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Consultaba astrólogos, no asistía a misa, pero iba a Fátima cada año. Encontró a Dios "en la confesión y el cáncer"
La conversión en la edad adulta de Miguel Mota, le trajo la certeza del amor consagrado a Dios en el sacramento del matrimonio, el don de la familia y la gratitud eterna de contar con Él en todo momento. Con la fuerza de la fe hoy afronta la batalla con el cáncer.
Actualizado 18 noviembre 2020 - 0:0  
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A Miguel Mota desde niño le apasionaba montar caballos. Tanto que en su juventud viajó a Francia para entrenarse con un jinete profesional. “Con cierta ingenuidad y arrogancia” -relata Miguel- regresó a su tierra creyendo ser un gran jinete.
 
Hacía un buen tiempo que había olvidado practicar la fe recibida durante su formación a la Primera Comunión. Pero era, dice, el portugués típico “que no asistía a misa, pero que iba a Fátima todos los años”. Así, con escaza conciencia de estar ofendiendo a Dios y arriesgando el bienestar de su alma a sus 22 años ya había perdido la fe y comenzó a consultar un astrólogo que se promocionaba también como “médium”. Por las noches Miguel solía irse de juerga con amigos a la discoteca que era propiedad de sus padres. “Mi situación interior era la de una persona que vivía sin alegría y que competía constantemente por encumbrarme”, recuerda.
 
La confesión y el matrimonio
 
Su punto de inflexión llegó a mediados de 2011 cuando por invitación de una prima de su actual esposa -María- aceptó almorzar con un sacerdote, el padre Hugo. “Esa conversación tuvo un enorme impacto en mí. Tanto que le pedí inmediatamente que me confesara. Perdí una ‘tonelada’ de peso en la confesión, y me di cuenta de que hasta entonces había vivido en la oscuridad”.

Tras su conversión la relación con María se hizo más fuerte y no mucho después, fue a visitarla en Alemania, donde ella hacía prácticas de abogacía. “Le compré un anillo y le pedí que se casara conmigo, algo que ella no esperaba. Un año más tarde celebramos la boda y hoy tenemos tres hermosos hijos”.
 
Sufrir por Cristo
 
En 2019 (ver a Miguel y su esposa María en foto lateral) lo que pensó era una lesión del omóplato derivada de la monta a caballo, resultó ser un cáncer en la sangre, mieloma múltiple, enfermedad para la que todavía no hay cura.

“Lo que se me ocurrió inmediatamente fue que si Jesús se entregó y murió por mí, ¿por qué no debería sufrir yo por él? Pensé que lo que sucediera sería para mi bien y para mi familia, así que Dios me concedió la gracia de no desesperarme ni enfadarme”, comenta Miguel.

A partir de ese momento su vida adquirió otro valor, la enfermedad y el sufrimiento le unieron a Jesús como nunca antes lo había vivido. “Pude rezar y ofrecer todo esto … yo, que soy tan pequeño y carente de generosidad, ahora tenía mucho que ofrecer”, confidencia y añade al finalizar: “Llegar a un desafío tan difícil de la vida y poder decir que soy feliz, profundamente feliz, no tiene explicación. ¿Qué puede ser sino la gracia de Dios?”.
 

Fuente: Opus Dei Portugal