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Una pasión tiránica
Actualizado 1 agosto 2020 - 0:0  
Juan Manuel de Prada es un escritor español y articulista en diversos medios de comunicación.   


En una secuencia de El secreto de sus ojos, la célebre película de Juan José Campanella, la búsqueda de un tipo que ha perpetrado crímenes horrendos en el pasado cobra una deriva esclarecedora cuando en su correspondencia se descubren recurrentes alusiones al equipo de fútbol de sus entretelas. El criminal ha logrado cambiar camaleónicamente todos sus hábitos vitales, ha logrado transformarse –siquiera en apariencia– en otra persona para esquivar las pesquisas policiales; pero no ha conseguido reprimir esa pulsión futbolera que finalmente favorecerá su captura. «El tipo puede cambiar de todo –afirma el personaje que ha descubierto la fatal lealtad del criminal al fútbol–: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… Pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión». 
 
Esta debilidad humana, tan sagazmente señalada en la película de Campanella, ha sido utilizada siempre por todos los tiranos e ingenieros sociales que en el mundo han sido. La adhesión o sometimiento a cualquier forma de tiranía exige un forzamiento de índole intelectual y espiritual tan violento y humillante que el tirano, a cambio, necesita entregar magnánimamente a los sometidos una limosna o gallofa que los consuele, una ‘pasión’ que halague las zonas más sensibles (más volitivas o concupiscentes) de su vida; de este modo, a la vez que el tirano aplaca la exasperación o disconformidad de sus sometidos, provoca en ellos un contento o satisfacción personal que –sin que ellos lo adviertan– se convierte pronto en dependencia y adicción que los animaliza, que los convierte en dóciles perros del tirano, dispuestos a aceptar los forzamientos más violentos y humillantes de índole intelectual o espiritual (pero, a medida que sucumben a su ‘pasión’, los sometidos dimiten de inquietudes intelectuales o espirituales), con tal de que los provea de la dosis necesaria de esa ‘pasión’ que tanto los satisface. Dosis que, inevitablemente, tendrá que ser cada vez mayor, como siempre ocurre con los adictos. 
 
En las modernas formas de tiranía la ‘pasión’ que el tirano se cuida de suministrar a sus sometidos es lo que Chesterton llamaba «la religión erótica que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad». Esta religión erótica, con todas sus infinitas ramificaciones penevulvares, garantiza la conversión del pueblo (o, en la jerga marxista, del ‘sujeto revolucionario’) en una patulea mansurrona, prisionera de sus bajos instintos y amorrada al pilón (o pilona), a la que ya no se le va «toda la fuerza por la boca», sino por otros orificios que, a la vez que derraman estérilmente humores, absorben y vampirizan –como advertía Marcuse– toda la fuerza creativa humana que en otras épocas inspiraba las rebeliones contra el poder. La sexualidad multiforme, liberada de las instituciones que la encauzaban o hacían fecunda tanto en el sentido literal como en el sentido político (empezando, naturalmente, por el matrimonio), se ha convertido en la ‘pasión’ que la moderna tiranía suministra y fomenta. 
 
Durante la actual plaga coronavírica esta pasión tiránica se ha revelado de una manera especialmente llamativa (rechinante, incluso) que los medios de adoctrinamiento de masas han ocultado cipayamente (o, en el mejor de los casos, enmascarado bajo difusas invocaciones a la «responsabilidad personal»). Pues resulta, en verdad, desquiciante que, mientras se dictan decretos que ordenan a la gente llevar bozal por la calle o le impiden desplazarse entre provincias o incluso le exigen quedarse en casa, ningún decreto haya prohibido la prostitución ni cerrado las aplicaciones para móviles que permiten a los ‘apasionados’ mantener encuentros sexuales alimañescosDurante los últimos meses, miles de personas han visitado o recibido en su casa a otras personas desconocidas, con las que han intercambiado flujos y virus a mansalva, multiplicando exponencialmente los contagios; sin embargo, cuando se trata de señalar y estigmatizar a los ‘irresponsables’, los medios de adoctrinamiento de masas siempre eligen a la pandilla de amigos que se reunió para celebrar un cumpleaños o a la comunidad de evangélicos que se juntó para rezar. Jamás al ‘apasionado’ o ‘apasionada’ que recurrió a la prostitución o a las aplicaciones para ligar que funcionan a destajo y sin cortapisas. Y es que la tiranía moderna sabe perfectamente que sus sometidos no pueden cambiar de ‘pasión’; por lo que les garantiza magnánimamente las vías de suministro que los mantengan aplacados y satisfechos y animalizados, aunque sea a costa de que multipliquen los contagios. Entretanto, por supuesto, se obligará a la gente a llevar bozal por la calle, bajo amenaza de onerosas multas: en realidad, Tinder y la mascarilla son el haz y el envés de la misma tiranía.