Al cura Javier le pusieron bombas pero logró pacificar a la guerrilla que amenazaba matarlo

20 de julio de 2018

Cuando se paraba en un par de tablas que hacían las veces de púlpito, ante los pocos campesinos que se atrevían a ir a misa, los guerrilleros armados de fusiles se situaban en la entrada para escuchar cada palabra que decía.

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Los poblados campesinos de la región del Cauca en Colombia han padecido por años la violencia que ejercen la guerrilla, traficantes y otros grupos armados. Muchos líderes sociales que buscaban transformar esa realidad han sido asesinados y el Estado no logra aún pacificar la región.

Por ello es un signo de esperanza esta crónica -publicada a comienzos de mes por el diario colombiano Las 2 Orillas-, que valora el testimonio del joven sacerdote Javier Humberto Porras Gómez, enviado como misionero a ese complejo territorio por el arzobispo de la Arquidiócesis de Popayán.
 
Hacer volar en pedazos al cura
 
 
El corazón de esta misión era la Parroquia Divino Niño Jesús en el pequeño pueblo El Plateado (municipio de Argelia), donde nada más celebrar la primera misa el padre Javier comenzó a comprender la realidad de sus feligreses. Su voz -señala Juan José Jaramillo Arango, autor de esta crónica- “se enfrentaba a los parlantes que a todo volumen reproducían corridos norteños y vallenatos. Mientras las prostitutas caminaban a todas horas frente a la iglesia y las cantinas nunca cerraban…”
 
El joven cura, 25 años de edad, poca idea tenía de lo que le esperaba: entierros, miedo, combates entre las FARC y el ejército; como el que presenció recién llegado, cuando un guerrillero disparaba en sus narices una M-60 mientras un niño recogía todos los cartuchos en su saco. “La guerra era un espectáculo que los argelinos seguían desde la ventana mientras el partido de fútbol continuaba en la cancha principal”, cita el diario colombiano. Ese solo día del referido combate -denuncia el diario- murieron tres niños mientras pateaban el balón y el cura Javier no aguantó más: sacó un megáfono y comenzó a gritar intentando apaciguar las balas, urgido por proteger los niños. A medianoche se presentó un guerrillero en su cuarto: «Vengo de parte del comandante Matera*. Si no quiere terminar como esos niños, quédese callado y deje de ser tan sapo», fue la advertencia. Los nervios, el temblor de piernas, el sudor, no le impidió al sacerdote increpar a su agresor: «Yo acá no vine a defenderlo a usted ni a su guerrilla. Yo vine a defender la vida».
 
A la mañana siguiente, cuando el padre regresaba a la casa cural después de hacer un recorrido por el pueblo, se le acercó la presidenta de la junta de acción comunal advirtiéndole: «Padre, mire debajo de su casa». Javier se tomó su tiempo, pero ante la insistencia se agachó y estando así de rodillas, vio un artefacto: Era una bomba; esta sería la primera de las tres que le colocaron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en su intento por borrarlo del mapa, informa diario Las 2 Orillas.
 
Testigo fiel
 
Incluso estando allí en medio de la selva, Javier se esmeraba por cuidar su apariencia y formalidad en la vestimenta. También en esto parece querer mostrar ante la comunidad su identidad sacerdotal.

La primera tarea que asumió fue reparar la casa cural que se caía a pedazos. No había iglesia, y él tenía que cocinar bajo un improvisado techo fabricado con bolsas de plástico negro. Mediante colectas en bazares recogió el dinero para levantar el templo, pero no fue fácil: los guerrilleros de las FARC y el ELN temían que el padre Javier fuese un infiltrado militar. Cuando se paraba en un par de tablas que hacían las veces de púlpito, ante los pocos campesinos que se atrevían a ir a misa, los guerrilleros armados de fusiles se situaban en la entrada para escuchar cada palabra que decía.
 
Una semana después de aquella primera bomba, le dejaron otra en la basura. Los monaguillos la sacaron y estuvieron pateándola por quince minutos hasta que se rompió. Salió un taco de explosivo. Tenía un cable suelto y por eso no estalló. En dos años el sacerdote nunca pudo ganarse el favor de Matera*. Sin embargo, este comandante de las FARC no dudó en pedirle que fuese a bautizarle la hija en medio de la selva.
 
La guerrilla del ELN también se demoró en respetarlo. Cierto día un joven encapuchado con una pañoleta roja y negra comenzó a pintar con aerosol un Simón Bolívar montando a caballo de más de dos metros en la pared de la casa cural. El padre Javier, con las piernas temblorosas, se le enfrentó: «Mi templo me lo respeta. Yo no le tengo miedo y si quiere nos enfrentamos». Nunca había sudado tanto. Al día siguiente el mismo grafitero apareció en su oficina. Se presentó como El Mechas*. Era el comandante del ELN en la zona: «Padre, tiene mi respeto». Desde ese día comenzaron a apoyar la labor social del sacerdote. Así, después de tres años vendiendo empanadas para levantar cuatro templos en el municipio; de convocar carnavales en defensa de la vida; y luego que las FARC trasladaron a Matera* nombrando comandante a Camilo* – un graduado de la Universidad del Valle – las cosas empezaron a cambiar.

Pacificando la zona
 

El padre Javier logró unir a guerrilleros de las FARC y los del ELN, bajando la presión sobre los habitantes (la festiva imagen adjunta, en la que se aprecia en un lienzo el nombre de la Parroquia como organizador, es parte del archivo público de las FARC en su sitio web). “Comenzaron a permitir y hasta financiar celebraciones como el Día de la Madre. Se frenaron los asesinatos de limpieza social… Poco a poco consiguió convertirse en el intermediario entre comunidad y grupos armados, un faro para los habitantes de Argelia”, afirma el diario Las 2 Orillas y destacan que: “Durante un año el padre Javier se quitó el cuello de clérigo unas horas al día para dar clases y durante cuatro años fue coordinador académico. Realizó convivencias entre padres y estudiantes, y hasta un retiro para los drogadictos del pueblo a quienes llevó sicólogo y trabajador social. Después de ese último evento, más de 500 familias decidieron dejar de sembrar coca. A las FARC no les molestó mucho perder esos cultivadores porque ya estaban en los diálogos en La Habana y tenían que mostrar otra cara de la guerrilla”.
 
Estaba en su oficina cuando le llegó de Popayán la noticia del traslado. Debía dejar El Plateado, habían pasado cinco años. Las Farc y la comunidad enviaron cartas pidiendo que dejaran al cura que cambió la cara del municipio, pero la orden fue tajante. Javier acató, pero decidió despedirse por la puerta grande: logró que el Grupo Folclórico del Divino Niño – que él mismo había fundado – fuera aceptado en el concurso nacional de música en Zambrano, Bolívar. Solo había un problema: los 22 muchachos de su chirimía no tenían cómo llegar hasta la Costa Caribe.

Parroquia: Un centro de vida
 
Se sentó con las dos guerrillas y logró que el ELN le diera $4 millones, mientras que las FARC hizo empanadas y un bazar para conseguir la misma cantidad de plata. Era una inversión rentable: cada uno de esos niños y jóvenes, para poder ser buenos en el baile, dejaron de parrandear, fumar y tomar. Cambiaron su vida. La chirimía viajó y ganó. Fue el último acto de Javier como cura. Empacó sus maletas y volvió a Caldono, Cauca, donde nació, pero acompañado por dos chivas de argelinos que decidieron dejarlo instalado en el pueblo.

 Volvió después de 16 años rompiendo las reglas... nadie es profeta en su tierra. Desde que la guerrilla y el Estado firmaron el armisticio, el padre Javier ha convertido la parroquia de Caldono en un centro de vida: desde las seis de la mañana hay movimiento en la cocina y los viejos del pueblo comienzan a entrar por las puertas para pedir ayuda o consejos. Es un lugar para los desprotegidos. Su anhelo es que campesinos e indígenas vuelvan a creer en la Iglesia y ha hecho del arte, desde imágenes religiosas hasta grafitis su arma. Cuadros que adornan no solo la casa cural sino todo el pueblo.

(*Nombres de los comandantes son un alias).
 

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