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La ética y lo contingente
La ética y lo contingente
Actualizado 11 noviembre 2020 - 0:0  
P. Fernando Pascual es sacerdote, doctor en filosofía de la Universidad Gregoriana de Roma; Licenciado en Teología moral y especializado en Bioética.   


Si admitimos que los seres humanos tienen una responsabilidad ética, reconocemos al mismo tiempo que está en nuestras manos alterar el rumbo de los acontecimientos.

Lo anterior parece algo obvio, pero implica una serie de presupuestos que, a lo largo de los siglos, han sido aceptados o rechazados, reconocidos o ignorados.

Nos fijamos en un presupuesto: existe responsabilidad ética allí donde el mundo es visto como algo contingente y cambiante desde las decisiones libres de los seres humanos.

Ese presupuesto no es reconocido cuando se piensa que todo está determinado por leyes físicas inalterables, como en algunas teorías filosóficas del pasado o del presente.

Tampoco es reconocido en algunas visiones religiosas según las cuales las acciones humanas estarían dirigidas por un Dios (o por varios dioses) que controlarían completamente nuestras decisiones y todo lo que ocurre en el mundo.

Hay otras teorías que no admiten la posibilidad de cambiar el curso de los hechos desde acciones libres. Por ejemplo, ciertas visiones psicológicas que suponen que estamos determinados por fuerzas internas o por neuronas que deciden todo. O también, ciertas teorías sociológicas en las que se admite que las sociedades imponen lo que luego cada uno hará o dejará de hacer.

En realidad, muchos hombres consideramos que nuestras acciones abren horizontes nuevos en la trayectoria de los acontecimientos. Esas acciones surgen desde voluntades libres, y así son imputables a la responsabilidad de cada uno.

La visión ética según la cual somos responsables de lo que hacemos supone que existe en nosotros libertad, y que además podemos tomar decisiones contingentes, que podrían ir hacia un lado o hacia otro, hacia lo bueno o hacia lo malo.

Fuera de esa perspectiva, las decisiones humanas no podrían ser responsables, ni las personas tendrían capacidad de escoger entre lo bueno y lo malo. En otras palabras: donde hay determinismo, no hay contingencia; y donde no hay contingencia, no puede haber decisiones auténticamente éticas.

Cada uno de nosotros, a lo largo del día, decidimos sobre un sinfín de posibilidades. Cada opción abre una trayectoria nueva en el desarrollo de la historia humana, en lo pequeño (familia, puesto de trabajo, grupo de amigos) y en lo grande (el progreso o la ruina de toda una nación).

Esperamos que esa trayectoria, inicialmente contingente e indeterminada, se aparte del mal (un mal, por desgracia, muy presente en nuestro mundo), y permita avanzar poco a poco hacia un bien que no solo nos perfecciona como seres humanos, sino que también permite que las sociedades y el mismo planeta tierra sean un poco mejores y más abiertos al verdadero amor.