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La oportuna intervención de Padre Pio cuando balearon al arquitecto "Geppino" Gentile

La oportuna intervención de Padre Pio cuando balearon al arquitecto "Geppino" Gentile
"La mano que me tiró de aquí para allá, haciéndome escapar de los disparos, fue la del Padre Pío o la del Ángel de la guarda que él me envió".
Actualizado 22 junio 2018  
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La tarde del 28 de julio de 1955, el arquitecto Giuseppe Gentile -apodado con cariño “Geppino” y quien estaba construyendo la nueva iglesia en San Giovanni Rotondo (Italia)-, fue a saludar al Padre Pío poco antes de que se acostara a dormir. “Padre -le dijo- mañana tengo que ir a Boiano (Campobasso), porque se decidirá judicialmente un asunto. Mi suegro, había cedido una casa a mi primera esposa y desde que ella falleció, pretende revocar esa decisión. No puedo aceptarlo, porque tengo un hijo con derechos a la herencia de su madre”.

“¡Tanto pensar en el éxito del juicio!... terminará matándote”, contestó el Padre Pío.
“Oye padre, ¿esperas que me convierta en un gorrión?”, respondió el arquitecto. Y el padre Pío insistió en advertirle: “Sé prudente, porque esto es serio”.
“Haré todo lo posible por ser cuidadoso”, respondió Giuseppe.

El Santo lo bendijo y Geppino partió. Llegó a su casa sobre las 20:00 PM y al día siguiente fue a saludar a su suegro para proponerle un acuerdo. Lo encontró inquebrantable y duro. “Todavía tengo un hijo y debo pensar en el hijo, no en el nieto”, fue la respuesta que recibió.

El juicio se resolvió a favor del arquitecto, quien después de la sentencia permaneció en el tribunal y rehusó la invitación a almorzar de los familiares, diciéndoles… “Quisiera ocuparme de los detalles finales de la causa y volver donde el Padre Pío”.

Mientras, el suegro de Giuseppe salía furioso del lugar gritándole desde la escalera: “Tú ganaste la causa, pero no te dejaré hacer pública la sentencia”.

En cuanto el arquitecto salió a la calle, el suegro, que lo esperaba en la puerta armado con un revólver, se volvió contra él y puso en acción su desquiciado plan. Eran las 13:00 PM. El primer disparo alcanzó a Geppino en un hombro. Empezó a tambalearse, pero como zigzagueaba los tres tiros siguientes fallaron el blanco. Se refugió en una carnicería y cayó al suelo. Salvó de ser rematado gracias a que el carnicero inmovilizó al descontrolado agresor.

Lo llevaron al hospital y aunque fue operado de inmediato los médicos no pudieron extraer la bala de su cuerpo. En todo ese tránsito de tiempo Geppino sólo repetía: "¡Pásenme mi maletín, que ahí tengo el crucifijo del Padre Pío!". No había olvidado el arquitecto que el santo de los estigmas se lo había regalado diciéndole: "En los momentos de necesidad dale un beso, y yo estaré cerca de ti".

Cuando Nina, esposa de Geppino, fue avisada del incidente sólo preguntó: “¿Ha muerto?” y al escuchar que su marido estaba en el hospital, de inmediato añadió: “Entonces el Padre Pío lo salvará”.

Impulsada por esa esperanza partió de inmediato y al llegar se encontró con dos sacerdotes junto al lecho, consolando al paciente. Justo entonces él les dijo: "¿Ven que lo han logrado? avísenle al Padre". Y un primo del herido envió un telegrama a San Giovanni Rotondo. El Santo estaba en el coro disponiéndose a rezar cuando se lo leyeron y solo dijo: “Lo esperaba”.

Pero luego de transcurrir la tarde y luego la noche el arquitecto no lograba encontrar alivio. Desolado y llorando por el dolor murmuraba… "pero quién me va a sanar". A medianoche ya le costaba respirar y mientras miraba hacia la ventana oyó, dice, un susurro. En ese instante una oleada de perfume lo envolvió y supo que el Padre estaba allí.

Ocho días después los médicos le llevaron nuevamente al quirófano, logrando encontrar y extraer la bala. Esa misma noche, mientras le operaban el Padre Pío dijo en su habitación a los frailes que le ayudaron a acostarse: “¡Ah, por fin..., este hombro! No podía soportarlo más”.

Poco a poco el arquitecto recuperó sus fuerzas, abandonó el hospital y al recordar lo sucesos del ataque señalaba lleno de convicción: “La mano que me tiró de aquí para allá, haciéndome escapar de los disparos, fue la del Padre Pío o la del Ángel de la guarda que él me envió”.

Pocos días después del atentado, en la tarde del 1 de agosto, el superior del convento y yo fuimos donde el Padre Pío; el Padre Carmelo da Sessano le tranquilizó sobre el estado del paciente diciéndole: "Así Padre ya no sufrirás otra mala noche pensando". El Santo, refiriéndose a las tardes anteriores, sonriendo, respondió: "Y no sólo era en el pensamiento".
 
 
Fuente: Padre Marcellino IasenzaNiro, “Il Padre. San Pio da Pietrelcina. Sacerdote carismático”, pp. 397-399

 
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