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El inválido que ha sanado por mediación de la Santísima Virgen María en Lourdes

El inválido que ha sanado por mediación de la Santísima Virgen María en Lourdes
De origen irlandés, John Traynor quedó huérfano joven pero la fe, el amor a la Eucaristía y la devoción a la Virgen María quedaron impreso en él desde su infancia. Algo que le sería de gran ayuda en la dura vida que le tocaría vivir.
Actualizado 16 noviembre 2018  
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Portaluz/ Cari Filii   


Hace ahora un siglo, el 11 de noviembre de 1918, acabó la Primera Guerra Mundial, uno de los conflictos bélicos más sangrientos de la historia y que dejó millones de muertos y otros tantos de heridos. Uno de ellos fue el soldado británico natural de Liverpool, John Traynor, que quedó inválido debido a los múltiples disparos de una ametralladora en Gallipoli (Turquía).

Pobre y desahuciado tras una guerra que le dejó sin poder andar -cuenta la crónica del portal Cari Filii-, con un brazo también paralizado, con una herida abierta en la cabeza y con varios ataques de epilepsia al día, su curación milagrosa en Lourdes en 1923 resultó un auténtico acontecimiento en Liverpool, pues había pasado por las manos de numerosos médicos que le dieron como un caso de imposible curación.

Una fe y amor a la Virgen transmitida desde niño

El padre Patrick O´Connor, misionero de San Columbano, conoció bien a JacK Traynor y recopiló toda la documentación que pudo para contar este hecho sobrenatural.

De origen irlandés, Traynor quedó huérfano joven pero la fe, el amor a la Eucaristía y la devoción a la Virgen María quedaron impreso en él desde su infancia. Algo que le sería de gran ayuda en la dura vida que le tocaría vivir.

Tras estallar la I Guerra Mundial en 1914 fue movilizado en la marina británica. En Amberes recibió en la cabeza el impacto de metralla y durante cinco semanas estuvo inconsciente. Al año siguiente fue enviado como expedicionario a Egipto y la actual Turquía. Allí él y sus compañeros fueron masacrados hasta que gracias a numerosos refuerzos pudieron abrirse paso ante los otomanos. Así siguió hasta que el 8 de mayo realizando una carga de bayonetas fue alcanzado por los disparos de una ametralladora. Recibió numerosos impactos de bala: en la cabeza, en el pecho, en un brazo, en la clavícula…

Este fue el inicio de un sinfín de intervenciones quirúrgicas y de traslados de un hospital a otro. Tenía un brazo destrozado el cual querían amputar, comenzó a sufrir ataques de epilepsia y a perder la movilidad en las piernas hasta no poder ni moverlas. Y además buena parte de sus órganos estaban dañados.

Un desecho humano

Finalmente llegó de vuelta a Liverpool donde junto a su mujer vivió una vida muy humilde hasta que en 1923 ocurrió algo que cambiaría su vida para siempre. Una vecina llegó a su casa y le habló de una peregrinación diocesana a Lourdes. Con el escaso dinero que tenía guardado la familia, vendiendo algunas de sus pertenencias y empeñando otras, decidió que iría a ver a la Virgen. Y se apuntó.

No fue sencillo, pero logró montar en el tren que le llevaría hasta el santuario. En varias ocasiones ya en Francia estuvieron a punto de dejarle en algún hospital pensando que iba a morir al no soportar el viaje.

Su terrible llegada a Lourdes

“Llegamos a Lourdes el 22 de julio, y fui trasladado con el resto de los enfermos al hospital ‘Asile’ cerca de la gruta. Estaba en unas condiciones terribles, ya que mis heridas y llagas no habían sido vendadas ni cambiadas desde que salí de Lourdes”, recordaba Jack en el testimonio escrito que dejó al padre O´Connor.

Seis días sería la estancia en Lourdes. Los primeros días estuvo muy enfermo, con hemorragias y ataques constantes. Todos creían que moriría allí. Sin embargo, debido a su obstinación y cierta terquedad logró que lo bañaran ocho veces en las piscinas del manantial.

Algo ocurrió en una de las piscinas

Era la tarde del 25 de julio y todo seguía igual en él. No notaba ningún tipo de mejoría. Pero él quiso que le volvieran a bajar a las aguas del manantial de Lourdes. Recuerda en su escrito que “llegó mi turno, y cuando estaba en el baño, mis piernas paralizadas se agitaron violentamente. Los camilleros se alarmaron una vez más pensando que estaba teniendo otro ataque. Luché por ponerme de pie sintiendo que podía hacerlo fácilmente, y me pregunté por qué todo el mundo parecía estar en mi contra. Cuando me sacaron de la piscina lloré de pura debilidad y agotamiento”.
Los camilleros le vistieron rápidamente para montarlo en la camilla y llevarlo a la procesión. Aquel día el arzobispo de Reims llevaba el Santísimo y a su paso le bendijo. “Acababa de pasar cuando me di cuenta de que se había producido un gran cambio en mí. Mi brazo derecho, que había estado muerto desde 1915, estaba violentamente agitado. Rompí los vendajes y me santigüé con él por primera vez en años”, escribía.

Se quiso levantar, pero los camilleros y enfermos que ya conocían su temperamento pensaron que podría montar el espectáculo y se lo llevaron dándole algo para tranquilizarlo. Le acostaron. Aquella noche apenas durmió, pero sí rezó bastante tiempo, sobre todo el Rosario.

El milagro se había producido

Por la mañana –recordaba- “salté de la cama. Primero, me arrodillé en el suelo para terminar el Rosario que había estado recitando, luego corrí hacia la puerta, aparté a los dos camilleros y salí corriendo por el pasillo hacia el aire libre”.

No había caminado desde 1915 y su peso había disminuido sobremanera. Ya en la calle, John Traynor corrió velozmente hacia la gruta de la Virgen, que se encontraba a unos 300 metros. Allí volvió a arrodillarse todavía con el pijama y empezó a rezar y a dar las gracias a la Virgen María. “Todo lo que sabía era que debía agradecérselo y la Gruta era el lugar para hacerlo”.

La noticia empezó a difundirse por Lourdes casi al instante, al punto de que cuando dejó de rezar, John encontró a una multitud asombrada mirándole fijamente. Lo mismo ocurría con las personas que se fue cruzando por la calle o en el hospital. De hecho, afirmaba que “fui al baño a lavarme y afeitarme. Otros hombres estaban allí antes que yo. Les di los buenos días a todos, pero ninguno de ellos me respondió, sólo me miraban asustados, me preguntaba por qué”.

Un nuevo examen médico

Ahora la multitud se congregaba a las puertas del hospital. El sacerdote de la peregrinación que en un primer momento no quería que fuera porque moriría en el camino quería verlo pero era imposible llegar a él. Al final logró sortear a las personas, y una vez que vio a Jack completamente curado se derrumbó y se echó a llorar.

El día que debía volver a Inglaterra tres médicos volvieron a examinarle y confirmaron que podía caminar perfectamente, que había recuperado la función de su brazo derecho, que recuperó la sensibilidad en las piernas, que la abertura de su cráneo había disminuido considerablemente y que no había tenido más crisis epilépticas.

Cuando John se quitó el último de los vendajes al volver de la gruta el día antes de volver a casa encontró que todas las llagas habían cicatrizado.

La bendición no del arzobispo sino al arzobispo

En el tren viajaba aturdido por todo lo que le había pasado y por todo lo que le rodeaba. En una de las paras se abrió la puerta de su compartimento y era el arzobispo Keating de Liverpool, que también estaba en la peregrinación. “Me arrodillé para obtener su bendición. Me levantó y me dijo: ‘John, creo que debería recibir yo tu bendición’. No podía entenderlo. Nos sentamos, y al mirarme me dijo: ‘John, ¿te das cuenta de lo mal que estabas y de que la Virgen Santísima te ha curado milagrosamente?’. Entonces todo volvió a mí, el recuerdo de mis años de enfermedad y los sufrimientos del viaje a Lourdes y lo mal que había estado. Comenzó a llorar, y el arzobispo comenzó a llorar, y los dos nos sentamos allí, llorando como dos niños. Me di cuenta plenamente de lo que había sucedido”.

La noticia también había llegado a Liverpool y la prensa contaba la asombrosa noticia del milagro de John. La Policía tuvo que custodiar la estación de tren ante la cantidad de gente que había allí esperándole.

Una vida nueva para John

Ya sanó pudo tener su propio negocio de transporte de carbón y hasta 12 trabajadores a su cargo. “Levanto sacos de carbón que pesan casi 200 libras y puedo hacer cualquier otro trabajo que pueda hacer un hombre sano. ¡Pero oficialmente todavía estoy clasificado como 100% discapacitado y permanentemente incapacitado!”.

Era tal la seguridad que los médicos tenían de que nunca se curaría de su invalidez que los facultativos y funcionarios del Ministerio de Pensiones de Guerra nunca quisieron revocar la pensión de invalidez completa.

Viajó a Lourdes cada año desde su curación



“Nunca he permitido que ningún dinero llegue a mi familia en relación con mi cura o la publicidad que la ha seguido. Sin embargo, Nuestra Señora también ha mejorado mis asuntos temporales, y gracias a Dios y a Ella, ahora tengo una situación cómoda y todos mis hijos están bien provistos. Tres de ellos han nacido desde mi cura, uno de ellos es una niña a la que hemos llamado Bernadette”.

Además, aseguraba que “una gran cantidad de conversiones en Liverpool se han dado tras el milagro”. Tras esto John, volvió a Lourdes como enfermo. No faltó ni un solo año hasta su muerte, yendo incluso en algunas ocasiones hasta dos o tres veces en el mismo año.

John falleció en 1943, víspera de la Inmaculada, por una hernia, nada relacionado con sus antiguas dolencias. Vivió 20 años de forma sana y mostrando al mundo el amor de María por el hombre.
 
 
 
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