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La vida de Berta floreció cuando dijo la verdad pidiendo perdón a Dios y a su hijo mayor

La vida de Berta floreció cuando dijo la verdad pidiendo perdón a Dios y a su hijo mayor
"«Madre yo la perdono, pero no llore más». Yo le dije: «¡No mi amor! déjame llorar porque tengo mucho que reparar, algún día no lloraré más»".
Actualizado 2 noviembre 2018  
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Portaluz. Ana Beatriz Becerra.   


“No hay nada imposible para Dios porque Él llega a lo profundo del corazón cuando uno se deja amar y se deja seducir por Él. Hace maravillas con uno. Lo digo yo que soy una pobre mujer…”
 
Es la certeza que comparte Berta Alarcón, una madre de 59 años, residente en Popayán (Colombia), quien decidió dejar registro en Portaluz del proceso y las consecuencias benéficas que atrajo a su vida el enfrentar y sincerar la verdad, de la mano de Dios.
 
“En mi vida hice muchos disparates”
 
A fines de la década de los ochenta, con casi 30 años, Berta era madre soltera y apenas si había alcanzado a terminar el Bachillerato. Vivía allegada en casa de sus padres, ocupada en las labores de casa y el cuidado de sus dos hijos, de padres distintos, que los chicos ni siquiera conocían de nombre.
 
“De verdad que en mi vida yo hice muchos disparates” comenta Berta y recuerda que por entonces seguía equivocando el rumbo de su vida pues mantenía una relación afectiva con un hombre casado. “Me duele haber puesto los ojos en un hombre casado, para que me diera cualquier peso, para comprarle los zapatos o lo que mis hijos necesitaran”, sincera.
 
Pero pronto la vida de Berta sería remecida al fallecer su madre y hoy está convencida que aquél inmenso dolor fue una oportunidad para ella y en la que Dios tomaría el protagonismo. “Dios, como buen papá y pedagogo que es, me causó el dolor más grande de mi vida quitándome a mi madre, pues ya había perdido a mi padre. Aun así, no dejé a ese hombre casado. Entonces, al mes de morir mi mamá, se enfermó mi hijo menor y lo internaron en la clínica…” En este momento crítico, estando el hijo en riesgo vital, Berta suplicó a Dios y decidió, dice, “arrancar a ese hombre casado del corazón e irme de la mano de Dios con lo que fuera, sacar adelante mis hijos, con las deudas con todo lo que tenía encima me puse en las manos de Dios”.
 
No hay nada oculto que no haya de saberse
 
La conciencia y voluntad de cambio eran un primer paso. Pero aún faltaba reconciliar de forma efectiva su historia y para ello decidió sincerar a su hijo mayor un doloroso secreto. Recibió las gracias necesarias para esto, cuenta Berta, en un retiro espiritual predicado por la hermana Blanca Ruiz, de las Religiosas de la Comunidad Hijas e Hijos del Fiat (pulse aquí para conocerles). “Ella fue a dar un encuentro sobre sanación de la familia, entonces habló sobre el perdón y Dios me dio esa fuerza de ir donde mi hijo y pedirle perdón…”.
 
El hijo mayor tenía 17 años cuando Berta le explicó el por qué no podía dar respuesta a la pregunta que por años había estado haciendo: a saber, quién era su padre. Con la angustia apretada en el pecho pudo finalmente decirle que cuando tenía 16 años quedó embarazada luego de ser violada.
 
Pero había algo más, agregó, y por lo cual quería pedirle perdón. “Desde el momento que me violaron pasé tres meses intentando abortar por todos los medios… gracias a Dios y a la Santísima Virgen María no sucedió, hijo”, cuenta Berta que logró expresar, rompiendo luego en llanto.
 
Sanada para dar gloria a Dios
 

Hoy Berta Alarcón (imagen adjunta) recuerda nuevamente emocionada la reacción del primogénito… “Fue ese momento muy lindo porque mi hijo es muy noble; él me abrazó y me dijo: «Madre yo la perdono, pero no llore más».  Yo le dije: «¡No mi amor! déjame llorar porque tengo mucho que reparar, algún día no lloraré más»”.
 
Con esta reconciliación vino un renacer de la fe en Berta, conversión que además generó otras buenas nuevas. Se casó con un hombre que asumió un rol protector hacia sus hijos a quienes apoyó en la educación; superó un cáncer; ha logrado sobrellevar el fallecimiento trágico en un accidente de su esposo; también pudo ver agradecida el desarrollo profesional y espiritual de sus hijos; y es una católica activa en su parroquia.
 
“Yo aprendí -destaca Berta- a descubrir a Jesús, el amor de Dios (…) No encuentro palabras para dar gracias a Dios porque mi vida es una alegría; yo me siento libre, y voy donde el Señor me quiere llevar”.

 
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