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Nuestra Señora de Guadalupe, vencedora del diablo

Nuestra Señora de Guadalupe, vencedora del diablo
Actualizado 15 diciembre 2018  
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P. Miguel Manzanera, S.J   


Con este nombre la Iglesia Católica venera a la Virgen María, aparecida en el cerro de Tepeyac, en el norte de la Ciudad de México, en 1531. De acuerdo a la tradición oral y a documentos históricos en distintos archivos, la Virgen María, se apareció en cuatro ocasiones al indio Juan Diego en el cerro del Tepeyac, y luego a Juan Bernardino, su tío.
 
El Obispo de México, Juan de Zumárraga, pidió a Juan Diego que le trajese alguna prueba de la veracidad de su relato. El indiecito le transmitió el mensaje a la Virgen, quien en pleno invierno hizo florecer rosas de castilla y le ordenó a Juanito que las pusiera en su ayate (mantita) y se las llevase al Obispo. El indio así lo hizo y al dejar caer las rosas apareció en el ayate la imagen de la Virgen, morena y con rasgos mestizos. Además Juanito transmitió al Obispo el deseo de la Virgen de que se construyese en el lugar de las apariciones un santuario dedicado a venerarla.
 
El Obispo cumplió su ruego y construyó en el lugar de las apariciones una pequeña ermita, que con el tiempo se fue ampliando y remodelando hasta llegar a ser la actual gran Basílica de Guadalupe, el lugar de peregrinaciones marianas más importante en el mundo. La Iglesia Católica celebra la fiesta de de las apariciones Nuestra Señora de Guadalupe mexicana el 12 de diciembre, último día de las apariciones de la Virgen al indio Juan Diego.
 
El relato original en lengua azteca, conocido como Nican mopohua (Por orden), narra cómo la Virgen le reveló a Juan Diego, su nombre azteca “Tequatlasupe”, que significa “la que aplasta la serpiente”. Los españoles, al no poder pronunciar bien ese nombre, lo confundieron con “Guadalupe”, nombre con el que se veneraba a la Virgen en Extremadura, legar de donde provenían muchos militares y también aventureros que llegaron a las tierras americanas.
 
La Virgen María, compadecida, quiso rescatar al pueblo azteca de la idolatría y del culto a falsos dioses, incluyendo al sanguinario “Huitzilopoztli”, el dios-sol que juntamente con la terrible serpiente “Quetzalcóatl”, devoradora de sangre,  personificaban al demonio que exigía sacrificios humanos para saciar su sed.
 
El escritor Nemesio Rodríguez Lois describió así: Huitzilopoztli, la deidad caníbal de Tenochtitlán, capital del imperio azteca, era tan insaciable que los humildes habitantes de sus dominios vivían en continuo sobresalto, temiendo que de un momento a otro cayera sobre ellos el filoso pedernal de los sacrificadores. Representaba al dios del mal. Tenía espantado y embrutecido tenía al pueblo azteca. Su aspecto era horroroso, que los españoles lo llamaron Huichilobos.
 
En su “Historia de la Iglesia en México” (tomo 1º, cap. III) el historiador jesuita, Mariano Cuevas, calculó en más de 100.000 los seres humanos sacrificados cada año al demonio-serpiente. En el cerro del Tepeyac se daba culto a Tonantzín, madre del dios-serpiente. Los indígenas le daban culto ofreciéndole la sangre de los enemigos, capturados en las frecuentes guerras, y también de mujeres y niños.
 
La Virgen María eligió este sitio para cortar el culto sanguinario a Tonantzín y sustituirlo por el culto a la Verdadera Madre del Verdadero Dios. Hernán Cortés con un disminuido ejército llegó a Tenochtitlán y sorprendentemente la tomó con el beneplácito del emperador Moctezuma, quien vio en aquellos barbudos, embutidos en metal, a los enviados de los dioses. Según refiere Andrés de Tapia, cronista presencial de la conquista, Cortés destruyó el ídolo Huitzilopoztli, haciéndolo pedazos con una barra de hierro en presencia de Moctezuma, Cortés llevaba siempre en la montura de su caballo la imagen de la Virgen de Guadalupe extremeña que dio el nombre a la nueva advocación mariana mexicana.
 
Los indios con sorpresa y admiración vieron derribados sus ídolos y ritos milenarios. La Virgen de Guadalupe significó para ellos terminar los sacrificios humanos, repugnantes para el pueblo que temblaba ante la ferocidad de sus ídolos, a los que se sometía por temor. Descubrieron en la milagrosa imagen símbolos muy significativos para ellos, que pasaban inadvertidos a los españoles. Era un pictograma, como un códice que les hablaba por la imagen. Esta imagen era una evangelización. El broche con la cruz que llevaba la Virgen era la joya de Cristo crucificado, que veían en los estandartes de los españoles. El ceñidor de la Virgen casi a la altura del pecho era la señal de embarazo. El trébol de cuatro hojas era el signo de plenitud, simbolizando al Dios que la Virgen llevaba en su seno.
 
El ángel, hombre alado, que lleva la imagen de la Virgen simboliza a Juan Diego. Él es el ángel mensajero que trajo a la Virgen de Guadalupe, sosteniéndola con sus brazos. Hasta ese momento el pueblo azteca adoraba al Sol, a la Luna y a las estrellas que adornarán el manto de la Virgen. Detrás de Ella brilla el sol, símbolo de la Luz Divina, cuyos rayos circundan la imagen de María. Ella pisa una luna ennegrecida, símbolo del diablo (Cf. Gn 3, 15). Ella misma se presentó a Juan Diego como la Madre del Verdadero Dios, autor de cielo y tierra, que está en todas partes. Era la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios. Todo ello explica las masivas conversiones de los indios al cristianismo.

 
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P. Miguel Manzanera, S.J es Director del Instituto de Bioetica de la Universidad Católica de Cochabamba Bolivia.
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