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Pagar la deuda contraída con el pueblo chileno
Actualizado 21 agosto 2020 - 0:0  
Padre Luis es párroco en la Parroquia San Juan Evangelista y Exorcista para la Diócesis de Rancagua. Chile.   


Y alguna mano fiel ponga por mí unas cuantas ramas de aromo sobre la sepultura de este dormido que tal vez será un desvelado y un afligido mientras nosotros no paguemos las deudas contraídas con el pueblo chileno”.
 
Con esas palabras escritas por la poetisa chilena y premio nobel de literatura Gabriela Mistral, he querido iniciar este artículo para referirme al mes de la solidaridad en Chile, declarado como tal en memoria de un extraordinario hombre que Dios regaló al mundo, san Alberto Hurtado, quien en su corta vida se encendió de amor como una llama luminosa para llevar luz y calor a tantos cientos de invisibilizados de su época: los pobres. Entre habitantes con poca conciencia social surgió esta voz que gritó a los oídos de sus contemporáneos que no alejaran la mirada frente a los pobres que clamaban caridad y justicia durante siglos en nuestro querido Chile.
 
Con un celo extraordinario por hacer vida el Evangelio, fue también un incomprendido por su propia gente, por la misma sociedad de su época. Como suele pasar con los profetas que denuncian las injusticias de su tiempo. 
 
Si bien es cierto hemos avanzado mucho en relación con aquella época, el Covid -19 nos ha permitido darnos cuenta de que hemos pasado de una sociedad de extrema pobreza material, como en los tiempos del padre Hurtado, a una sociedad de extrema pobreza espiritual, que se ha cerrado a lo esencial y se ha abierto a un materialismo individualista donde ni los pobres se escapan.
 
Ante la realidad de su tiempo San Alberto interpelaba: “¿Es chile un país católico?” Hoy esa pregunta podría ser aún más aguda: ¿Es chile un país cristiano? La verdad es que podríamos enmudecer cuando vemos los tristes espectáculos que nos muestran los medios de comunicación todos los días: juicios públicos a personas, todos con la primera piedra en la mano; legisladores que a hurtadillas -desoyendo las necesidades del pueblo- legislan a sus espaldas leyes de muerte que atentan aún mucho más contra la libertad de la familia, intentando usurpar a los padres el derecho a educar según sus valores a los hijos; ricos que buscan ser más ricos y pobres que les emulan a costa de cadáveres llenos de drogas; ambición que con violencia quiere dominarlo todo.
 
La indiferencia frente al dolor de los otros nos está embruteciendo al punto que si no es de los nuestros le podemos destruir y si lo vemos herido, hasta le dejaríamos tirado a la orilla del camino. Estamos viviendo un invierno valórico escalofriante, replegados en nuestras seguridades materiales y en nuestros miedos que nos impiden soltar las falsas seguridades propuestas por el mundo.
 
No parece un panorama muy alentador el que se describe a través de estas líneas, más bien es casi apocalíptico. Pero hay mucho más. Son miles los seres humanos que, con paciencia, fidelidad, superando todos los obstáculos y en silencio, siembran esperanzas en medio de este mundo enfermo que no quiere abrir los ojos para mirar la belleza de la vida y valorar lo esencial por sobre lo superfluo.  Miles las personas que se mueven en medio de estas oscuridades llevando esperanza, calor y vida a quienes ya no tienen nada.
 
Todavía hay esperanza, la primavera está por llegar, la vida volverá a llenarse de colores y esa alegría prometida por fin llegará junto con los tiempos mejores que ilusamente creímos habían llegado para todos y solo fue un espejismo dado el caos que vivimos. Espero que también esas  anchas alamedas por donde  supuestamente pasaría el hombre libre, se abran al progreso y la justicia para todos, al desarrollo de una sociedad verdaderamente libre donde cada chileno sea importante y un gran aporte a la construcción de un país renovado que surge de las cenizas sin dejar a nadie de lado, donde la derecha y la izquierda solo vivan para hundirse en un abrazo de paz y así pagar la deuda con el padre Hurtado y las mayorías de los descartados que esperan un lugar digno en nuestra sociedad; tal como nos lo recuerda Gabriela: “Este dormido, que tal vez será un desvelado y un afligido mientras nosotros no paguemos las deudas contraídas  con el pueblo chileno”.