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Recordando el rostro del hijo que abortó y ante la Virgen de Guadalupe agradece a Dios su conversión
"Me hice cirugías innecesarias, llevé una vida de fornicación, proclamando que era mejor el no compromiso. Soy joven, tengo todo, no necesito de un hombre para vivir, me repetía".
Actualizado 22 junio 2020 - 11:32  
Portaluz. Ana Beatriz Becerra   


Alejandra Bustamante Zapata, tiene 35 años, nació en Barbosa (Departamento de Antioquia, Colombia) y es una católica activa en defensa de la vida. Compromiso con Dios que nace como reparación a una brutal experiencia vivida ya hace 14 años, al practicarse dos abortos: “Yo era una adolescente, tenía 16 años, había empezado una relación con alguien dos años menor que yo; llevábamos como un mes, era un amor súper inocente”, recuerda al iniciar su testimonio para Portaluz.
 
Pero esa misma inmadurez afectiva, además de una frágil fe y poca adhesión a la moral de la Iglesia, facilitaron que se permitiera vivir su sexualidad sin prever consecuencias. Cuando quedó embarazada, el miedo a la reacción que pudiesen tener en su familia y a un futuro incierto -dice- gatillaron la decisión. El bebé tenía ya tres meses de vida cuando lo abortó. “Fue por el método legrado, no pensaba que era bebé; nos decían que era un coágulo, que no era un bebé”. Se dejó convencer, recuerda Alejandra, por esas frases que tranquilizaban de alguna forma la incipiente culpa que se le colaba en la conciencia. 


 
Su vida transcurrió viviendo de la misma forma que antes el noviazgo y tres meses después quedó nuevamente embarazada. No tuvo dudas, cuenta, en acudir al mismo lugar de antes para realizar un segundo aborto. “Tenía tal vez unas ocho o diez semanas más o menos y de mi salió restos de un cuerpito… una cabecita totalmente completa, con ojos, nariz, boca… Yo me quedé mirándolo mucho tiempo y a partir de ese día mi vida no volvió a ser la misma” recuerda, con evidente dolor en su voz, quebrada por la emoción.
 
La penitencia, una misión
 
Muy pocas semanas después Alejandra y su novio ahogados por emociones de culpa, amargados con el recuerdo estremecedor del rostro de su hijo abortado, decidieron acercarse al sacramento de la confesión. No ha olvidado lo que ese sacerdote -el padre John Jairo Yepes – le dijo justo antes de darle la absolución: «…de ahora en adelante su misión es hacer obras de caridad con niños y evitar que las mujeres aborten». Sería mucho tiempo después, con la paz que trajo el avance en su conversión, que volvería a recordar esas palabras y llevarlas a la práctica.
 
La pareja de adolescentes tuvo un largo noviazgo de 11 años y aunque planeaban casarse en diciembre de 2012, no lo concretaron. “En el 2010 todo empezó a desmoronarse, surge la infidelidad, los problemas”. En una de las tantas discusiones que tenían, dice Alejandra, incluso deslindó en ella toda responsabilidad moral por los abortos: «Usted me arruinó la vida, nunca un hombre se va a poder casar con una mujer que mata los hijos», fue la cobarde acusación del noviecito aquél y así llegó el punto final de la relación.
 
 “Después de esto yo empiezo mi vida loca, de fincas, de amigos, de viajes, de comida, de desorden económico, de gastar compulsivamente. Me hice cirugías innecesarias, llevé una vida de fornicación, proclamando que era mejor el no compromiso. Soy joven, tengo todo, no necesito de un hombre para vivir, me repetía. Así viví desde el 2010 al 2016”, comenta.
 
A los pies de La Morenita
 


Pero tras esa fachada de bienestar y alegría padecía pesadillas, depresión e intentos de suicidio. Para sumar mayores desastres buscaba ayuda sin rumbo claro… “en las cartas, baños, videntes, sacerdotes ortodoxos, anglicanos, regresiones con psicoanalistas. No encontraba la raíz del problema”.
 
Un día escuchó por internet el testimonio de la actriz Amada Rosa Pérez y tuvo un atisbo de esperanza que la llevaría de regreso a la fe católica. Se confesó y siguió sin resistirse el consejo que le diera el presbítero de acudir a un retiro espiritual. “Fue con los Siervos del Espíritu Santo en La Ceja, Antioquia. Allí tuve un encuentro, una voz -no sé si era la Virgen o Jesús- que en mi oído repetía: «Usted no está sola»”.
 
Esta experiencia de Dios la transformó en tal grado que comenzó a dar testimonio por redes sociales, con el anhelo de evitar que otras mujeres embarazadas pudieren abortar. “Yo estaba dando mi testimonio y me escribió Pamela Delgado, la coordinadora de 40 días por la Vida-Colombia y me dijo si quería ir al Congreso del movimiento en México. Fue estremecedor pues poco antes, mientras daba testimonio, pensaba que debía ir a México a expresar a los pies de la Virgen de Guadalupe mi arrepentimiento”.
 
Reparar y caminar en la misericordia de Dios
 
40 días por la Vida se convirtió así en el vehículo para cumplir esa misión de reparación que había recibido años antes en un confesionario. Y ante la imagen de la Virgen de Guadalupe reafirmó su labor: “Me di cuenta que fui escogida para una misión que se llama San Pablo: Se trata de infiltrarse en las clínicas como si fuera a abortar, para sacar niñas de allí, convencerlas de que no lo hagan”, relata.
 
Hoy Alejandra permanece confiada en que Dios le dará una nueva oportunidad para construir familia; y aferrada a su devoción por La Morenita cada vez que salva una vida siente que puede regalar una caricia a los hijos que abortó… “Supe que la Virgen de Guadalupe es la madre de los no nacidos. Ahora en este momento que estoy preparando chicos para la confirmación, pienso que mis hijos tendrían 16 años. Entonces me pasan muchas cosas con ellos y digo: Dios mío esto me hubiera pasado con mis hijos. Entonces estoy también reparando por ese lado, pues son muchas las cosas hermosas que el Señor me regala. La paz que tanto anhelamos solo podremos encontrarla y recibirla en la misericordia de Dios”.