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La fragilidad humana nos interpela
La fragilidad humana nos interpela
Actualizado 23 enero 2021 - 0:0  
P. Fernando Pascual es sacerdote, doctor en filosofía de la Universidad Gregoriana de Roma; Licenciado en Teología moral y especializado en Bioética.   


Toda vida tiene algo de frágil, de contingente. Está rodeada de amenazas. Por eso necesita cuidados, protección, ayuda.
 
La enfermedad es uno de los aspectos que hace más visible esa fragilidad. Basta una corriente de aire, una verdura mal lavada, un virus, y percibimos en todo su dramatismo nuestra condición vulnerable.
 
Ante la fragilidad de los otros, sentimos el llamado de ser buenos samaritanos, de convertirnos en hombres y mujeres disponibles para ayudar a quienes lo necesitan.
 
Esa ayuda tiene diversas dimensiones. La medicina abarca muchos aspectos de las necesidades de cada enfermo, tanto si resulta posible la curación como si hay que acompañar al enfermo incurable en su camino hacia el desenlace definitivo.
 
Junto a la medicina, están aquellas ayudas que surgen desde el cariño y la cercanía de familiares, amigos, compañeros de trabajo.
 
Todos, antes o temprano, seremos tocados por algún sufrimiento, enfermedad, daño. Al mismo tiempo, muchas veces seremos capaces de abrir los ojos para ver qué podemos hacer en favor de quienes tienen alguna necesidad.
 
Aquí se enmarca la famosa “ética del cuidado”, como ha recordado un documento de la Iglesia publicado en el año 2020.
 
“Esta vulnerabilidad da fundamento a la ética del cuidado, de manera particular en el ámbito de la medicina, entendida como solicitud, premura, coparticipación y responsabilidad hacia las mujeres y hombres que se nos han confiado porque están necesitados de atención física y espiritual” (Congregación para la Doctrina de la Fe, carta “Samaritanus bonus” sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida, 22 de septiembre de 2020).
 
Cristo, nos recuerda el documento apenas citado, es el Buen Samaritano de todo el género humano. A cada uno nos acoge, nos lleva sobre sus hombros, nos rescata, nos une a su Cruz.
 
Desde el ejemplo de Cristo, ante la fragilidad de tantos hermanos nuestros que nos interpelan, tendremos la fuerza y la ternura necesarias para ofrecer, dentro de nuestras posibilidades, cercanía, ayudas concretas, y un amor cariñoso que hace más llevadero cualquier sufrimiento de la existencia humana.