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¿Dónde está el Padre en ´Fratelli Tutti´?
Actualizado 16 octubre 2020 - 0:0  
Antonio R. Rubio Plo, Licenciado en Historia y Derecho. Académico en la Universidad Complutense. Madrid. España   


Un buen amigo se preguntaba si la figura del padre aparece en Fratelli Tutti. Aparece muy al final, sobre todo en el capítulo dedicado a las religiones, pero no podía faltar su mención porque el cristianismo es una religión en la que si Dios no fuera un Padre, resultaría ser alguien ajeno al destino del mundo y de los hombres. El evangelio (Mt 23,8) recuerda las palabras de Jesús, "y todos vosotros sois hermanos". Pero no seríamos hermanos si no tuviéramos un Padre. Sin embargo, históricamente cuando se puso en circulación la triada Libertad-Igualdad-Fraternidad, sus difusores no estaban pensando en ningún padre. La revolución había ejecutado al que era considerado el padre de los franceses, y en el ánimo de los nuevos gobernantes no estaba el resucitar ninguna figura paterna sustitutoria. El hombre se había emancipado, al menos de sus cadenas políticas, y no necesitaba ninguna tutela. Nietzsche levantó acta de la muerte del padre a finales del siglo XIX, y probablemente quepa atribuir a Sartre con aquello de "El infierno son los otros", una cierta responsabilidad en la muerte del prójimo a lo largo del siglo XX.
 
Toda muerte del padre, a la que hoy podríamos añadir la de madre, es un indicio de descristianización. En los últimos dos siglos se han lanzado contra él toda clase de improperios y hay quien le ha considerado inútil para la educación de los hijos. En efecto, un catequista me reconoció que algunos de sus alumnos no podían entender la idea de que Dios es padre. En efecto, hemos pasado del concepto de considerar padre a todo aquél que da una bofetada a tiempo a arrumbarlo en el trastero como un objeto inerte al que solo podría resucitar la ideología de género, aunque no sepamos bien en qué forma. Quizás todo esto haya sido una reacción desorbitada contra el modelo de padre, señor de vidas y haciendas, que solo ejercía como ogro doméstico en las horas, y no todas, en las que estaba en casa. Pero el Dios cristiano no es así. Es un Dios de amor y misericordia, unos justos títulos que autorizan a llamarle Padre.
 
Estoy convencido de que las dos grandes parábolas que resumen el cristianismo son la del hijo pródigo, que debería llamarse mejor la del padre amoroso, y la del buen samaritano. Las dos están muy presentes en las enseñanzas del papa Francisco. Sobre la primera, el pontífice reconocía, en una catequesis de 11 de mayo de 2016, que se trata de una parábola incómoda tanto para hoy como para siglos pasados. No cabe duda de que se trata de un relato enternecedor, en el que el padre sube todos los días a la terraza de su casa para intentar atisbar a su hijo en el horizonte. Es una parábola que nos recuerda nuestra condición de hijos de Dios, que, como bien señala el papa, no depende de nuestros méritos ni de nuestras acciones: "En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejo jamás de ser un hijo de Dios, de ser hijo de un Padre que me ama y espera mi regreso". Espera mi regreso y el de otros muchos, que son mis hermanos. Si no fuera así, no sería Padre.
 
Francisco escribe en Fratelli Tutti: "Las distintas religiones, a partir de la valoración de cada persona humana como criatura llamada a ser hija o hijo de Dios, ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad" (271). Bien lo sabía Pablo de Tarso en Atenas, cuando introduce en su discurso en el areópago "y también somos de su linaje", una cita del poeta Arato de Solos, en referencia al dios desconocido de una inscripción en Atenas. El mundo antiguo presentía la paternidad de Dios, no tanto el Zeus de vida desordenada y caprichosa sino a lo mejor el dios desconocido al que querían honrar por si acaso se irritaba contra ellos por no haberle incluido en su panteón. Pero para ser realmente hermanos, añade el papa, hay que tener conciencia de que "existe un Padre de todos". Sin Él, "no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad".
 
No podemos ser hermanos sin padre. En el lejano 1960, Joseph Ratzinger impartió un curso en Viena sobre el concepto de fraternidad en el cristianismo, para llegar a la conclusión de que la fraternidad cristiana supera los lazos biológicos y sociales. ¿Qué es un cristiano para otro cristiano? Un hermano. Pero también es hermano para servir a aquellos que están fuera de la comunidad cristiana. Medio siglo después, Benedicto XVI escribirá en la encíclica Caritas in veritate: "La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una concepción cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad" (262). Podría decirse otro tanto de la libertad. Los dos elementos sustentadores de la modernidad, la libertad y la igualdad, deben mucho al proceso de emancipación de la razón, pero no es menos cierto que han estado, y siguen estando, en guerra entre ellas. De hecho, son el núcleo de las llamadas guerras culturales de la actualidad. Si abandonamos a cada uno de estos elementos a sí mismo, nos encontraremos con un totalitarismo, acaso sin rostro, del que ya nos previnieron Alexis de Tocqueville y Hannah Arendt. En consecuencia, tal y como señala Austen Ivereigh, biógrafo del papa Francisco, a la modernidad le falta un tercer y sustancial elemento: la fraternidad. Sin ella, la libertad y la igualdad no tienen sentido. Para no reducir el concepto de fraternidad a una cáscara vacía, habrá que compartir la oración al Creador que presenta el papa Francisco al final de la encíclica: "Señor y Padre de la humanidad, que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad, infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal".