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La fe une a los pobres y a las hermanitas del Cordero en las calles de Madrid

La fe une a los pobres y a las hermanitas del Cordero en las calles de Madrid
Cada martes, tras orar ante el Santísimo expuesto en su capilla las Hermanitas del Cordero junto a algunos jóvenes van al encuentro de algunos pobres –«nuestros amigos de la calle»– en el centro de Madrid. Estas son algunas de sus experiencias, narradas en Alfa y Omega por ellas mismas:
Actualizado 18 enero 2019  
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Portaluz/ Alfa y Omega   


Una noche, de camino hacia la Plaza Mayor vemos a una joven sentada a la puerta de un supermercado. Está tiritando de frío y lleva en su mano un vaso de papel que le sirve para recoger sus limosnas. Nos cuenta sus muchos problemas y después añade: «Mi familia no tiene la culpa». Lo esencial de la conversación no tarda en llegar: «La fe la recibí de mis abuelos. Es la única herencia que me queda». Silencio. Luego retoma con más fuerza: «Pero esta herencia nadie me la podrá quitar». En esta noche brilla una luz para nosotros: la luz de la fe, única verdadera riqueza que permanece, nuestra herencia.

Al llegar a la Plaza Mayor, varios conocidos nos interpelan. Tímidamente se acerca un joven a quien no habíamos visto antes: «¿Tenéis una biblia para mí?». «Aquí no –le responde una hermanita–, pero, si quieres, tenemos una palabra de la Biblia para ti». «Sí –responde–, la necesito, estoy muy mal». «¿Cómo te llamas?». «Gabriel», nos dice; y su tono de voz refleja toda su pena y su humillación. Las dos hermanitas y los tres jóvenes nos retiramos a un lugar más discreto: «Si quieres, podemos manducar juntos la Palabra que nosotros hemos repetido en la Capilla antes de salir» [manducar es un modo de oración que consiste en comer las Escrituras, repetir algún pasaje una y otra vez desde el corazón]. Él asiente y escucha: «Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados».

Desde el momento en que oye la palabra lloran, Gabriel, sin parar de manducar con nosotros, deja brotar la fuente de lágrimas hasta ahora oprimida en su corazón. Gabriel no cesa de llorar mientras seguimos rezando y hablando con él. «Si pudieras pedirle a Jesús que te cure algo, ¿qué le dirías?», le pregunta una hermanita. «Le pido que me dé lo que Él sabe», responde entre sollozos y sin titubear. Al final, una de las chicas le dice: «Gabriel, hoy he aprendido mucho de ti». Y uno de los chicos que nos acompaña nos dirá después: «¿Cómo puede abandonarse uno a Dios teniendo tan poca cosa? Solo puede confiarse en Dios cuando uno se desprende de todo lo que le ata». Antes de despedirnos vamos a buscar unos cartones para que duerma mejor, pues ni siquiera había tenido ánimo para organizarse bien…

Dos días después pasamos por allí dos hermanitas y Gabriel corre detrás de nosotras: «Hermanitas, ya estoy mucho mejor», nos dice tendiéndonos su mano para que se la estrechemos.

Una noche recibimos un testimonio profundo y sencillo de un hombre que duerme en la calle: «Me siento un privilegiado. Hay gente que lo pasa mucho peor»… «A la Virgen, la quiero mucho. Me ayuda siempre». A la vuelta una joven que nos acompaña exclama: «¡Me doy cuenta de que tengo de todo y me quejo en cuanto algo no me funciona!». Y otro joven reza así delante del Santísimo: «Enséñame, Señor, la misma alegría que este hombre».

Jesús, un amigo de la calle, viene con nosotros a rezar a la Capilla cuando se acaban los encuentros en la Plaza. «Hermanitas, yo siempre le rezo a mi Tocayo por vosotras… Pero, y vosotras, ¿lo hacéis por mí?», nos pregunta en el camino. Hacia las once, cuando se despide de los jóvenes, les dice: «Os voy a pedir una cosa: sed felices».

Otra noche nos acercamos a José que está sentado en el suelo. Una señora que lo conoce dice de él: «Este hombre está siempre alegre, de buen humor». José nos susurra sin perder su rostro alegre: «Los pobres llevamos la procesión por dentro». Esta confidencia eleva una oración en nuestro corazón al Dios de los humildes: «Señor, concédenos un corazón de pobre. Por nuestra oración, alivia el sufrimiento de tus hijos».
 
 
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