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Los poderes del pecado no destruirán a la Iglesia
Actualizado 1 agosto 2014 - 0:0  
Mons. Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de las Casas, México.   


Es frecuente enterarse de escándalos y malas acciones de quienes ocupan algún cargo en la institución eclesial: sacerdotes pederastas, mundanos, comodinos, mal encarados, interesados en el dinero, caciques, infieles en el celibato; un Nuncio reducido al estado laical; o servidores en las oficinas parroquiales que tratan mal a las personas, que sólo exigen papeles y trámites burocráticos, y por ello disminuyen los católicos, o se alejan, etcétera.

Nos dan vergüenza estos y otros hechos, que son inocultables. El que se difundan en los medios de comunicación no siempre refleja una campaña de difamación contra la Iglesia, sino es algo que está mal entre nosotros y que nos urge a una renovación personal e institucional. Hay pecados en la Iglesia.

Jesucristo no escogió ángeles para continuar su servicio salvífico, sino seres humanos frágiles y pecadores, como es el caso de Pedro y Pablo, así como de los demás apóstoles, que se  reconocieron indignos de la vocación a la que fueron llamados.

La Biblia nos narra con toda humildad sus fragilidades, sus errores y pecados; no los diviniza. Pero Jesucristo advierte claramente que la Iglesia es obra suya, y que los poderes del pecado no la destruirán. Esto nos alienta y nos sostiene. Aunque los sacerdotes y obispos fallemos, Jesucristo es el cimiento de la fe de los creyentes. Los ministros nos pueden decepcionar y desalentar, pero nuestra fe está centrada y cimentada en el Señor. Nuestro único Salvador es Jesús.

Siento una enorme gratitud por la tarea de todos los que trabajan en la Iglesia. No quiero detenerme ahora a exponer las actividades de los diversos agentes pastorales, desde los obispos hasta el más sencillo y desconocido de los servicios eclesiales. Pero tengo que decir que el aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme. Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros de la Iglesia, y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre. Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Ese testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más… Es una Iglesia de los pobres, que son su orgullo y esperanza… Esta es la Iglesia que no aparece en la televisión, pero que es la más real y mayoritaria.

Tú, que eres parte de esta nuestra Iglesia, pregúntate si con tu vida eres una vergüenza para tu madre que te engendró a la vida de Dios, o eres motivo de sano orgullo y esperanza. La Iglesia no es sólo la jerarquía, sino todos los bautizados. Y de cada uno depende que la Iglesia sea una presencia viva de Jesús, una cercanía amorosa y respetuosa del Padre hacia los que sufren, una fuerza dinamizadora de la pastoral en tu parroquia o comunidad. No pongas como pretexto para tu comodidad y egoísmo apostólico los malos testimonios de los pastores. Pide al Espíritu que tu fe sea adulta.