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"Dios me liberó del infierno que viví": El valiente relato de un hombre criado en una casa de prostitución

"Dios me liberó del infierno que viví": El valiente relato de un hombre criado en una casa de prostitución
Fredy Londoño y su esposa María Cecilia Mejía
"¿Usted sabe lo que hace la pornografía en los niños? ¡Hay una red mundial de pornografía! Yo, de chiquito encontré la pornografía con la Playboy, ahora los chicos lo encuentran todo con el celular; nunca van a una misa, a una Eucaristía, nunca oran".
Actualizado 31 agosto 2018  
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Portaluz. Ana Beatriz Becerra   


Eva Marulanda soñaba con emigrar lejos de Puerto Berrío, el pequeño pueblito colombiano a orillas del río Magdalena donde había sido criada. Tenía 18 años cuando llegó a Medellín, donde su belleza y candor provinciano no pasó desapercibido. Tras un corto romance con quien Eva creía sería el amor de su vida quedó embarazada.
 
Su enamorado se sacó entonces la máscara confesándole una amarga verdad y sugiriéndole el aborto. “Yo soy casado, tengo hijos, familia y estoy comprometido, pero no te preocupes Eva que aquí en Medellín hay unas casas que practican abortos, abortá que yo te ayudo mujer”. 
 
Pero Eva, que siempre había soñado con formar familia y ser madre, apretó su rabia en el pecho y decidió que su bebé nacería. Lo llamó Fredy y es él -Fredy Londoño- quien cuenta a Portaluz aquellos sucesos vividos por su madre.
 
La brutalidad del abuso
 

 
Eva regresó a Puerto Berrío creyendo encontrar allí refugio; pero ser madre soltera era un estigma que se lo hicieron sentir expulsándola del hogar familiar. Sin trabajo ni red de apoyo para subsistir con su bebé, Eva quedó expuesta a un mayor abuso… “A ella le tocó ejercer la prostitución, claro, en la Casa de Raquel, que tenía un foquito rojo”, confidencia Fredy masticando aún las tristezas de sus primeros años de vida, viviendo en un prostíbulo, donde cualquiera podía gritarle “bastardo” -relata- y la dignidad se ganaba a costa de rebeldía, de violencia.
 
Las jornadas en aquella Casa finalizaban tarde, su madre se acostaba de madrugada, pero Fredy, apenas un niño, se levantaba muy de mañana.  En cuanto comenzaban los oficios de limpieza y la puerta se abría para baldear los salones, Fredy nos cuenta que salía corriendo en busca de aventuras.  A los 8 años comenzó a fumar y luego cruzó muchos otros límites… “Cuando uno quiere ser grande hace las cosas de los grandes” comenta.
 
El “acoso” de la pornografía
 
Con apenas 10 años ya estaba habituado a la fiesta, el baile y la música. También por entonces, vagando un día en la calle con sus amigos, un hombre mayor les ofreció marihuana asegurándoles que al fumarla sentirían “paz”.

Su siguiente vicio sería el porno. “Esto es una historia muy larga -que relato en el libro ‘Del fuego del infierno al fuego del amor’-, sobre todo lo que es el pecado, que encontré en la vida nocturna y cómo la pornografía me acosó.  ¿Usted sabe lo que hace la pornografía en los niños? ¡Hay una red mundial de pornografía! Yo, de chiquito encontré la pornografía con la Playboy, ahora los chicos lo encuentran todo con el celular; nunca van a una misa, a una Eucaristía, nunca oran. Por eso les cuento a los chicos que la pornografía es una trampa muy depravada”, reflexiona Fredy
 
“Me convertí en un delincuente”
 
Alrededor de los 18 años ya estaba reventado por sus diversas adicciones, en particular “la marihuana que me hizo mucho daño”, dice Fredy. Su madre lo llevó entonces a una evaluación médica en Medellín y estando allí, recuerda, hizo gestiones hasta lograr que pudiera encontrarse con su padre quien ofreció acogerlo bajo su cuidado para que estudiara allí en la capital antioqueña.
 
Poco duró aquél intento de integración, período del cual aún recuerda la relación afectiva con una novia, que no logró cuajar. A los 20 años Fredy no tenía freno y partió a Barranquilla. En los años siguientes iba y venía de un sitio a otro, intentando estabilizarse, pero siempre recayendo en los vicios conocidos.
 
En una de sus visitas a Medellín reencontró a María Cecilia Mejía, aquella novia de la juventud; ella quedó embarazada, se casaron y cuando todo parecía tomar buen rumbo resurgieron sus demonios… “De nuevo la tentación, la noche, la rumba y el negocio mío creció y gané más plata, luego me convertí en un delincuente. Tenía un taxi y allí movía armas, drogas, secuestrados, muertos y hacía extorsiones” rememora con crudeza.  Hasta que cayó preso: “Mi hijo vio cuando me llevaban esposado como a un criminal y se puso a llorar” lamenta.
 
No era la primera vez que caía en la cárcel. En esta ocasión tuvo suerte y salió en tres meses, pero comenzó a padecer, dice, los síntomas de una depresión. Sin él estar consciente iniciaba un período de transformación. Luego vendría la conciencia de pecado, el arrepentimiento, la conversión gracias a los rezos de su madre y la ayuda del padre Arturo Correa (hoy obispo emérito) -puntualiza- quien lo acogió en un hogar que tenía para personas “de la calle”. Así comenzó a encauzar su vida: “Por eso ahora que tratan tan mal a la Iglesia me acuerdo de que ese sacerdote… ese padre, nos quería, nos daba amor, alimento, la Eucaristía, nos acogía”.
 
La fe que sana y libera
 
Estando Fredy en aquel hogar su madre falleció a causa de un enfisema pulmonar. Antes, su esposa ya se había alejado de él y no le permitía ver a su hijo.
 
Aunque estaba solo, siguió encontrando en los años siguientes personas e instituciones católicas que apoyaron su conversión espiritual y reinserción social. “La misericordia de Dios -confirma Fredy- es cierta, te está siempre esperando, a ti… para que arregles tu vida y hacer otro milagro”.
 
Tiene especial gratitud por “unas señoras ricas”, recuerda, “que rezaban el rosario en la calle, que nos daban de comer”. También por el padre Fernando Umaña que lo acogió en Zipaquirá y bajo su guía, tras siete años de llevar una vida sana, trabajando, apoyándose en la vida de fe, se reencontró con su hijo.  Así narra, Fredy aquél emotivo momento y sus consecuencias:
 
“Llegó mi hijo Pablo, es odontólogo, todo elegante, todo bonito el niño, serio. Me arrodillé y le dije: «Pablo, perdóname, ¿me perdonas?», y entonces el padre Umaña lo animó: «Pablo, a tu papá ¿le perdonas?»; el niño se puso a llorar y le dijo: «Sí padre». El padre Umaña hizo entonces una oración de perdón de papá a hijo y ese día yo empecé a recuperar al hijo mío. También recuperé a mi esposa María Cecilia, comencé un proceso de sanación con la familia, yendo a los retiros y salimos a misionar. Recuperé mi hogar, mi familia. Ya tenemos una casita aquí en Cartago. Me cambió la vida… (Dios me liberó) de ese infierno que he vivido; la prostitución, alcohol, pornografía, la noche. Ahora soy padre de familia, centrado en el matrimonio, la perseverancia en Dios, el perdón, la sanación”.
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