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Era esclavo de la violencia. Cristo lo miró desde el Santísimo y en el rostro de un hombre que moría en su regazo
"Cuando yo estaba por la calle, pegándome, Jesús estaba ahí, Él era a quien le pegaba y esperaba a que yo aceptase su perdón a que yo le abriese mi corazón para que Él entrase en mí". #videotestimonio
Actualizado 17 noviembre 2020 - 0:0  
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A sus 14 años el sevillano Jaime Barón era una persona “idealista, que gustaba mucho leer”. Así lo recuerda en un video testimonio (ver abajo) en el cual confidencia su vínculo con una agrupación nazi donde la violencia irracional y el consumo excesivo de alcohol eran cotidianos.

“Mi vida se fue convirtiendo en eso, ¿no? La violencia solucionaba todos mis problemas. Salía … y me peleaba. En el colegio tenía problemas y los estudios los empecé a dejar. Toda esta discordia la llevé también a mi casa. En mi cabeza había transformado a mis padres en mis enemigos”.
 
La gente me miraba con miedo, con asco
 
A los 16 años se matriculó en un Instituto cercano al hogar paterno, pero no iba a clases. Salía de casa y a las nueve de la mañana estaba bebiendo su primer litro de cerveza. Al atardecer, con la conciencia obnubilada por todo el alcohol ingerido en el día, daba rienda suelta a la violencia peleándose con el primero que estuviere a mano.

“Mi vida se convirtió en un desastre hasta tocar fondo. Me fui a un concierto (nazi) en Madrid. Cuando terminó yo estaba borracho como una cuba. Acabó en pelea, una puñalada, otro no sé qué, llega la policía, me cogen y me llevan preso. Tenía 17 años y tenían que venir mis padres. Al final me saca un primo y me coge un autobús, de vuelta pa’ Sevilla. Recuerdo ese viaje con la sudadera llena de sangre, oliendo a alcohol y resaca. La gente me miraba con miedo, con pena, con asco. Me vi y dije: vaya mierda en la que he convertido mi vida; con 17 años y estoy en una ruina de vida”.
 
Voluntariado en Calcuta



Algunos días después cargando el peso de saber que pronto enfrentaría un juicio por lo ocurrido en Madrid, se topó en la calle con el “padre Jorge”, capellán de su antiguo colegio.  Sin mayores rodeos le invitó a venirse de misiones por un mes a Calcuta, “con la Hermanas de la Madre Teresa”, le dijo el cura. Poco sabía de qué iría el asunto, pero en ese momento de crisis la oferta era un auténtico salvavidas. “¿Madre Teresa de Calcuta? Yo sabía que era una mujer muy buena, pero realmente no sabía nada de ella. Pero le dije: Vale padre, yo me voy con usted. Porque mi corazón tenía sed de algo mayor, quería salir de Sevilla, necesitaba que me diese ese aire fresco, quería cambio de vida, pero no sabía por dónde empezar”.
 
Calcuta fue un puñetazo directo a los sentidos: la humedad, el ruido, las vacas cruzándose entre los vehículos y carritos deambulando de un sitio a otro, olores indescriptibles en el aire, pobreza a raudales en cada rincón. Allí, el corazón de piedra de Jaime, olvidándose de sí en el servicio, contemplando el testimonio de las hermanas, comenzaría a dejarse tocar por la misericordia de Dios.
 
Fue un proceso pleno de luces y sombras, donde hubo varios hitos que sostuvieron su alma. Pero tres experiencias fueron esenciales: la adoración eucarística, el rezo del rosario mientras moría en su regazo un hombre que recogió de la calle y la voz de Dios llamándole mientras recorría un crematorio. Las frases finales de Jaime que citamos mas adelante son extractos de aquellos momentos, pero recomendamos pulsar el video para conocer en voz del protagonista toda la gracia de Dios que comenzó a recibir en su camino de conversión.
 



 
Adoración Eucarística
 
“Empezamos el voluntariado con las hermanas en una casa que acogen a enfermos tanto físicos como psíquicos, de la calle, que no tienen familia ni ná’, mayores y jóvenes (…) Por las tardes íbamos a la adoración. A mí en el colegio me habían transmitido la fe y me habían dicho que ese cachito de pan era Jesús. Pero para mí realmente eso era un cacho de pan, no era Jesús, ni Dios, ni nada (…) En el corazón le preguntaba a Dios quien es, miraba adelante a ese cachito de pan que realmente aún era un salto de fe muy grande decir que era Jesús. Pues esa tarde tuve una experiencia tan real, porque no es un sentimiento, sino que experimenté que ahí estaba realmente Dios vivo. ¡En ese cachito de pan estaba Dios! Vi toda mi vida pasar delante de mí y como Jesús estaba en los momentos en que yo le volvía a crucificar… cuando yo estaba por la calle, pegándome, Él estaba ahí, Él era a quien le pegaba y esperaba a que yo aceptase su perdón a que yo le abriese mi corazón para que Él entrase en mí a cambiarlo.”.
 
El rosario en la hora de la muerte
 
“Un día me encontré en la calle a una persona tirada en el suelo, me acerqué, lo toco, estaba consciente pero muy frío, se estaba muriendo. Lo cogimos, le pusimos en un taxi y lo llevamos a la casa de las hermanas. Dentro del taxi apoyé su cabeza en mi regazo, me puse a rezar el rosario y le iba mirando a los ojos y en su rostro vi de verdad la presencia real de Jesús, vi los ojos de Jesús en la cruz, sus últimos minutos de vida cuando dijo: ‘tengo sed’; y no se refería solo a la sed fisiológica, sino que tenía sed de nuestro amor”.
 
Dios llama
 
"Me dicen: ‘Vika se ha muerto’ … Me invitaron al crematorio, unos templos a orillas del río donde hacen sus rituales, las cenizas las tiran al río y tal. Como un día en Calcuta es agotador acabas reventado y así iba yo andando por la plataforma pensando… qué pereza, encontrarme con toda la familia, todos los rituales estos; y en eso cuando iba caminando me vino un pensamiento muy claro que me atravesó de la mente al corazón, todo el ser, como una luz que me vino ¡fum! No eran palabras pero sería más o menos comparable a que te digan: ‘Esto que estás haciendo es muy bonito ¿sabes? Estás llevando el amor de Dios a estas personas, estás mostrándoles el amor de Dios en los últimos momentos, pero qué lindo sería que culminases esta tarea llevando el amor de Dios a través de los sacramentos, la presencia real de Jesús a través de la Eucaristía, su perdón a través de la Confesión’. Claro, cuando eso me viene así me dije: ¡Uf eso es ser cura! ¡ni de coña! Yo no quiero ser cura, yo he sido un golfo toda mi vida…”