miedo al aislamiento ahora agradecen el haber tenido tiempo para Dios, para la familia, para el trabajo personal, para la cultura… Es muy aconsejable vivir durante el año algunos días de retiro que repare los fragmentos rotos de nuestra alma, de nuestra mente, que el tráfago de la vida deteriora sin misericordia.
 
Dice Nietzsche: El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio. Y es que los ruidos aturden y no nos dejan oír los sonidos más bonitos de la vida.
 
Estaba yo hace unos días en una ermita en lo alto de un montículo, y me emocionó escuchar en el silencio el cantar de los pájaros, y el saludo del Señor que estaba en el Sagrario de la pequeña iglesia. Sin necesidad de virus, hay que aislarse de vez en cuando, y sentir la melodía de la vida y la voz de Dios.